Sobre novela y postliteratura

Darío Villanueva publicó un interesante ensayo en la revista La página acerca de los riesgos y las tensiones en que hoy se encuentra, en realidad desde hace años, la literatura, la novela como arte. Lo que importa es la manera en que las nuevas tecnologías alterarán los campos cultural y literario. “El riesgo está […] en que se suplante la literatura por algo que no sea sino un remedo de la misma, pese a contar con el concurso de los que en un día fueron escritores y ya son tan sólo operarios de una ingente factoría cultural de Tecnópolis”, anota el autor en una parte de su conclusión. Leamos su ensayo:

Frente a la proclamación de la muerte de Dios que Nietzsche hizo en 1883, parece una bagatela la muerte de la novela, que se viene anunciando desde el anteanterior final de siglo. o la muerte de la tragedia, que dio título a uno de los ensayos de George Steiner. o la muerte del autor, sentenciada en 1968 por Roland barthes. Como corolario de tantos decesos y extinciones, Alvin Kernan publicaba en 1990 un libro escandaloso: The Death of Literature.

También McLuhan auguraba en los sesenta la muerte del artilugio gutenberiano, el soporte material básico de toda la literatura. Sin embargo, hoy se puede decir que el libro impreso goza de muy buena salud. Nunca en toda la Historia se han escrito, editado, distribuido, vendido, plagiado, explicado, robado, criticado y leído tantos. Y una parte considerable de ellos son novelas. Hay más novelas que nunca, y ello en un doble sentido. El puramente cuantitativo y material, tal y como acabo de apuntar, pero también en otra clave cualitativa, artística e intelectual. Aunque no se escribiera —aporía descabellada donde las haya— ni una sola novela (y poema, drama, comedia o ensayo) más a partir de hoy, la Humanidad contaría, gracias al acervo incomensurable de piezas literarias producidas hasta el presente, con sobrada Literatura. Semejante hipótesis absurda nos llevaría de su mano al gran tema polémico del llamado canon, al que luego me referiré.

 Pero como bien suelen advertirnos los teóricos de las planificaciones estratégicas, un rasgo considerado como fortaleza en el diagnóstico de una determinada situación puede representar a la vez, por paradójico que ello parezca, una amenaza. Y en este sentido lo es el abigarramiento de lo que el mexicano Gabriel Zaid llama “los demasiados libros”, causantes de que, al publicarse uno cada medio minuto, las personas cultas lejos de ser cada vez más cultas lo seamos menos por haber mayor diferencia entre lo que leemos y lo que podríamos leer. Según él, el problema del libro no está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir, y proponía que el Estado de bienestar instituyese un servicio de geishas literarias encargadas de leer, elogiar y consolar a esa legión de novelistas frustrados por falta de público.

Estamos inundados de información. Tanto es así que una manera de definir la que Neil Postman ha bautizado como Tecnópolis es describirla como lo que le sucede a una sociedad
cuando se han venido abajo sus defensas contra el exceso de información. Tradicionalmente los tribunales, la escuela y la familia eran instituciones para el control de la información. Por lo que respecta a la Literatura, el canon tan denostado de un tiempo a esta parte era, con el soporte fundamentalmente académico, un eficaz medio de poner orden y concierto en la selva de la proliferación literaria. Y como instrumento técnico para lo mismo, Postman destacaba “la pericia del experto”, esto es, la actividad crítica a la que algunos nos dedicamos con desigual tino.

Julien Gracq, en su panfleto La littérature à l’estomac advertía ya en 1950 de algo que no ha hecho sino incrementarse en los últimos sesenta años: lo que él calificaba de “el drama del libro anual” para no prescribir, pues “al escritor francés le parece que él existe no tanto porque lo lean cuanto porque ‘hablen de él’”.

Si sumamos los resultados de la actividad pre, sub, para o postliteraria de escribidores  como los que Gracq desenmascara y la que también pueden ejercer aquellos otros que, como denunciaba Zaid, escriben sin haber leído nunca, nos sobreviene la avalancha de una que bien podríamos denominar “letteratura debole”, remedando la expresión de Gianni Vattimo referida al pensamiento. Es lo que yo prefiero llamar postliteratura

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