Ensayos para no olvidarnos de la felicidad

La sonrisa de la desilusión

En su conocida “Advertencia al lector”, mediante la cual hace explícita la finalidad de sus Ensayos, Michel de Montaigne escribe: “Quiero que me vean en mi manera de ser simple, natural y común, sin estudio ni artificio. Porque me pinto a mí mismo. Mis defectos se leerán al natural, mis imperfecciones y mi forma genuina en la medida que la reverencia pública me lo ha permitido.” Él es la materia de su libro: sus páginas son el resultado de una profunda, desenfadada e irónica indagación sobre sí mismo; examen de aquello que comparte con la humanidad, sus virtudes y sus taras, sus ambiciones y sus fracasos. Sin embargo, los Ensayos no van más allá, en sus revelaciones personales, de lo que permite la “reverencia pública”. Pero hay escritores que descienden de la tradición ensayística de Montaigne, como Phillip Lopate (Nueva York, 1943), autor, entre otros libros, de una indispensable antología de ensayos personales, Retrato de mi cuerpo, que se proponen abiertamente tensar los límites de una conducta aceptable en primera persona. Quieren de veras pintarse a sí mismos al natural; autorretratarse o encontrarse mientras ensayan.

A esa estirpe de escritores pertenece Guillermo Espinosa Estrada, quien a través del ensayo ha logrado presentarse desnudo ante el mundo con una sonrisa desparpajada: la sonrisa de la desilusión, el escudo protector de quien nada tiene que perder. Por eso los doce ensayos reunidos en su primer libro La sonrisa de la desilusión, se desarrollan (porque ese es el propósito), a la manera de una stand-up comedy routine, en la que el ejecutante desnuda su personalidad frente al público lector, revela aquello que otros dejarían oculto, y exhibe aquí y allá muchas de sus ilusiones perdidas, sus fracasos, sus manías, sus varias ineptitudes para la vida y su soledad. No obstante, en lugar de ceder al drama por las múltiples caídas, el autor elige la risa (o la risa lo elige a él), ese gesto de incivilidad, para relatar en cada ensayo momentos de plena felicidad y el anuncio del desengaño.

Los ensayos de La sonrisa de la desilusión parecen anclas lanzadas por el autor al suelo de una vida y un pasado difícil de olvidar, cargado de expectativas y de fugaz felicidad. Acaso por ello los recuerdos de la infancia atraviesan las páginas del libro, porque son los niños quienes “corren apasionadamente detrás de los sueños y se despreocupan de toda realidad” (Robert Louis Stevenson). ¿Qué son las ilusiones si no sueños y estrellas en altamar? “Mi risa”, confiesa el narrador de estos ensayos que también son memorias, “es una máscara que oculta —primero— mis verdaderos sentimientos, pero casi al mismo tiempo revela —al observador— mi angustia.” También es una manera de resistir, de buscar la felicidad aun en las grietas de la tragedia. Fabular para impedir que la realidad, en muchos sentidos cruel, arrebate todo aquello que el narrador ha hecho suyo, como muchos de nosotros, a temprana edad: un viaje, un amor, los personajes entrañables de una sitcom, la ingenuidad y la felicidad “siempre por venir” de la comedia romántica, la ligereza de la comedia musical, etcétera. “Me resisto a distanciarme de algo que ha terminado por ser tan íntimo”, escribe en uno de los ensayos, pero la afirmación puede extenderse al resto.

“La risa supone el examen libre de las inconstancias del mundo, sus imposturas, sus caprichos, su carácter inevitablemente ridículo […] La risa arrasa lo establecido y venerable; devasta lo habitual y lo reverenciable”, apunta Jesús Silva-Herzog Márquez en “Hobbes y la risa” (El Malpensante, núm. 109). Guillermo Espinosa Estrada o William Thornway, personaje del que se vale el autor para contar una especie de autobiografía oculta entre los matorrales del ensayo, opone muecas de sonrisa frente a una realidad que se empeña en mostrar su cara trágica, derrotista, seria. No para ignorar el dolor, sino para sobrellevarlo, para impugnarlo. Aquí no caben los embaucadores de la autoayuda ni los “mercachifles del bienestar”, para quienes, incluso en la desventura más inefable, sólo existen la felicidad, los abrazos y las falsas sonrisas. Eso es una farsa; y sus promotores, farsantes. La felicidad no dura toda la vida: se refugia en instantes, en momentos, en apenas trozos de felicidad. Y son esos alientos de plenitud los que William Thornway quiere recuperar al relatar su historia; tablas a las que se aferra con humor descarado en medio del naufragio. Detesta a los optimistas, pero los envidia “en su espejismo”.

La solemnidad y la pedantería se cultivan y se reproducen entre los espíritus refrigerados, entre individuos doctos que aborrecen el aire libre, el movimiento, el paseo, la chacota. Nada más ajeno a William Thornway, cuya educación sentimental procede, en buena parte, de la comedia, la errancia y ¡la televisión! (exclamarían, poniendo el grito en el cielo, los escritores afectados, esos que disfrutan a escondidas de “la caja idiota”). No es extraño que a nuestro narrador le seduzca la comedia musical: “Hay algo en su banalidad que rezuma ludismo, ligereza”. Para el que carece de convicciones firmes, este tipo de comedia, con su baile, melodía e historia de amor, es lo contrario de la pesadez: agilidad, movimiento del cuerpo, danza, alegría, vuelo de pájaro, libertad, flotación, sonrisa. “La comedia musical no sólo logra suspendernos en el aire, también aplaza la ejecución de lo serio”. El espíritu de la pesadez no sólo lleva sobrecarga moral, también ha renunciado al magisterio de la risa y a cierta inocencia infantil (“Inocencia es el niño y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí”, afirma Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra).

La sonrisa de la desilusión, a través del ensayo, la crónica, la memoria y la autobiografía (con una inteligencia, un humor y una voz muy particulares que abrevan de Montaigne, Jonathan Swift, Stevenson, Hazlitt, Laurence Sterne, Chesterton y Lopate, por mencionar unos cuantos), captura instantes de felicidad infantil y juvenil que han quedado en el pasado y al mismo tiempo muestra una lucha tenaz del narrador, ayudado por el martilleo de los recuerdos, por no separarse de aquello que algún día, antes de la desilusión, lo hizo feliz (la comedia romántica, una mujer, la televisión, una composición para piano…).

En el último párrafo del primer ensayo, “Burladero”, hay una frase que podría ser la “Advertencia al lector” de este libro: “Nada de lo que yo diga puede ser tomado en serio.” Comedian al fin. Disfruten la función.

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