La retirada de los intelectuales demócratas

Félix de Azúa escribe un duro comentario a propósito del último libro de Paul Berman, La huida de los intelectuales, publicado y traducido al español por Duomo Ediciones. En el ensayo de Berman, a lo largo de 300 páginas, se reflexionan y se juzgan los pormenores de la relación entre un intelectual musulmán, Tariq Ramadan, y dos intelectuales europeos: Ian Buruma y Timothy Garton Ash. Para Félix de Azúa, lo que consigue mostrar el libro de Berman es el “creciente poder que van teniendo los ultras, confesos o velados, para imponer sus criterios sobre los demócratas”. Y se pregunta: “¿Cómo es posible que dos periodistas del prestigio y el talento de Garton y Buruma puedan alabar a un criptofascista [Tariq] y despreciar a una víctima heroica de la lucha contra los islamistas fanáticos[Ayaan Hirsi Ali]? Este es el asunto.” Félix de Azúa sabe que a partir de este artículo será criticado y ridiculizado por muchos. Recomienda entonces la desconfianza en su opinión para que vayamos directamente a la argumentación de Paul Berman. Por lo pronto, aquí un fragmento del artículo publicado en El País:

¿Realmente merece casi 300 páginas este minucioso análisis de una figura menor del islamismo y sus relaciones con dos periodistas europeos? Cuidado: uno puede equivocarse con el último libro de Paul Berman. Solo su prestigio como uno de los más brillantes intelectuales del New York Times, del New York Review of Books o de la New Republic nos obliga a seguir leyendo, persuadidos de que va a desvelar una verdad difícil de conocer. Y así es, pero solo aparece avanzado el ensayo titulado La huida de los intelectuales, publicado por Duomo en magnífica traducción de Juanjo Estrella.

Todo empieza con un intelectual musulmán, Tariq Ramadan, halagado por el mundo anglosajón, aunque poco conocido en nuestro país. Berman desmenuza las razones por las que a este hombre se le considera uno de los pocos islamistas con quien puede discutirse sobre la modernización del islam, la coexistencia del Corán con la democracia, la renovación de las sociedades musulmanas y otros temas semejantes. Ramadan sería un caso insólito de musulmán ortodoxo que, sin embargo, aprecia la modernización y la cree compatible con la religión coránica. El lector, sin embargo, pronto comprende que es un espejismo. Ramadan, vástago de una notoria familia de personalidades religiosas, comparte, en realidad, los principios de los Hermanos Musulmanes, incluida una estudiada ambigüedad sobre la lapidación por adulterio o la ablación, y está más cerca de lo que parece de terroristas histéricos como los qutubistas, porque mantiene un antisemitismo que de los nazis llegó a los islamistas a través del muftí de Jerusalén, Haj Amín al Husseini, con quien comparte la admiración por Los protocolos de Sión. Como es lógico, Ramadan no lo llama “antisemitismo” sino “antisionismo”, pero el lector verá que es la misma diferencia que hay entre “separatismo” y “soberanismo”. Son modos de suavizar la violencia.

Sin embargo, con ser interesante para nosotros (Ramadan ocupa un lugar similar al de Bildu y aledaños respecto a ETA), este no es el verdadero argumento del ensayo. De hecho, Ramadan, invitado en universidades americanas, entrevistado y adulado por periodistas demócratas, tenido en gran estima por la izquierda (oficial), no sería sino otro ejemplo del creciente poder que van teniendo los ultras, confesos o velados, para imponer sus criterios sobre los demócratas. No en vano el ensayo se llama La huida de los intelectuales.

Una vez ha mostrado el salafismo latente en Tariq Ramadan (que hay que desenterrar en las notas a pie de página de sus ensayos), Berman enjuicia a dos prestigiosos periodistas que le han bailado el agua: Ian Buruma y Timothy Garton Ash. Podrían haber sido otros. Los hay a montones, como los que “comprenden” el terrorismo vasco o los “equidistantes” entre demócratas y abertzales. El caso es que tanto Buruma como Garton han dado incienso a Ramadan, en tanto que, por otro lado, desprecian a Ayaan Hirsi Ali, la luchadora somalí por los derechos de las mujeres musulmanas, a quien, como a Rushdie, persiguen los asesinos islámicos por el mundo entero.

¿Cómo es posible que dos periodistas del prestigio y el talento de Garton y Buruma puedan alabar a un criptofascista y despreciar a una víctima heroica de la lucha contra los islamistas fanáticos? Este es el asunto. Porque, en efecto, los equidistantes, los que “comprenden” a los terroristas, no se quedan en eso, sino que suelen ser los más enconados enemigos de aquellos que se juegan la vida contra el terror, como le ha sucedido a Savater o a Maite Pagaza en el País Vasco. Berman es demoledor cuando analiza la violencia que Garton y Buruma mostraron contra Pascal Bruckner porque osó contradecirles, así como la ocultación en que mantienen a los musulmanes que en verdad luchan contra el terrorismo islamista y que viven escondidos de los asesinos sin apoyo de los intelectuales “comprometidos”. Una repetición de los juicios sumarísimos contra aquellos que denunciaban el estalinismo o el castrismo el siglo pasado

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Diarios, Ensayo, Libros, Política. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s