El arte crítico de Esther Seligson

Escritos a maquina

J’ai commencé ma vie comme je la
finirai sans doute: au milieu des livres.

Jean-Paul Sartre
Les mots.

La crítica literaria es arte de la réplica, la habilidad de crear o inventar un espacio para dialogar con la obra, su contexto y su autor, así como la necesidad de responder, acaso por temperamento, a una creación estética. Apenas se anuncia la publicación de un libro, ya hay individuos ansiosos por adquirirlo y comentarlo, no tanto para intervenir en la recepción de un texto, sino para satisfacer un genuino deseo de escritura, de creación literaria y, por qué no, de polémica. Los libros, ha dicho por ahí Peter Sloterdijk, son voluminosas cartas a los amigos; y siempre hay remitentes desconocidos a la caza de ellas. Los libros son la posibilidad de un intercambio epistolar, “seducción a la lejanía”. Un bello paisaje estimula la imaginación creadora de un pintor o de un poeta; los libros, como portadores de lenguaje, ideas y belleza, incluso como objetos, excitan fuertemente la sensibilidad del crítico, lo desafían para que se apropie de ellos, tome distancia y responda con la misteriosa mudez del lenguaje escrito.

La lectura suele despertar el deseo de escribir. “Cada lectura vale, decía Roland Barthes, por la escritura que engendra”. La reflexión crítica de la infatigable Esther Seligson (Ciudad de México, 1941-2010), poeta, narradora, viajera, memorialista, traductora brillante y ensayista, reunida en A campo traviesa (2005) y ahora en Escritos a máquina (2011), vale precisamente porque nos muestra la práctica, la diversidad y la profundidad de sus lecturas. El ensayo crítico en Seligson es un peculiar arte de la (re) lectura, placer y adhesión al texto, un habitar (muy personal) las páginas de los libros: encuentro, compromiso, entrega y liberación. En uno de los cuarenta y cinco ensayos compilados en Escritos a máquina, que aborda Los diálogos con Leucó de Cesare Pavese, escribe: “Releer. No hallo recogimiento más liberador y placentero; no conozco encuentro más conmovedor y trascendente”. Y más adelante:

“…releer sus Diálogos con Leucó me devuelve la fe en la Literatura, con mayúscula, y de esa insustituible intimidad que otorga, entrañable, la interlocución con el libro […] Porque nada va a quitarme la certeza de que la mejor conversación posible es la que mantenemos con el libro”.

La lectura es una forma de acción, pocas veces un acto pasivo; quien abre un libro incursiona en un diálogo y se arriesga a ser tocado, acaso herido, en el abismo de su intimidad. “Un gran poema, una novela clásica nos asedian; asaltan y ocupan las fortalezas de nuestra conciencia” (George Steiner). La reflexión sobre la literatura, lo sabía muy bien Esther Seligson, “brota siempre que tomamos un libro entre las manos”. Como ensayista, Seligson pertenece a la tradición de los críticos-escritores, con sus virtudes (poderosa imaginación y estilo literario) y sus “defectos” (un marcado impresionismo). Una rica tradición que lo mismo incluye a Baudelaire, Coleridge, T.S. Eliot, Virginia Woolf o Borges, que a Alfonso Reyes, Jorge Cuesta, Gilberto Owen, Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Gabriel Zaid y Tomás Segovia, entre muchos otros. Como sucede con todos estos autores, buena parte de la crítica de Seligson es literatura de ideas, siempre en los lindes de la creación, pero sustentada con argumentos de una gran perspicacia psicológica y poética. Al igual que su poesía y narrativa, la ensayística de nuestra autora está cargada de imágenes, metáforas, numerosas asociaciones, una recurrente y fina perspectiva mitológica y onírica (“¿Y qué es existir sino soñar, inventar, fantasear, desbordar el tiempo y el espacio?”). De José Luis Rivas nos dice:

“Cielo en la tierra, la tierra nativa de José Luis Rivas no es únicamente agua, corriente que sube con saltos implacables, raudal, ciénaga, lodos, cieno de turbia tristeza, marisma, laguna; es también velamen, viento, ráfagas que flagelan, chiflones mórbidos, brisa, airón, ventisca, racha, silbo, coloquio embrollado de murmurios y de voces […] Si el agua le da a la poesía de José Luis Rivas su extensión, el viento le otorga su movilidad”.

