“El día a día de una familia no me interesa demasiado”: Jonathan Franzen

Aunque no tiene los elementos para probarlo, Jonathan Franzen considera que puede haber cierta conexión entre la prosperidad de un país y la producción literaria de corte realista. De hecho, la revista Time, que le dedicara a Franzen la portada en agosto de 2010, tituló: “… Sus personajes no resuelven misterios, no tienen poderes mágicos ni viven en el futuro. Pero su novela, Libertad, nos muestra la manera en que vivivmos”. Enviada por revista Ñ, Gabriela Cabezon Camara estuvo en Manhattan para entrevistar al también autor de Las correcciones. Este es el diálogo:

-¿Qué cambios fueron más importantes, a tu criterio, en tu país y en tu vida en esta década?
-En lo que se refiere a mí, estoy menos enojado, aunque en términos políticos sentí mucha ira durante la era Bush. Pero me hice famoso con Las Correcciones y no me pareció propio de alguien tan afortunado como yo estar tan enfadado– se ríe. Y sigue: La verdad es que aún me cuesta creer que haya escrito ese libro. Y me resulta extraña la ira que tiene. No es que haya cambiado de opinión ni que haya menos motivos para estar enojado, al contrario. Y ya no puedo escribir con ese humor, porque el humor tiene mucho que ver con la agresión: no me divierte más la forma en que mis personajes se enojan con el mundo. Respecto de los cambios en el país, el más importante para mí es que la gente es más destructiva de lo que era en 2000; nos autodestruimos constantemente y mientras tanto estamos el día entero enganchados a Facebook, Twitter. Por otra parte, el país está en una posición mucho más débil, económica y estratégicamente, que hace 11 años. La situación medioambiental empeora y sin embargo, tengo la sensación de que es mucho más fácil no pensar en eso, porque estamos todo el día jugando con los nuevos aparatos electrónicos.

-¿Antes se pensaba más en términos políticos?
-El 11S fue interesante porque en todas partes se discutía sobre el tema, qué había pasado, cuál sería la respuesta adecuada. Ahora es muy difícil tener una conversación adulta y racional sobre cualquier cosa. Todo lleva a la distracción, las imágenes repetidas una y otra vez en televisión, Internet. Todo lo que parece haber es sombra y destrucción. En los 90 yo sentía que era el único que se daba cuenta de lo que estaba mal y que tenía luchar contra eso. Ya no, es un alivio, ahora siento que mi responsabilidad es solo hacer compañía a los lectores que me preocupan.

-Tus muchísimos lectores ¿te hicieron sentir acompañado también políticamente?
-Sí, saber que había muchos otros que también estaban enojados con lo que pasaba me hizo sentir menos solo. Esa debe ser una de las ventajas del realismo.

-¿Por qué elegiste esta corriente literaria?
-En este país el realismo nunca murió: pasó por una cara posmoderna, en la que ciertos escritores privilegiados hacían un trabajo no convencional, pero siempre se produjo ficción realista seria. Siempre hay personas como Toni Morrison, Alice Munro, Norman Mailer. En parte, creo que esto sucede porque este es un país enorme, educado y rico: podés vivir de escribir, hay un gran mercado. Si estás en un país donde la literatura es principalmente para las élites, que es lo que, creo, pasa en la mayor parte del mundo, entonces se vuelve atractivo el hecho de hacer una literatura muy difícil. Parece haber algún tipo de conexión entre la riqueza de un país y su producción de literatura realista, eso opino, aunque no lo puedo probar. Pero la novela surgió y empezó a tener su forma en economías en expansión, cuando se empezaron a vender libros para las clases bajas y medias.

-¿Y cómo empezó tu relación con la literatura?
-Mi padre me leía cada noche, libros básicos que los chicos americanos solían leer: Tom Sawyer, La Isla del tesoro, Los viajes de Gulliver, y rápidamente me empezó a gustar leer. Mis padres eran bastante mayores y estaban ocupados, tenía amigos, pero solo podía verlos a la tarde, así que simplemente leía, constantemente. Libros de divulgación científica, ciencia ficción, de todo. Aunque no creo haber tenido una buena educación en la escuela pública. Recién en la universidad empecé a entender algo. La mía no era una familia de lectores y mucho menos de escritores. Creían en el valor de la lectura como elemento de formación y nada más. Mi madre incluso pensaba que la ficción era deshonesta, que inventaba mentiras. Ellos no alentaron en absoluto mi carrera de escritor, pensaban que no era práctico, querían que fuera médico o ingeniero, que tuviera alguna profesión útil.

-¿Llegaron a ver lo bien que te va?
-No.

-Qué lastima.
-Sí, la verdad que sí.

-¿Cómo decidiste ser escritor?
-Soy una persona competitiva. Ya en el colegio me di cuenta de que siempre había alguno mejor en matemática o en física. Pero no había nadie tan bueno en inglés como yo, así que eso fue una señal. Cuando tenía 17 escribimos y publicamos un texto con un amigo y nos pagaron 100 dólares y nos dieron ejemplares. La idea de hacer algo tan divertido y además ganar dinero fue irresistible. Después, en la universidad, tomé la literatura como una religión, me volví muy ambicioso, probablemente porque sentí que tenía que tener un gran éxito para que mis padres vieran que había elegido bien no siendo médico o ingeniero. Además, quería ser el mejor, jugar en lo más alto

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