Un cuento de E.L. Doctorow

Miscelánea Editorial acaba de publicar Todo el tiempo del mundo, una antología de trece relatos del escritor norteamericano E.L. Doctorow. El blog Papeles perdidos nos comparte una de esas historias: El escritor de la familia, un excelente cuento que muestra y pone en juego, dentro de la propia narración, los poderes de la ficción para alterar la conducta y vida de los otros. Se los recomiendo.

El escritor de la familia

En 1955 murió mi padre, y su anciana madre aún vivía en una residencia de la tercera edad. La mujer tenía noventa años y ni siquiera se había enterado de que él estaba enfermo. Temiendo que el disgusto la matase, mis tías le dijeron que se había trasladado a Arizona por su bronquitis. Para la generación inmigrante de mi abuela, Arizona era el equivalente en Estados Unidos a los Alpes: era el lugar adonde uno iba por su salud. Más exactamente, era el sitio adonde uno iba si tenía el dinero necesario. Dado que mi padre había fracasado en todos los negocios de su vida, ese fue el aspecto de la noticia en el que se centró mi abuela, el hecho de que su hijo por fin había alcanzado cierto éxito. Y fue así como mientras nosotros, en casa, llorábamos su pérdida con una mano delante y otra detrás, mi abuela alardeaba ante sus amistades de la nueva vida de su hijo en el aire seco del desierto.

Mis tías habían decidido esa línea de acción sin consultarnos. Implicaba que ni mi madre ni mi hermano ni yo podríamos visitar a la abuela porque supuestamente nosotros también nos habíamos trasladado al oeste, como familia que éramos. A mi hermano Harold y a mí no nos importó: la residencia había sido siempre una pesadilla, con todos allí sentados mirándonos mientras intentábamos entablar conversación con la abuela. Ella tenía un aspecto espantoso, padecía un sinfín de males y se le iba la cabeza. No verla tampoco representaba una decepción para mi madre, que nunca se había llevado bien con la vieja y no la visitaba ni siquiera cuando aún podía. Pero lo molesto fue que mis tías habían actuado como era habitual en esa rama de la familia, ejerciendo la autoridad en nombre de todos: por un lado, ellas, las auténticas ciudadanas por lazos de sangre; por otro lado, los demás, ciudadanos inferiores por lazos matrimoniales. Era precisamente esta actitud la que había atormentado a mi madre durante toda su vida de casada. Sostenía que la familia de Jack nunca la había aceptado. Se había enfrentado a ellos durante veinticinco años como intrusa.

Pocas semanas después de nuestro duelo ritual, mi tía Frances nos telefoneó desde su casa de Larchmont. La tía Frances era la más rica de las hermanas de mi padre. Su marido era abogado, y sus dos hijos estudiaban en Amherst. Había llamado para decir que la abuela preguntaba por qué no tenía noticias de Jack. Yo había atendido el teléfono. «Tú eres el escritor de la familia —dijo mi tía—. Tu padre tenía mucha fe en ti. ¿Te importaría inventarte algo? Envíamelo y yo se lo leeré a ella. No notará la diferencia.»

Esa noche, en la mesa de la cocina, aparté mis deberes y redacté una carta. Intenté imaginar cómo habría respondido mi padre a su nueva vida. Él nunca había viajado al oeste. Nunca había ido a ningún sitio. En su generación, el gran viaje era de la clase trabajadora a la clase profesional. Eso tampoco lo había conseguido. Pero adoraba Nueva York, donde había nacido y vivido su vida, y siempre descubría cosas nuevas sobre la ciudad. Adoraba especialmente las zonas antiguas por debajo de Canal Street, donde encontraba proveedores de buques o empresas que comerciaban al por mayor con especias y té. Era vendedor al servicio de un mayorista de electrodomésticos, con clientes por toda la ciudad. Le encantaba llevar a casa quesos raros o verduras exóticas de otros países que se vendían solo en determinados barrios. Una vez llevó a casa un barómetro, otra vez un catalejo antiguo en un estuche de madera con cierre de latón.

«Querida mamá —escribí—. Arizona es un sitio precioso. Luce el sol todo el día y el aire es cálido, y hacía años que no me sentía tan bien. El desierto no es tan yermo como podría pensarse, sino que está lleno de flores silvestres y cactus y extraños árboles torcidos que parecen hombres con los brazos extendidos. Puedes ver a grandes distancias mires a donde mires y al oeste hay una cordillera, quizás a unos ochenta kilómetros de aquí, pero por la mañana, cuando el sol la ilumina, se ve la nieve en sus picos.»

