Beatriz Sarlo en Gatopardo

La revista Gatopardo publica la traducción de un excelente reportaje, a la vez que retrato político-intelectual de la crítica literaria y socióloga argentina Beatriz Sarlo, autora de Siete ensayos sobre Walter Benjamin y La audacia y el cálculo: Kirchner 2003-2010, entre muchos otros libros. Rebelde, elocuente, polemista, inteligente, lectora omnívora. Para muchos, Sarlo representa una de las voces más críticas contra el gobierno actual; para otros, sobre todo los kirchneristas, se trata de una “señora burguesa o aburguesada”, a pesar de su reconocida e histórica militancia en la izquierda radical y moderada. A Beatriz Sarlo “le molesta la excesiva intervención en la economía y la falta de transparencia en las altas decisiones. Acusa a los Kirchner de falta de espíritu democrático por sus constantes ataques a los medios de comunicación que los critican y señala que las referencias explícitas a las escenas de su drama familiar –la muerte de su marido— son un acto populista por parte de la presidenta”. Cuando murió Néstor Kirchner, se dice que asistió al funeral público en la Plaza de Mayo y un hombre le soltó al verla: “Hija de puta, ahora estarás feliz”.

Les comparto un fragmento del texto Beatriz Sarlo, contra el Kirchnerismo:

Julio Bárbaro es un señor calvo de sesenta y nueve años, ojeras marcadas y bigote tupido. Vive en un cómodo departamento de la Recoleta, en Buenos Aires, donde acostumbraba recibir a Néstor Kirchner y conversar, escuchar música y tomar whisky. En 2003, cuando Kirchner asumió la presidencia de la República Argentina, hacía una década que eran amigos. Kirchner nombró a Bárbaro jefe del Comité Federal de Radiodifusión y le dio la orden de frecuentar a intelectuales que no fueran peronistas a fin de inaugurar un gobierno inclusivo. Fue así como la socióloga Beatriz Sarlo y el historiador Tulio Halperín Donghi, dos de los intelectuales más respetados del país, fueron un día a almorzar a la Casa Rosada con el presidente, la senadora Cristina Fernández de Kirchner y el jefe de Gabinete Alberto Fernández, además de Julio Bárbaro.

Kirchner comenzó el almuerzo comentando su gusto por el debate de ideas, sin sentarse, yendo y volviendo, hablando de pie. La conversación ya llevaba dos horas cuando Cristina expresó que Argentina carecía de intelectuales. Según ella esa falta se debía a que entre los treinta mil muertos y desaparecidos de la última dictadura (de 1976 a 1983) había una generación de pensadores. Beatriz Sarlo le recordó que la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas denuncia diez mil, entre muertos y desaparecidos, y siguió: “Creo que el crimen es tan horrible, independiente de haber sido diez mil o treinta mil. Pero no podemos asegurar que entre estos desaparecidos había grandes ideólogos. Simplemente no lo sabemos”. El comentario tensionó la conversación y sirvió de prólogo para dos de las críticas que posteriormente haría Beatriz Sarlo a los Kirchner: revindicar ahora ideales que no defendían en la época de la dictadura, y rehusarse a considerar la violencia cometida contra los militares.

En 2008, Bárbaro rompió con la pareja de Kirchner y su mujer porque ellos “no dan órdenes, humillan”. Ese mismo año, Alberto Fernández, el jefe de Gabinete, renunció por diferencias con el gobierno. Kirchner murió de un infarto en octubre de 2010, a los sesenta años, y Cristina Fernández de Kirchner y Beatriz Sarlo continúan en lados opuestos de la mesa, ahora más que nunca.

Beatriz Sarlo es, hoy, una de las ensayistas más respetadas de Argentina y tal vez de América Latina, sin embargo, en los últimos años, su figura se ha visto tironeada desde dos frentes. Por un lado, su voz se ha alzado como una de las más intensamente críticas al gobierno pero, a su vez, en un país donde la oposición está desmembrada, esa misma voz fue adoptada por sectores derechistas con los que ella nunca ha acordado, pero para los que aparece como una voz respetable y seria que se opone al kirchnerismo. Por su parte, los kirchneristas acusan a esta intelectual, que siempre fue provocadora y estuvo corrida a la izquierda, de ser una señora burguesa o aburguesada.