Por su hondura y sensibilidad poéticas, por la naturalidad con que despliega las palabras, sinónimos y metáforas, por la grata fluidez de sus oraciones, por su conocimiento de la mitología y la tradición literaria, es difícil no vincular, al menos acercar, los ensayos de Seligson con los de Virginia Woolf (aquella reseñista de The Guardian y The Times Literary Supplement) y María Zambrano. ¿Nunca les ha pasado, preguntaba Roland Barthes, que, leyendo un libro, se iban deteniendo frecuentemente a lo largo de la lectura, no por desinterés, sino al contrario, por una afluencia de ideas, asociaciones, excitaciones? Es un leer levantando la cabeza. Pues bien, la escritura crítica de Seligson, estoy seguro, proviene de esos momentos de excitación y absoluta libertad en que apartaba la vista del libro para suspenderse en su imaginación; así lo muestran ensayos como “El descenso de la diosa”, una interpretación mítica iluminadora, “Trilogía de la voz florida” y el “Animalario divino”, que son una relectura original de la obra de Hugo Argüelles, “Vivir cansa, leer redime”, sobre Cesare Pavese, o “El arte de las geografías escénicas o el goce de fugarse en la memoria”, sobre dos obras del dramaturgo David Olguín (para mí uno de los mejores textos).

Hay en las reflexiones que componen Escritos a máquina, casi todas breves, una imaginación envidiable, intuición crítica y las huellas inmarcesibles de horas y horas de lectura voraz y omnívora (como Virginia Woolf: “Me gusta leer, me gusta leer libros en montón”). En una de sus críticas de teatro –porque no fue sólo crítica de literatura sino de pintura, escultura, traducción y otros recodos de la creación artística, un poco a la manera de Susan Sontag— escribe:

…Casanova es un existencialista que vive actuando sus deseos en el incesante ardor de sus variaciones: no se aleja de las mujeres hastiado o enemistado como Don Juan; ni se relaciona con ellas cual meros objetos narcisistas al estilo del marqués. Don Juan huye de sí en cada mujer que posee; Casanova se encuentra consigo en cada una y se fuga para conservarse libre y “puro”. Para Voltaire, el mundo pasa por los libros; en Casanova priva la imagen vívida, tangible, sensorial de cada cuerpo amado, de cada guiso, cada imagen, una tonada. (“El arte de las geografías escénicas o el goce de fugarse en la memoria”)

El arte crítico de Seligson es tan vivo, asociativo, por esa capacidad para volcar e intercalar, sobre la superficie de la página en blanco, el lenguaje de la argumentación y la poesía. Coincidía con Italo Calvino: ¿por qué escamotearle a la prosa la música y la concisión poéticas? Antes que a la exposición de una meditada teoría del arte, Seligson se entregó a una práctica crítica que no reniega de la creación y tampoco tiene reparos en escribir palabras que delatan un impresionismo crítico hoy tan vilipendiado (“Tengo la impresión de que en la poesía de […]”; “El primer efecto que me causó el poemario […] y la impresión final que me dejó, fue la sorpresa”; etcétera). En ocasiones, como sucede con los críticos-escritores, olvida el libro sobre el que reflexiona y se abandona a la intimidad de su escritura, en una especie de soliloquio, de frenesí creativo; a mi juicio, le ocurre esto en “Razón y sinrazón en Arreola”, ensayo que, sin embargo, logra recoger, integrar en un metalenguaje, una buena cantidad de lenguaje arreoliano (¿no era ésta, según Barthes, la función de la crítica?).

Escritos a máquina constituye una entrañable interlocución con los libros (esas voluminosas cartas a los amigos desconocidos), la mitología y el arte. En Seligson, cada lectura es un encuentro, una puesta de la imaginación, una felicidad. Y uno como lector queda marcado por la vitalidad de su conversación, porque nos enseñó a leer, a lo largo del viaje, con inteligencia y deleite.

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