Alfonso Reyes: una lectura curativa

Tomando en cuenta que la literatura es capaz de producir efectos en nuestro organismo, de provocar espasmo, agitación o placidez; que la palabra literaria tiene funciones terapéuticas, Armando González Torres escribe un ameno texto en el que vincula, de forma inteligente, la vitalidad de la literatura identificada desde los griegos con el estilo y temperamento de la obra de Alfonso Reyes. Por eso, para combatir el estrés y las enfermedades nerviosas, para inducir el ejercicio intelectual y también para revitalizarnos, el autor nos prescribe unas gotas de Reyes. Escribe:

En su deslumbrante La curación por la palabra en la antigüedad clásica Pedro Laín Entralgo hace un exhaustivo recuento de la forma en que los griegos exploraron las propiedades terapéuticas de la literatura, desde las aspiraciones mágicas del ensalmo y el conjuro hasta el solaz curativo de la poesía. Cierto, la literatura ejerce efectos fisiológicos produce placidez o espasmos, acelera o equilibra el pulso, estimula o ahuyenta el apetito. En el caso de Alfonso Reyes, su literatura debería prescribirse para los distintos males de la apatía y la acedia. Casi no hay un momento poco afable en la obra de Reyes, que siempre está aliñada, jovial, sonriendo de manera inteligente.

¿Cómo pudo un hombre marcado por el cambio súbito de fortuna y las fracturas filiales encontrar y proyectar ese equilibrio y optimismo vital? Reyes encuentra en el arte y la literatura, acaso particularmente en Grecia, un modelo terapéutico. Por supuesto, hablar de la “curación griega” de Reyes no implica el simplismo de insinuar un vínculo causal entre su vocación helenista y una búsqueda de respuesta a su tragedia familiar, sino simplemente sugerir la forma en que la función vital de la literatura que identificaban los griegos configura uno de los fundamentos del estilo y temperamento de su obra.

Grecia en la obra de Alfonso Reyes
Reyes, como señala Ernesto Mejía Sánchez, inicia su afición a Grecia en la juventud, desde ese precoz ejercicio de crítica y erudición que es “Las tres Electras del teatro ateniense” y la retoma en los años de madurez. Grecia no es sólo un tema, sino que habita profusamente en su obra de creador, que acude con frecuencia al espíritu y los motivos griegos o los adopta plenamente en sus obras más íntimas y ambiciosas, como “Ifigenia Cruel”. Además, Reyes sigue la huella de la tradición clásica en diversos momentos climáticos de Occidente. De modo que, entre el amplísimo abanico de su intereses, la presencia de Grecia es ubicua.

Para Reyes, la tradición grecolatina constituye una modulación original, y en ocasiones insuperable, de la conducta y la emoción humana, así como un arma cultural y pedagógica, que el joven humanista esgrimía en sus batallas retóricas contra el positivismo y el pragmatismo anglosajón, o en sus discretas tomas de posición política. En su prolongado periplo por Grecia, Reyes ensayó, basado en las fuentes disponibles en su tiempo, una biografía fragmentaria del espíritu griego que indaga por los terrenos más diversos, ya sea una traducción –lamentablemente inconclusa- de la Iliada; ya sea el estudio de la antigua retórica y la aurora de la crítica literaria, ya sea una monografía sobre la filosofía helenística o el proyecto de un libro sobre mitología y religión griegas.

En La crítica en la edad ateniense Reyes aborda el papel de la literatura en Grecia, contrastando, entre muchas otras, las posturas de Platón y Aristóteles. En Platón, según Reyes, hay una teoría general de la inspiración que considera peligrosa la poesía y una rígida preceptiva sobre el papel social del poeta que le recuerda tentativas contemporáneas. Para Aristóteles, por su parte, las artes son un ejercicio imitativo y la más grande es la tragedia, que imita hechos serios, dignos y nobles capaces de provocar piedad o terror en el auditorio y promover la catarsis. A decir de Reyes, el carácter utilitario del sistema aristotélico no desdeña la excelencia artística, al contrario, considera que sólo mediante dicha excelencia una obra puede conmover y cumplir con su tarea edificante. A diferencia de Platón, en Aristóteles las emociones no son nocivas y su purificación por medio del arte puede enriquecer, estimular y curar al individuo

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