Vicente Verdú sobre la novela

El Boomeran (g) publicó una breve reflexión de Vicente Verdú (en la que revuelve un poco de todo) en torno a la novela, “La dentellada de la novela“:

No hay mucho más que decir. Puesto que desde hace bastante tiempo todos los novelistas y sus amados críticos aseguran que en la novela “cabe todo”, manifestarse a favor o en contra, por arriba o por abajo del género carece de pertinencia. La razón misma del género se basa en su indefinición. ¿Cómo definirse?

La convicción en el novelista es, corrientemente, un acto de amor. Una pasión por su oficio que se confunde con la viva afición a la escritura y al libro. Lo peor, sin embargo, que ha tenido la novela y su novelista en los últimos tiempos es su obcecación por narrar y narrar como si ellos y nosotros no saliéramos nunca de la infancia.

Este conspicuo interés que en el siglo XIX era capital, hoy, sin embargo, es un interés de bajo porcentaje puesto que otros medios de comunicación narran mejor, con mayor riqueza y vistosidad, con mayor intensidad y eficiencia. Seguir haciendo las novelas como si el cine o los telefilmes o los videojuegos o los documentales audiovisuales no existieran o fueran “superficiales” significa una de dos. o que el novelista no sale de su encierro, lo que no es tan infrecuente. o que abomina de aquello que no se corresponde con las candelas y el inocente aburrimiento general de hace dos siglos. Lo curioso, no obstante, es que pese a todo ello la novela distraiga a una parte de la población en nuestros días, se venda incluso por centenares de miles de ejemplares y se convierta en acontecimiento social. Son malas novelas, en general, pero buenos negocios.

Es importante este seguimiento poblacional porque habla, sobre todo, de una parte de la sociedad que vive sola, aburrida, envejecida, poco instruida y enferma. No todos están tan mal pero gracias fundamentalmente a ese público la cosa marcha tanto para atender su aislamiento como para inculcar la idea (a través del boom de la novela histórica, precisamente) de que aprenden algo sin salir de casa.

Este tipo de novela como las exposiciones de antiguos pintores eximios que gracias al marketing consiguen convocar grandes colas hacen el bien. Dan cultura por casi nada y, encima, en masa, a mucha gente entre mucha gente lo que significa una inestimable consolación.

Cuando el libro no tiene más que a unos pocos nostálgicos no se produce la verbena social y, en consecuencia, es un residuo social. Dentro de cada novela cabe de todo, cabe incluso la literatura pero lo que importa especialmente es que contenga una bomba que desate el llamado tipping point el punto crítico en que la venta crece exponencialmente y las librerías se llenan de montones de ejemplares como sacos de legumbres o de jampones. En estos casos, las novelas bien trufadas no son tanto vehículos de comunicación individual como masivas entregas que no satisfacen en primer lugar el gusto estético sino el paladar que nos asocia a tantos otros seres y modestos saberes (y sabores) de la multitud.

El resto de las novelas que se venden a través de pequeñas editoriales, cada vez más exquisitas, son delicatessen, golosinas que saborean los lectores bien formados en el abolengo del libro, gente adulta y fina junto a algunos delgados jóvenes que han reinventado el libro como una prenda de distinción en línea con los cócteles secretos y las marcas de zapatillas de una tirada tan ínfima como ínclita

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