Y es ahí, en esa tensión y en esa paradoja, que se juega gran parte de la discusión intelectual y política hoy día en Argentina. Entender quién es y de dónde viene Beatriz Sarlo es, quizás, echar luz sobre esa complejidad: El kirchnerismo tal vez sea la mayor fuerza política surgida en Argentina en los últimos años. La presidenta tiene una gran popularidad y la oposición carece de líderes populares, no consigue atacar los puntos objetables del gobierno que, por otra parte, está en pie de guerra con los medios de comunicación. Las diferencias entre los periódicos argentinos son notables: Página/12 y Tiempo Argentino apoyan al gobierno; Clarín y La Nación, en los que Sarlo escribe, se oponen.

Sarlo, por ejemplo, considera que el kirchnerismo reavivó el debate sobre derecha e izquierda para crear una división ideológica en el país, según la cual quien no está con el gobierno está contra él. Elogia los juicios a los militares de la última dictadura —1976-1983—, que propició el kircherismo, pero dice que, a diferencia de lo que sostiene el partido gobernante, no fueron los primeros en llevarlos a cabo: “Alfonsín, dos años después de la dictadura, juzgó a las Juntas Militares. Esto sí que es tener huevos de acero”. Le molesta la excesiva intervención en la economía y la falta de transparencia en las altas decisiones. Acusa a los Kirchner de falta de espíritu democrático por sus constantes ataques a los medios de comunicación que los critican y señala que las referencias explícitas a las escenas de su drama familiar —la muerte de su marido— son un acto populista por parte de la presidenta.

En los últimos días, el nombre de Beatriz Sarlo está en la primera plana de todos los diarios. A treinta años de la Guerra de las Malvinas, y en medio de una tensión creciente por el reclamo de soberanía de Argentina sobre las islas, Beatriz Sarlo firmó, junto a otros intelectuales, constitucionalistas y periodistas (Jorge Lanata, Juan José Sebreli, Emilio de Ípola, José Miguel Onaindia y Luis Alberto Romero, entre otros), un documento en el que se reclama que se revise la posición del gobierno en su reclamo, haciendo hincapié en la necesidad de tener en cuenta el derecho de autodeterminación de los isleños. “Queremos que se abra el debate, que las Malvinas no sea una cuestión nacional sagrada. Cuando se convierte en una cuestión nacional sagrada, no se puede sentarse a negociar”, dijo el día 23 de febrero pasado en un programa de televisión llamado Código Político, que transmite la señal de cable TN.

Beatriz Sarlo tiene aspecto serio. Es muy delgada y usa tacos altos para disimular sus 1.54 metros de estatura. El maquillaje es un tono más oscuro que el de su piel. Alguna vez usó el pelo largo, y bien corto estilo masculino y hasta tintura verde. Hoy su rebeldía se manifiesta usándolo de su color natural, blanco, estilo Chanel.

Un viernes, no hace mucho, se puso botas negras y blazer lila floreado para dar una charla en la Universidad Torcuato di Tella, en Buenos Aires. Entró en la sala con pasos lentos, hizo un movimiento con la cabeza y sonrió. Consultó su reloj, que marcaba las cinco de la tarde, y lo colocó extendido sobre el escritorio. Antes de mirar nuevamente la hora, veintidós minutos después, ya había hablado del ascenso de Eva Perón, haciendo referencia a un ensayo suyo, realizado para la fotógrafa francesa Gisèle Freund y publicado en la revista Life en 1950. Sarlo se manifestaba intrigada ante la actitud del gobierno del general Juan Domingo Perón, que permitió que la primera dama fuera fotografiada en poses ostentosas, exhibiendo sombreros, vestidos de gala y una bandeja de joyas. Y se preguntaba por qué el editor de la revista habría escogido para la apertura del reportaje una foto en la que Evita se mira en un espejo y no otra en la que admira las joyas. Había un público reducido: profesores de la universidad, tres decenas de alumnos y el ex ministro de Economía José Luis Machinea. Cerca del final, el mediador le pidió que hiciera un paralelo entre el control mediático del peronismo de aquella época y el actual. “Aaah, usted me trajo aquí engañada”, esquivó ella.

Una profesora sentada a mi lado se rió y cuchicheó: “Es porque ella critica duramente al gobierno”. Al final, Beatriz Sarlo dijo: “Cuando usted representa a un Estado, no es correcto pintarse como una puerta”. Ella suele decir que la ropa “pública” no es una opción “privada”, y en su libro La audacia y el cálculo: Kirchner 2003-2010 describió el estilo de Cristina Kirchner de esta forma: “Colorinche, ostentoso, barroco, pesado, sin claridad conceptual, monocromático o de un cromatismo extravagante”

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