Entrevista con Alain Badiou

El filósofo Alain Badiou visitó hace poco Argentina para recibir un doctorado honoris causa por la Universidad Nacional de San Martín. Revista Ñ aprovechó la ocasión para dialogar con este pensador que se abstuvo de votar en las últimas elecciones de Francia (porque no se enfrentaban dos políticas diferentes) y que reivindica al comunismo como una hipótesis, una idea.

-Tras sus invectivas sobre Sarkozy, ¿cómo interpretar su abstención en las dos vueltas de los que algunos analistas consideraron los comicios más importantes de Francia desde la posguerra? ¿Daba lo mismo cualquier victoria?
-Como dije en mi libro, no es que Sarkozy y Hollande sean la misma cosa. Existen situaciones en la vida, que conocemos bien, donde hay dos posibilidades diferentes y ninguna nos conviene. A veces dos mujeres nos hacen la corte, no elegimos a ninguna y no por eso pensamos que sean iguales. Es el mismo caso. Tengo una larga experiencia con la política socialista en Francia. Fui miembro del PS, en los peores años de la Guerra de Argelia y mi padre fue alcalde de una ciudad de Toulouse. Es mi cultura de origen. Sé de qué son capaces los socialistas. Tuvimos a Mitterrand, que fue presidente durante los años 80, época de una importante regresión reaccionaria en Francia y en el mundo entero. Pienso que, en lo esencial, y para los temas importantes, Hollande tomará las mismas medidas que Sarkozy. Lo dice claramente cuando afirma que su objetivo principal es levantar cabeza, que su política sobre los extranjeros no será muy distinta de la de Sarkozy y que, en tercer lugar, mantendrá el mismo rumbo en política nuclear. Todo el mundo se alegra de que haya ganado, pero por la negativa: la mayoría de los franceses ya no soportaban a Sarkozy.

Se le podría reprochar un principismo que no abre opciones tácticas, un rechazo a elegir sin abrir el juego a la política concreta.
-La cuestión es saber qué se abre. En mi libro sobre Sarkozy describí muy claramente el papel de las candidaturas socialistas. Hay gente según la cual estamos obligados a estar encerrados, y no queda otra. Y están los socialistas, para quienes hay una salida. Actúan como si hubiera una puerta. Pero uno sale, camina por un pasillo circular y vuelve al mismo lugar. El gobierno de Mitterrand hizo reformas importantes durante dos años y luego dijo que había que volver a la situación anterior. Será lo mismo, lo sé. Entonces, no es negación a elegir, es que no hay opción. Los dos candidatos representan, no lo mismo en los detalles, pero no son políticos distintos. Lo mío es más que una abstención; es la idea de que el voto es una falsa opción. Si hubiera una verdadera elección entre dos políticas diferentes, vería lo que puedo hacer.

-Días atrás, Ud. escribió en Le Monde que el clima racista en Francia se originó en algunos intelectuales, secundados luego por políticas de gobierno, y con complicidades socialistas.
-La industria francesa hizo venir en masa a obreros del Magreb y de los antiguos países colonizados. Iban a buscarlos en avión. Conocí esa época. Lo hacía Renault y otras empresas. Vinieron y trabajaron por diez, veinticinco años. Hicieron venir a sus mujeres y a sus hijos. Y resulta que ahora hay un “peligro islámico”. Es una operación completamente ideológica y ridícula. No es nada nuevo. En la Francia de los años 30 se decía exactamente lo mismo sobre los italianos o los polacos. No hay peligro islámico, sino ciertos terroristas islámicos y hechos policiales. Acuso totalmente al gobierno, y a los intelectuales que apoyaron esa política, de llevar a cabo un procedimiento de extrema derecha que consiste en señalar chivos expiatorios en la sociedad, dividiéndola, y de hacer como si los responsables de la crisis económica fueran finalmente los más pobres, los más desvalidos de la sociedad. Es un horror que constato en todas las fuerzas políticas, sin excepción. Tomemos un ejemplo. Hubo un problema con el pañuelo árabe. Mi abuela se cubría la cabeza con un pañuelo y era cristiana. ¿Es la gente del pueblo la que no soporta ver mujeres con pañuelo? Para nada, son los intelectuales quienes lanzaron esa campaña y desencadenaron contradicciones que no tenían razón de ser.

-En su remake de la “República” sostiene la necesidad de vincular la política con la verdad, con lo universal. ¿Es esa la potencia contemporánea de Platón?
-La política moderna sostiene que la política es opinión y depende del juicio personal. Filosóficamente, esa tesis viene de lejos y le viene muy bien a la política parlamentaria: usted tiene a dos hombres, entonces va a juzgar a uno como bueno y al otro como no bueno. Pero esa es una visión muy limitada, porque su juicio no toma posición sobre lo que deben ser las acciones. Sólo supone un estado de cosas y, luego, yo juzgo esto o lo otro. Pienso que la verdad política implica, sin duda, juzgar el orden social y colectivo existente. Hay situaciones en las que uno quiere transformar lo que se juzga en función de una idea. Es inevitable. Si no, ¿de dónde saldría el deseo de transformar la situación? Uno quiere que sea diferente de la que es. Cuando digo que la idea está en el origen de la acción, es una evidencia; no es que lo haya sacado de Platón. Si alguien no tiene ideas, no buscará el cambio. Platón nos recuerda que las opiniones, los juicios que no están fundados, circulan. Uno se liga a algo en la sociedad a través de la comunicación. Todo se comunica, todo circula. Filosóficamente, debemos desechar a quienes no son conscientes de que criticar la simple circulación de las opiniones es una necesidad, y de que “verdad” es el nombre que se le ha dado desde siempre a algo más que la circulación de opinión: algo que se puede justificar, argumentar, eventualmente probar, y desde ese punto de vista, sería un freno a la simple circulación de la información. Es preciso decir la verdad sobre las razones por las cuales, en Francia, tenemos varios millones de personas de origen africano. Ellos lo evitan. Cuando nos cuentan que fue una invasión, y que hay demasiados, no dicen la verdad

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