La palabra poética

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“La palabra poética es, por esencia, (…) una semilla perdurable, el más peligroso de los bienes que le fue dado al hombre para que dé testimonio de lo que él es”, escribió Gonzalo Rojas. La poesía, la mejor poesía, es aguda intuición, pensamiento, búsqueda, comparación, honda percepción sobre la existencia y la naturaleza. Mientras la palabra burocrática, como la política, es rutinaria, redundante, extrañamente muda, instrumental, ayuna casi siempre de creatividad, la palabra poética, por el contrario, es un respiro; suele ser invención, música que pone a bailar a nuestra lengua, hallazgo, imagen inesperada y, en algunos casos, acontecimiento de un milagro.

“Los poemas, afirma Hugo Gola, esos objetos verbales cargados de emoción, encierran en sus formas precarias respuestas personales y únicas que actúan sobre nosotros, muchas veces, por medio de una enceguecedora belleza. Pero además ofrecen otro servicio frecuentemente ignorado: resguardan, preservan y renuevan el lenguaje de todos”. Una excepcional muestra de esto se encuentra en dos importantes libros que publicaron conjuntamente, en bellas ediciones, la Universidad Autónoma de Sinaloa y Posdata Editores: Y hasta aquí, que reúne 14 poemas de la escritora polaca Wislawa Szymborska, los cuales permanecieron inéditos hasta su muerte en febrero 2012; y Salida de emergencia, una excelente antología poética de la prolífica y también polaca Ewa Lipska.

Si es verdad que los poemas encierran respuestas muy personales y únicas que nos envuelven a todos con su manto de originalidad y belleza, la obra de Szymborska y Lipska ofrece múltiples ejemplos de ello. La ciencia, en ocasiones la filosofía, persigue los graves temas, generaliza, formula categorías para explicar; la poesía, en cambio, se salva por lo que parecen ser los más insignificantes detalles. Al científico se le va la vida en clasificaciones; el poeta registra fragmentos de la vida y se detiene en ellos, se sujeta a ellos sin abandonarlos hasta encontrar una minúscula revelación. Los versos de Szymborska extraen al individuo, lo que tiene de individuo, de la multitud, para que no se pierda en ella; lo separa y luego lo observa en su cotidianidad:

Ni mencionado.
Ni espectacular.
Está empleado en el Servicio de Limpieza.
Al despuntar el alba,
en el sitio donde tuvo lugar todo,
recoge, lleva, arroja al contenedor
lo clavado en árboles medio muertos,
lo aplastado en la fatigada hierba.

Pancartas rasgadas,
botellas quebradas,
peleles quemados,
huesos mordisqueados,
rosarios, silbatos y preservativos.

Una vez encontró en los arbustos una jaula de palomas.
Se la llevó
y para eso la tiene,
para que siga vacía.

Para quien ha crecido y vivido en un país como Polonia, que padeció la invasión, la ofensa colectiva, el expolio, la feroz represión de un sueño comunista sangriento y totalitario, las palabras son una tabla dúctil de salvación. Frente al adoctrinamiento masivo, la palabra solitaria y creadora, “sola en mí y conmigo”. No todo es pueblo ni Estado ni partido ni estructuras ni superestructuras; también están el amor a primera vista, la vida de los otros, el deseo erótico, el cuerpo, la perfección de la cebolla, las palomas, el bosque, el entusiasta trabajador del servicio de limpieza. La poesía de Szymborska da voz a los sin nombre, a quienes viven sus vidas y pasan sus años en el anonimato. No es que los represente; tampoco se erige en la portavoz autorizada. La poeta únicamente los observa, los describe y los acompaña en cada detalle de sus rutinas, con inteligencia y sentido del humor. “Szymborska pasa del amor a la humanidad al amor por el individuo”, afirma Elena Poniatowska. Consciente de lo que es una sociedad igualitaria y feliz por el decreto inapelable de una dictadura sorda, en la que no caben ni la idiotez de la duda ni las traiciones al partido, Wislawa escribe:

Hay quienes llevan a cabo la vida más hábilmente.
Tienen orden en su interior y a su alrededor.
Para todo la manera y la respuesta adecuada.

Adivinan inmediatamente quién a quién, quién con quién,
con qué objetivo, por dónde.

Ponen el sello en las verdades absolutas,
arrojan a la trituradora los hechos innecesarios,
y a las personas desconocidas
a las carpetas destinadas a ellas de antemano.

Piensan justo lo debido
ni un segundo más,
porque tras ese segundo acecha la duda.

Y cuando los dan de baja de la existencia,
dejan su puesto
por la puerta señalada.

A veces los envidio
–afortunadamente se me pasa.

Las frases de nuestra poeta huyen de las grandes palabras; sobrias en su elegancia y engañosamente sencillas. Alguna vez le preguntaron si había palabras que tratara de evitar cuando escribía. “Las arcaicas y las grandilocuentes”, respondió contundente. Y es algo que a la primera lectura de sus poemas salta a la vista: la llaneza de su lenguaje, el deseo de emerger de entre las ruinas ideológicas y de piedra para volver a llamar a las cosas por su nombre y con toda su claridad. Hable de lo que hable, Szymborska mantiene el tono animado de la conversación, coloquio de pájaros en la plaza pública. Pero si los poemas de Wislawa Szymborska son cápsulas de sencillez y alegría en su expresión, también contienen remates inesperados que sacuden nuestra cabeza por alguna que otra ironía. “Desde niña, confiesa, he tenido tendencia a darle vueltas a un asunto y a buscarle la parte cómica”. Por eso dialoga y se divierte con sus poemas, aquellos que apenas están por escribirse:

En el mejor de los casos
serás, mi querido poema, atentamente leído,
comentado y recordado.

En el peor de los casos
sólo leído.

