Un apunte sobre calles y banquetas

Las banquetas y, últimamente, las calles van dejando de ser espacios propiamente públicos para convertirse en cotos privados, en espejos que reflejan, cualquier día de la semana, cualquier hora del día o la noche, nuestra incivilidad urbana. Basta con transitar (o intentarlo) unos minutos por nuestras banquetas para entender que ya no son funcionales a los transeúntes, a los paseantes. Uno tiene que sortear desniveles de todo tipo, excrementos de mascotas, gomas de mascar, agujeros que son verdaderas trampas, automóviles estacionados que nos obligan a bajar peligrosamente a la calle, árboles caídos o raíces que reventaron el concreto, vendimias, rejas que invaden las aceras, incluso obstáculos tan extraños como los viveros personales que algunas señoras deciden instalar afuera de su casa. Pasear por una banqueta y salir indemne se ha convertido en una habilidad que pocos dominan. He visto a muchos caer.

“En México, escribe José Antonio Aguilar Rivera en “La economía política de las banquetas” (nexos, 01/08/2000), las aceras se encuentran a medio camino entre la propiedad privada y la vía pública. Son un espacio híbrido, una especie de tierra de nadie en donde se permiten los despropósitos más escandalosos. Los particulares saben que son espacios públicos, pero creen que les pertenecen; el Estado sabe que, como muchas otras cosas, atenderlas es una obligación que jamás cumplirá y por lo tanto le ‘concesiona’ a los particulares ‘sus’ banquetas”. En efecto, “nuestras” banquetas, y también cada vez más nuestras calles, son la muestra de una cultura de la impunidad, del desprecio de muchos por los espacios públicos. Hay quienes, confundiendo los límites de su casa, extienden su cochera hasta la banqueta, la revisten con piso y marcan así “su” territorio. El transeúnte no sabe si camina por una acera o si se ha metido en propiedad privada. Otros, más cínicos y palurdos, para no estorbar ni deslucir la entrada de su casa, colocan la canasta para la basura, o la basura misma, frente a la casa del vecino. Supe de una respetable madre de familia, vulgar e incivil como ella sola, que metió su automóvil en la cochera del vecino porque, ay, según dijo, allí no daba el sol.

Así como “las banquetas dan cuenta, no de la riqueza o miseria de las naciones, sino de su noción acerca de lo público y lo privado”, la conducta de quienes viven en una ciudad revela igualmente una pobrísima cultura de lo público y un Estado pasivo, irresponsable y ausente. Podríamos pensar que se trata de una conspiración urbana, pero lo que ocurre en calles y banquetas es “el resultado natural y espontáneo de una sociedad que no se organiza”. O, por el contrario, diría yo, es el resultado de una sociedad que se organiza, con admirable desvergüenza, para privatizar, en provecho de sus fiestas y parrandas, las calles, banquetas y parques públicos. Alguna tarde de un domingo apacible, luego de varias horas de lectura en un café, quise llegar a mi casa por uno de los extremos de la calle pero estaba cerrada porque se celebraba un cumpleaños. El acto vandálico, como la ausencia y corrupción de la policía, eran para mí ya rutinarios: los vecinos acostumbran festejar todo tipo de fiestas (cumpleaños, bautizos, bodas, confirmaciones, divorcios, juegos de futbol y un largo etcétera) atravesando sus carros en medio de la calle. Decidí entonces dar la vuelta para entrar por el otro extremo de la calle, mi casa está a la mitad de la cuadra. Sorpresa: también estaba cerrado el camino por otra fiesta. No pude llegar a mi casa y tuve que esperar a que terminara el jolgorio. Otra tarde, con una delicadeza que es extraña entre esa gente, mi vecina me notificó que “a partir de las 17:00 horas” clausurarían, con mesas, sillas y arreglos de 15 años, el frente de mi casa, por si tenía yo vueltas pendientes de realizar. Que los disculpara y que, por supuesto, estaba invitado al festejo. La vía pública como un enorme salón de baile. Tanto nos hemos transformado, incluso quienes estamos en contra de esas arbitrariedades, que agradecí aquel gesto de mi vecina (el aviso de que a tal hora violaría el espíritu y el cuerpo entero de la ley municipal).

Cuanta razón tiene Alejandro Rossi: “Un mal poema implica un mal poeta, un relato defectuoso supone un escritor inhábil y un cuadro bobo nos hace pensar siempre en aquel pintor. Una ciudad deshecha remite, por el contrario, a múltiples autores: arquitectos avaros, funcionarios complacientes, especuladores, ciudadanos sumisos y fraccionadores disfrazados de urbanistas. Personajes activos, termitas infatigables que trabajan, roen, desde hace años.” Pero sobre todo el factor impunidad, la centenaria impunidad que cohabita con una nula cultura de lo público es lo que nos ha traído hasta aquí.

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