Memorias breves de un lector (para celebrar el día del libro)

Si yo quisiera escribir mi autobiografía lectora, sería un proyecto destinado al fracaso. Muy vagas son las imágenes que guardo de mi infancia. No recuerdo con exactitud cómo ni cuándo me encontré con mi primer libro. Hoy me parece un milagro la intimidad que disfruto con la literatura. No eran libros lo que sobraba en casa; en realidad no sobraba nada. Había tres o cuatro colecciones de enciclopedias, porque mi padre amaba leer enciclopedias y periódicos, una costumbre que heredó de mi abuela. Mi madre era tan feliz que nunca se acercó a los libros, y no los ha ocupado hasta el momento.

Recuerdo particularmente dos colecciones: una de color rojo, pastas duras, tipo diccionario de la A a la Z, en la que me gustaba mirar las fotografías de acontecimientos históricos, no tanto leerla (tendría seis o siete años); y otra de color blanco relativa a la sexualidad. Esta última constaba de cuatro títulos algo voluminosos: ¡la devoré! No sólo una sino varias veces. Me gustaba leer y observar con detalle el proceso de los nueve meses del embarazo; estudiar los aparatos reproductores masculino y femenino; y azorarme con los, para mí todavía extraños, métodos de anticoncepción. De los siete a los diez años, estos pocos libros fueron fundamentales para mi formación. Más tarde hallé en mi casa un nuevo libro: “La historia del cine contemporáneo”. Una y otra vez paseé mis ojos por sus rígidas y blancas páginas. Gángsteres, pandilleros, vaqueros, monstruos que salían de alguna laguna, King Kong y todo Walt Disney vinieron a ensanchar un mundo imaginario, todavía pobre, construido con enciclopedias de abono. No fue la historia lo que me cautivó, sino, niño aún, los coloridos carteles y fotografías que me gustaba calcar con ayuda del papel carbón y con creciente entusiasmo de falsificador. Todavía hoy pueden observarse los trazos salvajes y torpes, de tatuador penitenciario, que imprimí a las sufridas páginas de dicho libro.

Ni Andersen, ni Perrault, ni Salgari, ni Verne, ni Lewis Carroll, ni el bendito Wilde. Jamás hubo literatura en casa, pero había libros en la sala, a la vista de todos. Esperaba a que mis padres durmieran la siesta para encontrarme con esos callados y misteriosos objetos que la antropóloga francesa, Michèle Petit (Una infancia en el país de los libros, 2008), imagina como habitáculos. Y ahora que lo pienso, tiene razón. Entrar en un libro es como entrar en una habitación con muchas puertas; tumbarse con la gracia de un haragán y apropiarse de un territorio, arrebatárselo al tiempo. Yo salía de la recámara de mis padres únicamente para entrar en otra a través de las páginas del libro. Pero esta significación, esta paulatina construcción de mi ser, la entiendo hasta hoy; de niño sólo jugaba a jugar con los libros. No entendía que leer implicaba apoderarse de un espacio privado, íntimo; y menos que la lectura estimulaba el diálogo con uno mismo. Me iba de noche a la cama engolosinado con las imágenes, los dibujos y la información que había recogido durante la tarde. En la cama, gracias a un pertinaz insomnio, continuaba el dialogo con mis enciclopedias. Años después, ya en plena juventud, sabría que era un meditabundo insalvable, que sería inútil a la patria de lo práctico, que tenía la provechosa facultad de disfrutar del silencio conversado que me ofrecían los libros, sin el inexplicable temor que a otros les provocaba.

Crecí, pues, sin la literatura. No quiero ni puedo ocultarlo. Arrastro conmigo el fardo de lo que Hegel llamó “una imaginación ordinaria”, y se me nota. Es una falta que me pesa. Eso explica quizá mi voracidad omnívora por la literatura y otras disciplinas como la filosofía y la política. Mi pasión proviene de una carencia, de un miedo a la ignorancia. Comencé a leer obras literarias a los 16 años y no he podido parar. Clásicos y contemporáneos. Por influencias de una novia, me concentré en el teatro, más que en otros géneros: Sófocles, Aristófanes, Molière, Shakespeare y Lorca animaron mis tardes durante un tiempo. La barata y olorosa colección de clásicos “Sepan cuantos…”, de la editorial Porrúa, se apiadó de mis bolsillos y me permitió también más tarde conocer los textos fundamentales de Platón, Aristóteles, Kant, Rousseau, Locke, Hume, Emerson, Rabelais y muchos otros indispensables.