Mi tía telefoneó al cabo de unos días y me dijo que fue al leer la carta en voz alta a la vieja cuando sintió el pleno efecto de la muerte de Jack. Tuvo que disculparse y salir a llorar al aparcamiento.

—No sabes cómo lloré —dijo—. Lo añoré tanto. Tienes toda la razón; le encantaba ir a sitios, le encantaba la vida, le encantaba todo.

Empezamos a intentar organizar nuestras vidas. Mi padre había pedido un préstamo a cuenta del seguro y quedaba muy poco. Se adeudaban aún ciertas comisiones pero no parecía que su empresa fuera a cumplir con su obligación. Quedaban un par de miles de dólares en una cuenta de ahorro de un banco, que tuvieron que dejarse ahí hasta que se liquidara la herencia. El abogado que se ocupaba era el marido de Frances y era muy formal.

—¡La herencia! —exclamó mi madre entre dientes, gesticulando como si fuera a mesarse el pelo—. ¡La herencia! Solicitó un empleo a tiempo parcial en la oficina de ingresos del hospital donde se le había diagnosticado la enfermedad terminal a mi padre, y donde había pasado unos meses hasta que lo enviaron a casa a morir. Ella conocía a muchos médicos y otros empleados de allí y se había familiarizado «por amarga experiencia », como les dijo, con la rutina del hospital. La contrataron.

Yo detestaba ese hospital. Era oscuro y lúgubre y estaba lleno de personas atormentadas. Me pareció un acto de masoquismo por parte de mi madre buscar trabajo allí, pero no se lo dije.

Vivíamos en un apartamento en la esquina de la calle Ciento Setenta y Cinco con Grand Concourse, en la primera planta. Una habitación, salón y cocina. Yo compartía el dormitorio con mi hermano. Estaba abarrotado de trastos porque cuando mi padre necesitó una cama de hospital en las últimas semanas de su enfermedad trasladamos unos cuantos muebles del salón al dormitorio y le cedimos el salón a él. Teníamos que sortear estanterías, camas, una mesa abatible, burós, un tocadiscos y una radio, pilas de discos de 78 rpm, el trombón y el atril de mi hermano, y demás. Mi madre siguió durmiendo en el sofá cama del salón que había sido la cama de ellos antes de la enfermedad de él. El salón y la habitación estaban comunicados por un estrecho pasillo, más estrecho aún debido a las estanterías adosadas a la pared. Al pasillo daban una pequeña cocina, una zona de comedor y un cuarto de baño. En la cocina había muchos electrodomésticos —grill, tostadora, olla a presión, lavavajillas con encimera, licuadora—, que mi padre había conseguido por su trabajo a precio de coste. Una expresión esta muy valorada en nuestra casa: a precio de coste. Pero la mayoría de estos aparatos ni se estrenaban, porque a mi madre no le interesaban. Los artefactos cromados con temporizadores o indicadores que requerían la lectura de complejas instrucciones no estaban hechos para ella. A estos se debía en parte el horrendo desorden en nuestras vidas, y ahora quería deshacerse de todos. «Nos están enterrando —decía—. ¡Quién los necesita!»

Así que acordamos tirar o vender todo lo que fuera superfluo. Mientras yo buscaba cajas para los electrodomésticos y mi hermano ataba las cajas con cordel, mi madre abrió el armario de mi padre y sacó su ropa. Tenía varios trajes, porque como vendedor, necesitaba la mejor presencia posible. Mi madre quiso que nos probáramos los trajes para ver si alguno podía arreglarse y usarse. Mi hermano se negó a probárselos. Yo me probé una chaqueta, que me venía grande. Noté frío en los brazos por el forro de las mangas y me llegó un vaguísimo olor a la existencia de mi padre.

—Esto me queda enorme —dije.

—No te preocupes —respondió mi madre—. Lo llevé a la tintorería. ¿Crees que te dejaría ponértelo, si no? Era de noche, a finales de invierno, y la nieve caía en el alféizar
y se fundía al posarse. La bombilla del techo iluminaba una pila de trajes y pantalones de mi padre todavía en sus perchas, echados sobre la cama, con la forma de un hombre
muerto. Nos negamos a probarnos nada más, y mi madre rompió a llorar.

—¿Por qué lloras? —preguntó mi hermano levantando la voz—. Querías tirar cosas, ¿no? Al cabo de unas semanas, mi tía volvió a telefonear y dijo que, en su opinión, ya hacía falta otra carta de Jack. La abuela se había caído de una silla y tenía magulladuras y estaba muy deprimida

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