¿Por qué la escuela nos aleja de los libros?

A propósito del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor que celebramos el pasado 23 de abril, la revista Este País participa en el festejo con la publicación de un ensayo de Juan Domingo Argüelles en el que intenta aclarar ciertos malentendidos que se generan alrededor de los libros y la lectura, sobre todo en el contexto escolar, en el que se lucha por alcanzar metas y estadísticas de lectura pero no por formar lectores. Desde la autoridad escolar, se imponen libros, lecturas, interpretaciones, y se evalúa conforme a ello. Lo importante de un libro termina siendo la información que sirve para pasar un examen; la experiencia lectora está en un segundo o tercer plano. En el libro Como una novela, de Daniel Pennac, se encuentra el siguiente diálogo entre un profesor de literatura (molesto por los deficientes reportes de lectura de sus alumnos) y su sensata esposa:

—Pero ¿por qué te afectas tanto, cariño mío? ¡Tus alumnos escriben lo que esperas de ellos!
—¿O sea?
—¡Que hay que leer! ¡El dogma! ¿Supongo que no te esperabas encontrar un montón de trabajos alabando los autos de fe?
—¡Lo que yo espero es que desenchufen sus walkmans y se pongan de una vez a leer!
—En absoluto… Lo que tú esperas es que te entreguen buenas fichas de lectura sobre las novelas que tú les impones, que ‘interpreten’ correctamente los poemas que has elegido, que el día del examen de selectividad analicen hábilmente los textos de tu lista, que ‘comenten’ juiciosamente, o ‘resuman’ inteligentemente lo que el tribunal les colocará bajo las narices esa mañana… Pero ni el tribunal, ni tú, ni los padres desean especialmente que estos chicos lean. Tampoco desean lo contrario, fíjate. Desean que saquen adelante sus estudios, ¡punto!

El ensayo de Juan Domingo Argüelles se titula La lectura en la escuela o por qué se nos olvidan los libros; les comparto algunos párrafos:

Al escribir sobre el fenómeno de la lectura he venido insistiendo, en varios libros y en no pocos ensayos, lo que ya no resulta una hipótesis, sino una certeza, que es la siguiente: en sus ansias de conseguir “mejores lectores”, la escuela ha descuidado el objetivo real de la educación humanista: ayudar a formar mejores seres humanos; capaces, técnicamente, y éticos, intelectual y espiritualmente. A la escuela mexicana le interesa, ¡le urge!, mejorar estadísticas y elevar resultados inmediatos, y sus directivos no entienden que el problema de todo reside, precisamente, en esa ansiedad de urgencia, pues descuida lo más importante: el fondo de la educación, que es la mejoría humana, a través de la cual es más factible que surjan y se desarrollen los lectores.
Es por esto, también, que el tema de la lectura cobra dimensiones o bien de farsa o bien de tragedia. Muy lejos del justo nivel de la realidad. Hay centros educativos —y esto me lo han dicho maestros y directores— que enfocan todas sus baterías a la prueba Enlace, y lo demás es lo de menos. La Evaluación Nacional del Logro Académico en Centros Escolares les quita todo el tiempo, a tal grado que no hacen otra cosa a lo largo del año.

Por ello, cuando se habla de la lectura en la escuela, de la comprensión lectora y de la enseñanza de la literatura, de lo que se habla en realidad es de más burocracia y de menos imaginación; de más “resultados tangibles” y de menos sensibilización. Números más que cualidades. Cifras más que signos. Hay enormes malentendidos que es necesario evidenciar. Tal es el propósito de estas páginas.

No debo generalizar, pero una buena parte de la gente que ha crecido entre libros tiene, con frecuencia (y esto no quiere ser peyorativo) una idea irreal de la lectura, es decir un concepto ideal. Al idealizar la lectura, estas personas piensan que leer no entraña ningún problema de condición social, disposición, temperamento o actitud, pues todo el tiempo ellas han estado rodeadas de libros y de personas que leen, sean sus abuelos, sus padres, sus tíos, sus hermanos, etcétera.

Para no correr el riesgo de poner en duda sus certezas ni hacer el mínimo esfuerzo de reflexión sobre sus creencias, muchas personas creen en lo que les conviene creer. Siendo así, no pueden creer de otro modo o, para decirlo más exactamente, su pensamiento está vinculado al entorno ideal en que crecieron, en el que se formaron satisfactoriamente y que, por supuesto, no se parece de ningún modo al entorno en el que se desarrolló y se desarrolla la mayor parte de la población mexicana: sin biblioteca en casa, sin padres lectores, sin hermanos lectores, sin familiares lectores, sin amigos lectores, en otras palabras sin pasado cultural libresco.

Esto es lo que debemos tener en cuenta cada vez que caigamos en la tentación de hacer generalizaciones sobre el uso de los libros y el gusto por la lectura. Trataré de explicarlo con peras y manzanas, más allá de hermenéuticas, teorías y teologías textuales que, muchas veces, están suscritas y elaboradas por personas que tienen una imagen ideal de la lectura, es decir irreal.
Las personas de cuna lectora (voy a usar esta expresión, que me parece bastante clara y significativa) suelen decir, sinceramente convencidas, que sin los libros no podrían vivir. Lo que quieren decir en realidad es que no se imaginan su mundo sin la lectura y sin la presencia y el diálogo con los libros, que les han acompañado desde su más tierna infancia.

A muchos de ellos sus padres les leían antes de que supieran hablar siquiera, y este ejercicio, aparentemente sin importancia, marcó sus vidas, porque desde entonces alguien compartió con ellos la lectura y les descubrió que había caminos placenteros sobre una página llena de signos que, luego de descifrar, les mostraban aventuras, otros mundos, otros pensamientos, personajes reales y de la imaginación, otras verdades, otras ideas; y, con todo ello, el mundo personal, íntimo, se ensanchaba y los dejaba con la boca y la cabeza abiertas.

Caso contrario el de las personas que no provienen de cuna lectora. Estas tienen que vencer múltiples obstáculos para llegar a los libros, y ya habiendo llegado saben también que los libros son importantes, pero no pierden de vista tan fácilmente una certeza que la realidad les dejó como una marca: saben que pueden vivir sin libros, como vivían antes, porque saben también que hay millones de personas en el mundo que no los leen ni los necesitan

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Debates, Ensayo, Lectura, Libros, Revistas culturales. Bookmark the permalink.

2 Responses to ¿Por qué la escuela nos aleja de los libros?

  1. altaxblog says:

    Buena entrada. No puedo estar más de acuerdo. Afortunadamente, yo esquivé el odio hacia los libros, pero muchos compañeros los juraron odio eterno cuando se vieron obligados a leer ‘Las mocedades del cid’ con 12 años. Un poco de lógica, por favor…

    • Irad Nieto says:

      altaxblog:

      En efecto, a eso invita Juan Domingo Argüelles: a la lógica o, yo diría, al sentido común y la sensatez. Por eso nos comparte el breve diálogo entre el apretado profesor de literatura y su inteligente y desenfadada esposa. Si leer es una obligación, que no nos sorprenda que nuestros niños o jóvenes eviten la lectura en sus tiempos de ocio.

      Saludos!!

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s