Jean Daniel retrata a “los suyos”

Galaxia Gutenberg acaba de publicar el libro Los míos, del periodista francés Jean Daniel, en el que se reúnen 52 retratos de personajes de la cultura, del mundo intelectual y testigos privilegiados del siglo XX: Malraux, Camus, Sartre, Foucault, Octavio Paz, Lévi-Strauss, Jorge Semprún… El Cultural nos comparte algunos fragmentos de esos retratos y el prólogo que escribió Milán Kundera:

André Malraux
“Con él no había descanso ni respiro”
“Malraux es la imagen, la senda, la antorcha que ilumina todo lo que un adolescente sueña ser. Ese resplandor lo encarnará un hombre, e incluso al principio, un hombre joven. De rostro delicado y perspicaz, Malraux formula todas las preguntas que nos han obsesionado desde la Revolución hasta -sí, Mauriac- desesperarnos. ¡Y con qué irrebatible ascendiente! ¡Con qué asombrosa, despiadada lucidez! Tenía buen cuidado de no responder a las preguntas. Algo que, en su momento, hubiera interesado a muy pocos y hoy dividiría a todos. Pero las blandía, las trituraba, las machacaba hasta que solo formaban una, la única que importa: ¿qué hacer con la muerte? Con él no había descanso. Ni respiro. Con él, la vida solo podía ser intensa”.

Michel Foucault
“La ilusión de ser inteligente”
“Cuando en los años 60, uno deambulaba por las empinadas callejuelas de Sidi Bu-Said, era fácil tropezarse con una especie de samurái endeble, sarmentoso, seco, hierático, con cejas de albino, de atractivo un tanto diabólico y cuya curiosidad ávida y afable intrigaba a todo el mundo. Era Michel Foucault, en aquella época profesor en Túnez. Estaba escribiendo La arqueología del saber. Desde la publicación de Las palabras y las cosas, su autoridad se imponía ya en los cenáculos parisinos. (…) Nos contentamos con ser sus amigos, beneficiándonos de su amable y atenta consideración, de la exigencia, a veces cruel, de sus juicios. Desde Bergson, ningún filósofo se ha preocupado tanto de escribir bien, y el lenguaje de Foucault era espléndido; pero, además, la conversación con él tenía el don seductor y peligroso de lograr que su interlocutor se hiciera la ilusión de ser inteligente”.

Jean-Paul Sartre
“Obsesivo sentimiento de culpa”
“Con él yo me sentía -nos sentíamos- en una situación indefinida, indefinible: nunca dejábamos de dialogar, aunque no hubiese respuesta por su parte ni esperásemos nada de él, aunque nos entraran deseos de buscar en otros un estímulo más cómplice. Solo ahora es posible entender a fondo lo que escribió a la muerte de Camus y que, en su momento, nos pareció fraternal pero forzado: que las disputas no eran más que un modo de relacionarse. A condición, por supuesto, de que la intensidad del sentimiento de culpa fuera obsesiva. De hecho, nosotros estábamos obsesionados por Sartre. Cuando percibíamos que su genio dialéctico le hacía desviarse del modo más diabólico, era cuando sentíamos más viva la necesidad de reacción e intercambio. Y cuando por fin la relación entre nosotros volvía a ser cálida era como si recuperásemos la unidad”.

Albert Camus
“No quería ser un pensador”
“Desde que le conocí, la pasión me amarró a él. Era la posguerra, yo era joven. Él todavía lo era. Yo, un desconocido; él, ya famoso. Desde el principio comprendí que él sería el sol y el orgullo de mi juventud. (…) Camus había concebido su obra como un gran tríptico, asombrosamente calculado. Repitamos que no cesó de decir que no quería ser un pensador, y mucho menos un filósofo. Que no tenía suficiente confianza en la razón. A pesar de ello, había elaborado todo un plan para su obra que se desarrollaba tanto a través de la novela como del teatro y del ensayo. La muerte le impidió completar la tercera parte de ese gran plan, a menos que se considere -y no hay que excluirlo- que el libro inacabado y póstumo, encontrado en el lugar del fatal accidente en 1960 y reconstruido gracias al cuidado riguroso y apasionado de Catherine Camus, en una palabra, que El primer hombre, sea una suerte de himno inaugural, como la aurora y la promesa de una posibilidad de amor”.

Octavio Paz
“Un poeta bailarín”
“Paz se dedicó, junto a Claude Roy, a rivalizar citando versos de autores surrealistas de diversos países. También bromeó conmigo sobre la pretensión que yo había tenido, durante mi última estancia en México, de reconciliarlo con otro gran escritor mexicano, Carlos Fuentes. Por último, evocó la impopularidad que compartió con otros dos premios Nobel, Czeslaw Milosz y Albert Camus, durante la época en que habían sido antiestalinistas en París, tras la Liberación. Los tres eran criticados y a veces perseguidos por la inteliguéntsia parisina. Decía que, a diferencia de los otros dos Nobel, él no se sentía en absoluto culpabilizado por haberse visto marginado, pues era más difícil ser anticomunista cuando se vivía en México, es decir, cerca de Estados Unidos, que lejos de allí. (…) Según su esposa, el gran hombre debía retirarse para irse a dormir. No lo hizo: se fue a bailar a una discoteca cubana. Retrospectivamente, esa fantasía me llenó de envidia. ¿Por qué no nos llevó?”.

Aleksandr Solzhenitsyn
“El hacedor de la Historia”
“Solzhenitsyn forma parte de los hombres que hacen la Historia. Es difícil cuestionarlo ante los calificativos que le ha dedicado la prensa mundial: ‘gigante de la Historia’, ‘icono’, ‘conciencia de la eterna Rusia’. Estos hombres no se contentan con padecer la Historia como una fatalidad, modifican su curso. El milagro, en el caso de Solzhenitsyn, es que lo lograra solo por sus escritos y por el modo en que los dio a conocer. Bastó un texto, Un día en la vida de Iván Denisovich, para contribuir en 1962 a la desintegración de un sistema. (…) La obra de este escritor ruso -oficial del ejército soviético, víctima de un cáncer tras haber sido desmovilizado y encarcelado después en uno de los campos del sistema concentracionario, cuyo nombre, el gulag, él hará ingresar en el vocabulario universal- fue un poderoso instrumento de guerra contra el totalitarismo” (Continuar la lectura aquí)

El prólogo de Milán Kundera puede leerse acá. Y les recomiendo la entrevista que Silvia Lemus sostuvo con Jean Daniel, publicada por nexos en junio de 2011.

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