“Groucho, mi hermano”

En la nueva edicion de El Malpensante se publica este genial retrato (una reflexión sobre su bigote no pudo faltar) que Harpo Marx, el mudo, el de las pantomimas, hizo de su hermano Groucho, el escritor y también comediante:

El apartamento de los Marx, ubicado en la calle 93 en Nueva York, era el cuartel general de la familia. Ahí, entre el burbujeo de una cafetera siempre hirviendo, el barullo constante de la conversación, y la suma de las locuras de cinco niños, crecimos hasta ser adultos jóvenes. Chico (Leonard) era el mayor, luego venía yo (originalmente Adolph, después Arthur), luego Groucho (Julius), luego Gummo (Milton) y por último Zeppo (Herbert).

Como Groucho era un estudiante con muchas capacidades, al que además le gustaban los libros, nunca tuvo problemas en la escuela. Y siempre estaba enamorado de su profesora, sin importar su apariencia. El amor que sentía Groucho por la palabra escrita era igualado, si no superado, por el que sentía por el sexo opuesto. Desde los dos años le han gustado las niñas (para ser uno de los hermanos Marx estaba un poco retrasado).

La pasión de Groucho por el lenguaje ha sido la columna vertebral de su vida y fue la principal responsable de que se convirtiera en uno de los ingenios más grandes de nuestro tiempo. Cuando toma una palabra, Groucho la observa primero en su forma habitual, luego la ve patas arriba, de atrás para delante, de la mitad hacia los extremos, y de los extremos hacia la mitad. Después la tira en un mezclador mental, la revuelve cuidadosamente y la estudia una vez más desde cada ángulo. No busca dobles sentidos, los prefiere cuádruples y, por lo general, los encuentra.

La quiebra de la familia Marx tuvo importantes efectos en la carrera de Groucho: lo hizo ver el dinero con el saludable respeto que se merece y le enseñó a tener una conciencia social siempre alerta, que cumple ahora un papel fundamental en su filosofía. Groucho sabe –porque él mismo lo vivió– que en esta tierra maravillosa hay mucha gente para quien la sola lucha por sobrevivir es una realidad constante. Seguramente me va a llamar a darme latigazos verbales por decir esto, pero deben saber que –si bien tímidamente– Groucho es una persona muy considerada y generosa.

El esfuerzo constante por conseguir comida, y la aun más angustiosa búsqueda del dinero con el cual pagar la renta, nos hacían salir a todos en excursiones para levantarnos algunos dólares. Recuerdo una vez que la administración de la ciudad estaba despedazando la vía férrea de la Tercera Avenida. En el proceso, los trabajadores apilaban grandes placas de hierro a intervalos regulares, pues eran necesarias para volver a poner las vías en su lugar cuando se reanudara el tráfico.

A Groucho, quien tenía buen ojo para el dinero fácil, se le ocurrió el plan de intercambiar por dinero tantas placas como fuéramos capaces de recoger. Tras emplearnos todos en esta tarea por varias horas, secuestramos y luego vendimos más de mil libras de placas, por las que el traficante de chatarra nos pagó un total de diez centavos. La cautela, la sagacidad y en general el talento económico de Groucho le fueron de gran utilidad en los años siguientes. En breve verán a qué me refiero.

Un hermoso día otoñal neoyorquino de 1929, Groucho caminaba por un exclusivo campo de golf de Long Island con su viejo y sagaz amigo en asuntos financieros, Max Gordon, el famoso productor de Broadway. Mientras jugaban fumando cigarrillos de a dólar, pegándole a la bola con palos chapados en oro y, por lo demás, encarnando la imagen pública de Hombres de Evidente Distinción, Groucho se voltea hacia Gordon y le pregunta: “¿Hace cuánto sucede esto?”.

Bien podía él hacer tal pregunta. Gracias a sus astutas jugadas en Wall Street, estaba facturando miles de dólares por día. La mañana del día siguiente, el Viernes Negro, dormía profundo y soñaba ingenuamente con la vida de multimillonario, cuando lo despertó el teléfono.

–¿Groucho? –preguntó una voz ronca del otro lado.

–Sí –fue la respuesta adormilada.

–¡Se acabó el juego! –El golpe del auricular quedó resonando en su oído. El Indigente Gordon le había notificado al Indigente Marx de la caída de la bolsa.

En la familia todavía hay desacuerdos sobre las circunstancias exactas alrededor del primer trabajo de mi hermano como artista profesional. Les daré mi versión, la cual suscribe mi hermano con muy poco entusiasmo.

A los trece, Groucho tenía una voz de soprano fina y clara, admirada por los vecinos, por él mismo y, con especial sinceridad, por Minnie, nuestra madre, quien al escuchar que se necesitaba un niño soprano en el coro de la iglesia episcopal de la avenida Madison, movió todos los contactos posibles para conseguirle el trabajo. Groucho cantó… por cinco domingos seguidos, con un salario de un dólar por día, pero luego perdió el trabajo.

Ahí es donde la familia no se pone de acuerdo. Según algunos, la congregación se fue de vacaciones de verano. Aunque puede que sea cierto, no encaja muy bien, nunca he escuchado hablar de congregaciones que tomen vacaciones en conjunto. Otros decían que Groucho se había enamorado de la hija de uno de los feligreses y pasaba más tiempo haciéndole ojitos que ejercitando su laringe, hasta que lo despidieron. Pero la versión verdadera, estoy seguro, involucra un largo alfiler de sombrero y el fuelle del viejo órgano de la iglesia. Todo parece indicar que Groucho le hizo un agujero al fuelle.

Sin embargo, este trabajo fue un importante suceso en su vida. Ahora Minnie estaba convencida de que su hijo podía cantar profesionalmente y pasó poco tiempo antes de que lo mandara a empujones donde un hombre de apellido Le May, que ofrecía un trabajo para un niño soprano en un trío que planeaba hacer una gira por todo el país.

Para resumir, Groucho ganó la competencia entre una docena de aspirantes. Así empezó su carrera artística, con un salario de cuatro dólares por semana. No intentaré describir la vida que llevó durante la gira porque no estaba presente y de todas formas no sé qué sucedió. Basta decir que cuando el trío llegó a Denver perdió su empleo por dos motivos: el señor Le May no podía pagarle, y su voz pasó de soprano a barítono débil.

Hoy en día, no pasan muchas cosas sin que Groucho las entienda y comente al respecto inmediatamente. Tiene un conocimiento instintivo de temas de actualidad, política, filosofía y economía, que interpreta a su manera. Si bien otros hacen lo mismo, la diferencia radica en la frecuencia con la que Groucho opina y su desinhibición para expresar a viva voz lo que piensa

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