Escritores malditos, raros, periféricos…

Francisco Goñi escribió para Laberinto un buen ensayo crítico sobre el libro Los malditos (2011): una compilación de perfiles de escritores raros, periféricos, al límite, orillados… malditos, entre los que destacan Alejandra Pizarnik, Jorge Cuesta, Martín Adán, Teresa Wilms Montt, por citar unos cuantos. “Mientras en la superficie se va construyendo un canon literario a la vista de todos, en el periodismo, en las editoriales y la academia, en las librerías y círculos de lectura, en las mesas de café y charlas de pasillo existen subterráneamente naturalezas incandescentes que escriben su obra como solicitaba Nietzsche: con espíritu y sangre“, apunta Goñi. El malditismo, como bien lo señala, Leila Guerriero, no es una categoría en extinción, de otros siglos. En algún momento, la obra de esos escritores raros emerge a la superficie.

Leamos el siguiente fragmento de Escrituras del abismo:

La historia es despiadada y caprichosa. No son los mejores hombres quienes logran ganar la inmortalidad. No basta con ser un gran escritor, tener destellos de genialidad, ni dejar un notable legado literario para marcar al rojo vivo el cuerpo plástico del tiempo. Mientras en la superficie se va construyendo un canon literario a la vista de todos, en el periodismo, en las editoriales y la academia, en las librerías y círculos de lectura, en las mesas de café y charlas de pasillo existen subterráneamente naturalezas incandescentes que escriben su obra como solicitaba Nietzsche: con espíritu y sangre.

Mirar hacia la periferia, donde yacen en silencio las obras paralelas a la cultura oficial, ha sido un ejercicio muy rico y de frutos palpables. Rubén Darío denominó a los otros protagonistas de la literatura como “los raros”, abriendo senda para hacer justicia y quitar algo de olvido. A finales del siglo XIX, se inauguraría la categoría “escritor maldito” cuando Paul Verlaine escribió Los poetas malditos, un conjunto de ensayos que agrupa a personalidades extremas, geniales e incomprendidas por su época como Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé…

En este mismo tono, la periodista argentina Leila Guerriero, siguiendo una idea de Matías Rivas, director de publicaciones de la Universidad Diego Portales en Santiago de Chile, diseñó el proyecto Los Malditos (2011), convocando a diecisiete escritores latinoamericanos a crear perfiles de literatos raros, orillados, periféricos. Más que ensayos eruditos o de corte académico, lo que se persigue es la pista y el detalle, los rasgos complejos de personalidad que propiciaron la autodestrucción psicológica e intelectual, y al tiempo hicieron posible la configuración de textos radicales de profunda calidad y belleza. Los perfiles ahí reunidos plantean “una mirada en primer plano sobre los trabajos y los días, los maridos y los hijos, los tíos y las bibliotecas, los armarios, los libros, los poemas, los viajes, los amantes, las manías, las píldoras, los electroshocks”.

Todos los escritores abordados están muertos. Pero no los une la muerte: todos son dueños de una obra proteica y olvidada. Su enfrentamiento con el mundo y el tiempo fue letal. Fueron despedazados por la fragilidad que llevaban expuesta. El ambiente fue hostil y duro. El desprecio y la incomprensión minaron sus vidas. Respondieron a su manera, algunos con el suicidio, otros con adicciones o con insondables angustias… y todos creando: a veces una obra mayor y vasta, a veces una obra dispersa y escasa.

Comenta Leila Guerriero en el prólogo: “El malditismo es quizás una categoría difusa y evasiva pero, en todo caso, no está reservada para siglos viejos: no es una categoría en extinción”. La escritura volcánica siempre ha de existir. Por muy tarde que los creadores malditos lleguen a la cita con la historia, la obra sale de los sótanos oscuros de la indiferencia.

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“Una cadena parece tironear de mí hacia el vacío”. Fue el estado de ánimo que permeó la vida de Jorge Baron Biza, el hombre del subsuelo.

El escritor argentino Alan Pauls hace un retrato escalofriante de Baron Biza. Habla de un hombre consumido por la historia familiar, llena de suicidios, exilios, viajes, fortunas derrochadas. El apellido fue una carga pesada que llevó a cuestas para conseguir empleos de segunda, siempre modestamente pagados. El alcohol fue su refugió; bebía lo que se encontraba: cognac, whisky, licores baratos, incluso alcohol para quemar.