A los diecisiete años, en una de mis frecuentes visitas al agitado Tianguis Cultural del Chopo, en la ciudad de México, –lugar en donde se reunían (se siguen reuniendo) diversas tribus urbanas alrededor del rock, y al que asistía yo cada periodo vacacional para comprar música, fanzines, afiches, playeras, todo relacionado con el movimiento punk, del que era fiel adepto–, mientras caminaba ya para salir del lugar, me detuvo un joven español, alto y de cabello largo raído por las trenzas rastas, que me preguntó señalando al objeto que llevaba yo bajo el brazo: “¿dónde conseguiste ese periódico?”. Se refería a Amor y Rabia, una publicación en formato tabloide editada por la Federación Anarquista de Estados Unidos. Como respuesta, apunté directo al joven que los vendía. El español me agradeció y aproveché para soltarle con impertinencia y sin respiro las siguientes preguntas: “¿eres anarquista, te gusta el punk, conoces a La Polla Records y a Eskorbuto?”. Su respuesta, aún escucho el dejo de molestia, fue como un golpe de martillo: “¡los punks son unos borrachos y drogadictos, casi todos, a mí no me interesa eso! El anarquismo es otra cosa, algo serio, deberías leer para que entiendas su filosofía. ¿Conoces la biblioteca anarquista de aquí, de México?”. “No”, respondí. Inmediatamente sacó un trozo de papel, anotó con pluma la dirección y se despidió, dejando en su lugar un incómodo silencio. Era un sábado soleado, como a las tres o cuatro de la tarde, me esperaba la noche con un concierto del grupo Desobediencia Civil, exquisita comida vegetariana y un zafarrancho colectivo con la policía. “Deberías leer…”, me había dicho el gachupín. El lunes siguiente, temprano, estaba yo frente a la puerta del despacho que albergaba los archivos de la misteriosa biblioteca, ubicada en un viejo edificio en el centro de la Ciudad de México. Entre oficinas de abogados y contadores, destacaba una puerta con la leyenda “Libertad y no violencia”. Estaba en el lugar correcto.

Así llegué, por primera vez, a la Biblioteca Social Reconstruir, la única librería y biblioteca anarquista en México, fundada por el catalán y también anarquista Ricardo Mestre (1906-1997), que reúne aún, en forma impresionante, gran parte de la bibliografía clásica libertaria y el periodismo ácrata que se publica hoy día (Le Monde libertaire, por ejemplo). En este lugar, atendido por el propio Mestre y un grupo de jóvenes colaboradores, en su mayoría punks, conseguí muchos de los libros que publicó en México Ediciones Antorcha y los leí con un entusiasmo idealista y juvenil. Los hermanos Flores Magón, Bakunin, Kropotkin, Proudhon, Sébastien Faure, Enrico Malatesta, Max Nettlau y hasta una hermosa Encyclopédie Anarchiste (¡otra vez las enciclopedias!), forjaron en principio mi pensamiento crítico. Y volví por más. La Biblioteca Social Reconstruir era un espacio (lo es aún) muy especial para leer, vender, prestar o intercambiar libros; se apreciaba la actividad intelectual y el debate que le es propio. Por lo demás, el ya octogenario Ricardo Mestre, quien te recibía en la entrada desde su escritorio repleto de recortes de periódicos, era un amante de la conversación. Entrar en su biblioteca implicaba aceptar una charla con él, la cual solía ser muy agradable. No era extraño encontrarse aquí con investigadores, escritores y abogados. Una ocasión escuché a un joven de traje presentarse muy animado: “Hola, soy abogado constitucionalista”. En otra, los muchachos de la biblioteca me dijeron: “El sábado pasado estuvo aquí Monsiváis”. En su deseo de saber, Mestre era insaciable; en su compromiso intelectual con el anarquismo, casi único. Nunca olvidé lo que me dijo una mañana, junto a mi hermano que me acompañaba ese día: “Ustedes los mexicanos tuvieron grandes anarquistas y lo ignoran. Lee a los hermanos Flores Magón y a Práxedis G. Guerrero. Además, te voy a regalar el libro de un muchacho mexicano que es anarquista pero que no lo sabía hasta hace poco. Se lo dije yo. Porque lo que plantea en un libro sobre autoempleo y pequeña producción, es similar a lo propuesto por Kropotkin y otros pensadores libertarios”. El libro que Ricardo Mestre sacó de un cajón de su escritorio y me entregó tenía un título para mí completamente desconocido pero simpático: Cómo leer en bicicleta, en una rústica coedición de la SEP y Joaquín Mortiz. Pensé que era broma. De todos modos, agradecí el gesto y fingí interés en el autor desconocido. Por la noche, en casa de mi abuela paterna, donde me hospedaba durante mis visitas a la capital, abrí el libro y comencé a leerlo. Entendí poco, casi nada. Frustrado, cerré el libro y leí la contraportada que decía: “Uno de los críticos más temidos de México”. El nombre del monstruo era Gabriel Zaid, el muchacho de 60 años, de Monterrey, Nuevo León, del que me había hablado con tal familiaridad Ricardo Mestre. Lo confieso: Cómo leer en bicicleta fue arrumbado en un rincón de mi incipiente biblioteca.

