Una historia de ambición

Cuatro muertos por capítulo

Hace algún tiempo escribí que una de las virtudes narrativas más notables de César López Cuadras (Badiraguato, 1951-Guamúchil, 2013) era su capacidad para crear y perfilar personajes; de hecho, rara vez encontramos alguno que carezca de su biografía, producto de la imaginación de un verdadero fabulador. La población que habita el universo narrativo de este excelente escritor, fallecido recientemente, está compuesta de parranderos, enamorados, narcotraficantes, policías corruptos, mandaderos, estafadores, machos, padrotes, persignadas, rancheras y prostitutas.

En Cástulo Bojórquez (FCE/DIFOCUR, 2001) se relata de manera paciente la vida serrana de Cástulo, el Güero de Casas Grandes: holgazán, enamorado, bandido, narcotraficante y héroe, que transcurre a principios del Siglo 20; se desarrollan también una apasionante historia de amor, un vívido adulterio en la segunda mitad del Siglo 19 y los periplos de un alemán en busca de minas y entierros de tesoros. Lo interesante ocurre, precisamente, cuando estas tres historias convergen y se comunican con el objetivo de iluminar al personaje principal. En La novela inconclusa de Bernardino Casablanca (Edug, 1993), López Cuadras introduce como personaje al famoso escritor Truman Capote y lo trae a tierras sinaloenses, particularmente a Guasachi, para que visite a su amigo Narciso Capistrán, se divierta, coma mariscos y beba cerveza. Esta última es una obra narrativa que, sirviéndose de la figura de Capote, dialoga con el género de la novela (sus elementos, su técnica) y su relación con la realidad. En este juego de referencias a la ficción, el autor, al igual que Capistrán, conoce perfectamente su mundo narrativo: el norte, el habla coloquial, el béisbol, sus personajes cuidadosamente trazados, los entresijos de la justicia, las drogas, la corrupción.

El tema de Cuatro muertos por capítulo (Ediciones B, 2013) es, me parece, uno de esos que ya son clásicos en la literatura: la ambición de poder y riqueza; aderezado con los amargos frutos de la traición y la envidia. En esta novela se cuenta la historia de la familia Simental. Una familia de campesinos, de Badiraguato, Sinaloa, integrada por un matrimonio y cuatro hijos (Emmanuel, Juan, Pedro y María Enriqueta) que, arrastrados por el cebo de la codicia y, por qué no, la necesidad, comienzan a participar en el “negocio”. Al principio, modestamente; sembrando aquí, cosechando allá. Poco a poco, con ayuda de contactos, la humilde familia campesina se convierte en una próspera familia de narcotraficantes con mucho poder, cuya vida se desenvuelve entre la violencia, la traición, la venganza y la muerte. El ascenso de los Simental se va gestando en un contexto social y cultural que parece el caldo de cultivo perfecto para la educación sentimental de los nuevos capos.

Para contarnos esta historia, que en muchas ocasiones tiene capítulos apasionantes y de gran factura literaria, López Cuadras eligió dos voces narrativas que se valen, sobre todo, de los discursos indirecto e indirecto libre. Por una parte, el punto de vista narrativo de Francisco Caldera, ayudante de los Simental, quien va narrando con gran sentido del humor, y una perfecta conciencia de su lugar en la narración, detalles que nos dibujan a cada uno de los miembros de la familia. Por la otra parte, es el propio Emmanuel Simental (el hijo mayor) el que nos va contando, a través de una narración autobiográfica y un lenguaje muy coloquial, muchas veces soez, no sólo el contexto pueblerino, bucólico, en el que creció la estirpe de los Simental, sino la paulatina transformación de campesinos a venturosos traficantes.

En Cuatro muertos por capítulo, César López Cuadras muestra, como en todos sus libros anteriores, una gran habilidad en el manejo de la perspectiva narrativa y los cambios de ritmo. Exhibe un dominio, a su antojo, del lenguaje popular y de los artificios literarios como la metáfora o estrategias como la elipsis narrativa y los flashbacks. Siempre que regreso a los libros de César López Cuadras, hay algo que le agradezco profundamente: su sentido del humor, su penetrante ironía que es también una crítica social. Con la partida de César no sólo perdimos a un amigo, un gran conversador, sino al mejor escritor sinaloense, cuya obra debe colocarse entre lo destacado de la narrativa mexicana contemporánea.

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