Hay una tercera posibilidad:
aunque escrito,
un instante después arrojado a la papelera.

Puedes optar aún por utilizar una cuarta salida:
desaparecer no escrito
ronroneando satisfecho algo para tus adentros.

En el ya célebre Discurso a los cirujanos, Paul Valéry se preguntó, al reflexionar sobre la mano, lo siguiente: “¿Cómo encontrar una fórmula para este aparato que sucesivamente golpea y bendice, recibe y da, alimenta, presta juramento, marca el ritmo, lee para el ciego, habla para el mudo, se tiende hacia el amigo, se levanta contra el adversario, y que se hace martillo, tenaza, alfabeto?” ¿Cómo encontrar una fórmula? Quizás no exista. Pero a Szymborska le bastan siete versos para reconocer, con gran ironía, la delicada importancia de esa paradoja viviente, extremidad de múltiples máscaras, que es la mano:

Veintisiete huesos,
treinta y cinco músculos,
unas dos mil células nerviosas
en cada una de las yemas de nuestros cinco dedos.
Es absolutamente suficiente
para escribir Mein Kampf
o La casa en el rincón de Pooh.

Ese tipo de conclusiones en los poemas, esos giros traviesos que nos sorprenden al final por su reveladora verdad, pertenecen a la poesía de Wislawa en su estado puro.

En el caso de Ewa Lipska, estamos ante una poeta aparentemente muy distinta a Wislawa Szymborska. Los poemas de Lipska son mucho más elaborados conceptualmente, destaca la riqueza de su vocabulario y se desarrollan a través de complicadas metáforas, producto de una inteligencia e intuición muy agudas. De la poesía de Wallace Stevens decía el crítico literario Edmund Wilson que “incluso cuando no entiendes lo que está diciendo, sabes que lo está diciendo bien”. Opino lo mismo de los poemas de Lipska: puede uno no entenderlos pero sientes que las metáforas funcionan y las palabras están donde deben estar; los versos se leen bien y se escuchan mejor.

Son estas dificultades, acaso diferentes influencias, las que parecen alejar a Lipska de Szymborska. Sin embargo, ambas escritoras, más bien dicho su obra, comparte la experiencia de una lengua, un país, una cultura, una historia, incluso las más antiguas vejaciones a su pueblo. Como poetas, ambas son precisos “arqueros tensando los músculos de las palabras”. Esos objetos maleables capaces de decir o de callar oportunamente. Szymborska observa desde su ventana, examina a los seres vivos o sus cadáveres, o incluso sale a la calle a pasear; Lipska se abandona al sueño y lucha contra la necedad de las palabras y los recuerdos:

En alguna ocasión el pérfido deseo de quedar escrito
me despertaba en la noche
y me ofrecía la pluma.

Por fortuna
no suscribió
nada
la memoria.

Y es que Lipska prefiere soltar al viento sus recuerdos, que viajen, que se transformen, que confluyan con la noche y los sueños, que no queden fijos ni apuñalados por “el arma blanca de la descripción”. Si la vida de ultratumba es “sólo una salida de emergencia” del derruido edificio de la vida, los sueños pueden ser antesalas provisionales, descanso momentáneo en el más allá. Para Ewa Lipska, el mundo es un espacio, un territorio de peligros acechado no por la muerte sino por la vida:

No me salvó la inundación
a pesar de que me encontraba en el fondo .

No me salvó el incendio
a pesar de que ardí durante muchos años.

No me salvaron las catástrofes
a pesar de que me atropellaron trenes y autos.

No me salvaron los aviones
que explotaron conmigo en el aire.

Cayeron sobre mí
los muros de grandes ciudades.

No me salvaron las setas venenosas.
Ni los certeros disparos de los pelotones de fusilamiento.

No me salvó el fin del mundo
porque no tuvo tiempo para ello.

No me salvó nada.

VIVO.

Al igual que Szymborska, Lipska es dueña de una mirada irónica, escéptica, aunque también melancólica. En sus poemas aparece con frecuencia la muerte como una válvula de escape a un mundo imaginado. “¿Qué harás con tu muerte sobreviviente?”, pregunta en un poema. “No confíes en la muerte”, dice en otro. “La muerte ya ha pasado ha ser de nuestra propiedad”, expresa en otro más.

En la poesía de Ewa Lipska puede percibirse también la reiterada desconfianza en una felicidad institucionalizada, legalizada, que no admite descomposturas o imprevistos; pero que si ocurriera el desperfecto, ahí están los certificados de garantía para hacer que funcionen máquinas de matrimonio que se atascaron de repente o amores que sólo intercambiaban palabras inoxidables. Esta suspicacia permanente, tanto de Lipska como de Wislawa, esta crítica a una vida cosificada debió nutrirse, insisto, de una particular experiencia histórica en choque con el anhelo de libertad.

La política siempre ha destrozado el lenguaje. “El lenguaje de los políticos suele servir para ocultar y no para expresar pensamientos”, dice Szymborska recordando la acertada frase de George Orwell. Pero si la política, las guerras y los grandes relatos ideológicos de la historia despedazan el lenguaje y hacen que “las mentiras parezcan verdaderas”, los poemas, como nos recuerda Hugo Gola, resguardan y renuevan el lenguaje. La poesía de Wislawa Szymborska y Ewa Lipska, por su capacidad de reivindicar a las palabras para nosotros, lectores y no lectores, poetas y no poetas, logra no sólo preservar el lenguaje sino que además lo pone a circular con generosidad, con ánimo de diálogo, como si se tratara de una extensa carta para los amigos que sólo cobra vida y se renueva con el acto solitario o colectivo de la lectura. En estos dos poemarios, la palabra poética es esa semilla que perdura y se reproduce en la infinita cosecha de su lectura.

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