Llegaron los dieciocho años y tenía que elegir una carrera profesional. Había soñado desde la infancia con ser médico, pero el anarquismo despertó mi interés por las ciencias sociales. Mi padre me compró un libro de orientación vocacional que recuerdo tanto por lo inservible que resultó para mi vocación (la cual, si tengo, aún estoy buscando). Había una pregunta en el libro (descubrí que mi padre lo adquirió en la Comercial Mexicana) que decía: “¿Te gustan las prisiones”? Si respondías con una afirmación significaba que tu vocación era ¡la abogacía! Ignoré el libro y decidí que estudiaría Ciencias Políticas para entender el mezquino arte de ejercer el poder. Lo siento, me dijo mi padre, aquí no hay esa carrera. En mi ciudad no se impartía la disciplina de Maquiavelo. Debía buscar otra opción cercana al estudio del poder y elegí, por exclusión, la del Derecho, una carrera apasionante por su historia y filosofía, pero de cuyo pragmatismo, a veces vulgar desprecio por la teoría, me sentí distante las más de las veces. Así, un día, aunque parezca inverosímil, caí en la cuenta de que lo que me interesaba era el mundo de los libros. Me atraía más bien la vida que se relataba, dramatizaba y pensaba en las novelas, piezas de teatro o ensayos (incluidos los jurídicos) que la llamada “vida práctica”. Me dediqué a leer (literatura, filosofía, derecho, política), día tras día, en todos los cafés de la ciudad, pues carecía de biblioteca y las públicas concentraban por las tardes a estudiantes escandalosos que se reunían para hacer su tarea, no tanto para leer. Fui conformando mi espacio propio y ampliando, entre sorbos de café, mis lecturas.

Rondaba ya los veintitrés años cuando llegaron a mis manos dos libros que resultaron fundamentales en mi formación: De los libros al poder y Los demasiados libros, de Gabriel Zaid. Los leí y releí. La inteligencia, claridad y sencillez de sus expresiones, así como la sobriedad inglesa de su estilo, me atraparon definitivamente. La lectura como una metáfora de la conversación, me persuadió como tema. Corrí a mi biblioteca y desempolvé el obsequio que me había dado, años atrás, Ricardo Mestre. Comencé a leer compulsiva y nerviosamente los ensayos reunidos en Cómo leer en bicicleta. Entonces sí los comprendí. Envalentonado por el hallazgo, se me ocurrió que yo también quería escribir artículos tan libres y empecé a garabatear, literalmente, en hojas de cuaderno. En el camino, sin saberlo, a través de aciertos y errores, descubrí un género literario perfecto para diletantes como yo, para personas cuya incultura les impide dominar un tema y lo único que saben hacer (Dios no les concedió otra opción) es divagar sobre él. Me refiero al género del ensayo, la literatura de ideas que me acercó a las obras de Montaigne, Emerson, Ortega y Gasset, Julio Torri, Alfonso Reyes, Jorge Cuesta, Octavio Paz, Daniel Cosío Villegas, Alejandro Rossi, por mencionar a algunos. Ya no sólo quería leer sino escribir, ensayar, y me puse a hacerlo. Dice Fernando Savater que “el ensayo es la opción del escritor al abordar un tema cuyo tamaño y complejidad sabe de antemano que le desbordan”. En esta opción estoy yo, girando y escribiendo sobre todo aquello que, desde un principio, me rebasa. ¿Cómo llegué aquí? Haciendo memoria, ahora comprendo la importancia que tuvieron esos primeros libros en mi infancia y a lo largo de mi vida, fueran o no de literatura. Me formaron y deformaron, haciendo de mí lo que soy: alguien que escribe y ensaya y se equivoca porque casi no sabe hacer otras cosas.

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4 Responses to Memorias breves de un lector (para celebrar el día del libro)

  1. Sin Ma says:

    Mi ensayo favorito…más de estos!!
    Un abrazo!!

  2. jerman2012 says:

    bientos, por leer tu columna sobre gabriel zaid y la biblioteca social reconstruir me empecé a adentrar más en estos pedos (no sabía que hubiera un “anarquista mexicano” que escribiera (y que lo fuera sin saberlo), también un par de veces fui a la biblioteca, hace unos 3 años, pero porque me siempre me ha latido el rock y el punk (fui a buscar fanzines punks, el anarquismo me valía queso casi 100%) sólo tenía un libro de recopilación de textos de Flores Magón pero la verdad me dio algo de hueva, no logró captar mi atención, en parte porque creo que abarcaba mucho sobre el periodo inmediatio anterior a que saliera porfirio Díaz del poder, y eso no es lo que buscaba/busco yo ahorita, pero en fin, nomás mi situación… comencé el progreso improductivo aunque no lo he continuado, pero sí tiene varias cosas locas… pero como sea chido por ese articulillo que leí…
    saludos desde el d.f.

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