No encajó nunca en la vida. Desde el subsuelo, en su “departamento-cueva”, escribió y publicó con su propio dinero un libro único: El desierto y la semilla. Pensaba que con esta novela de tono autobiográfico lograría conseguir lo que nunca tuvo: “inventarse un lugar en el mundo”. Sin embargo, sirvió de debut y destrucción. Baron Biza depositó tanta catarsis en su manufactura que se quedó sin nada, las palabras desaparecieron. Su vida ya había sido diseñada, escrita por otros. Jorge Baron Biza fue condenado a ser un parásito. Agotado, después de su última visita a la clínica psiquiátrica, decidió arrojarse al vacío desde su balcón.

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Escribió a contrapelo. Odiaba obedecer y subyugarse a las normas sociales y familiares. Su vida fue una canción de muerte, “un palacio de piedra donde habitan los ausentes”. Era hermosa, amante de la música, tempestuosa. Decía que la noche era para charlar, el día para dormir, la tarde para escribir. Vista por Alejandra Costamagna, su compatriota chilena, Teresa Wilms Montt, alma enferma de tristeza, ahogada por la melancolía, le arrancó material a sus días para escribir sobre encierros, muerte, divorcios, culpas, deshonras, tumbas, amores perdidos.

Adicta a los somníferos, viajó de Chile a Argentina, de Nueva York a París y Madrid, y ganó el aprecio de Vicente Huidobro y Ramón de Valle-Inclán. Perdió a su amante más querido y fue despojada de sus hijas. Escapó del claustro impuesto por defender su fuerza creadora. Hasta el tercer intento logró acallar su existencia: “Mi alma es un campo devastado donde el rayo quemó hasta las raíces, y donde no puede florecer ni el cardo”.

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Talento, alcohol, homosexualidad, pobreza y locura son señas que cualquiera puede dar sobre Martín Adán. Su leyenda, dicen, lo rebasó. A los dieciséis años escribió La casa de cartón, un libro con el que obtuvo reconocimiento. No obstante, dejó de escribir y comenzó a recluirse en el manicomio Larco Herrera por voluntad propia. Alejado del mundo, decía: “Soy un animal acosado por su ser”.

El periodista, también peruano, Daniel Titinger arma las piezas de la historia de Rafael de la Fuente, quien por huir de todo inventó una vida literaria bajo otro nombre para permitirse un poco de libertad: Martín Adán.

De la insulinoterapia al electroshock, del alcoholismo extremo a la ardiente soledad, Martín Adán, recordado por Vargas Llosa y Allen Ginsberg por su evidente calidad literaria, nunca terminó de saldar la gran promesa que representaba para la literatura peruana.

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Obsesionada con el peso, consumía sedantes y anfetaminas durante todo el día. El miedo la habitaba por las madrugadas y amigos poetas y familiares tenían que tranquilizarla. Enamorada de su profesor de literatura y después de muchos escritores, su voz poética se levantó con estrépito.

Alejandra Pizarnik fue querida por Cortázar, Olga Orozco y Octavio Paz. En Buenos Aires y París disfrutó de la compañía de los surrealistas. Amaba el papel, los cuadernos y los lápices. Judía, tartamuda, nerviosa, escribió: “¿Cómo no me extraigo las venas/ y hago con ellas una escala/ para huir al otro lado de la noche? […]. ¿Qué haré con el miedo?”

Mariana Enríquez, periodista argentina, sigue las huellas de esta mujer talentosa, atrapada por los fantasmas de la infancia: “Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”.
El declive comenzó tras la sentida muerte del padre. A pesar de que sus libros ganaron reconocimiento y ella se convirtió en una poeta respetada, una sobredosis de barbitúricos la llevó al hospital. Experimentó vivencias eróticas sin límite, incluso lésbicas. En el lenguaje poético también transgredió las fronteras. No encontró el retorno ni la mesura y se quedó sin nada. Finalmente, consumió 50 pastillas de Seconal. Sus ojos se cerraron

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