“Ciudades difíciles para jóvenes con ambiciones literarias”

Revista Ñ publicó un extraordinario ensayo del novelista irlandés Colm Tóibín, que originalmente apareció en The London Review of Books, en el que nos muestra tres ciudades, tres contextos y tres escritores geniales “que se sintieron atrapados, aislados y consternados” en ellas. Pero que impulsados por una extrema soledad, y sujetos también a una vacuidad, encontraron palabras para expresar su desarraigo y nuevas formas literarias. Las ciudades: Lisboa, Buenos Aires, Dublín. Los escritores: Fernando Pessoa (1888-1935), Jorge Luis Borges(1899-1986), Flann O’Brien (1911-1966). Va un fragmento de Tres ciudades de soledad:

Eran tres ciudades, cada una de las cuales había conocido cierta gloria. En cada una de ellas se sentía que la gloria estaba ausente o era fantasmal, que el mundo real estaba en otra parte, que las ciudades en las que había emoción, integridad cultural o editoriales y lectores estaban en otro lado. La Segunda Guerra Mundial dejó intactas las tres ciudades; no se las bombardeó, ni las transformó la reconstrucción cuando la guerra terminó. Hasta en los años 80 y 90 era posible caminar por muchas partes de esas ciudades y advertir que nada había cambiado gran cosa durante muchas, muchas décadas.

Eran tres capitales en las cuales la mejor manera de abordar la política y la cultura era como un chiste, o un juego entre grupos torpes, en las que un grupo predominaba de forma latente o, en cierto sentido, indigna, durante muchos años. Eran ciudades difíciles para jóvenes con ambiciones literarias; eran lugares donde tanto el presente como el futuro parecían cien años de soledad. Esas tres ciudades, en las que tres genios se sintieron atrapados, aislados y consternados, ingresaron, de forma lenta e inevitable, a la esencia del trabajo de los escritores. Las ciudades los desarmaron y les dieron inmensa fuerza imaginativa, los envenenaron y nutrieron, les dieron un espíritu travieso pero llevaron a dos de ellos a ocultar parte de su mejor trabajo, a dejar que se cubriera de polvo.

La sensación de que no había quien leyera el trabajo que esos escritores producían se abrió paso en el tono y la estructura de su propio trabajo. Sus libros no procedían del mundo, sus libros pasaban a ser el mundo. En el principio fue el verbo, pero con frecuencia no había nada excepto el verbo y sus ecos vacíos, y eso dio a sus espíritus un sesgo a menudo melancólico, a menudo obsesivo. El hecho de que esas ciudades fueran las capitales de países ostensiblemente católicos no ayudaba. Sin embargo, a partir de la vacuidad, de la profanidad, en el corazón de donde se encontraban, los tres escritores hallaron palabras y formas literarias, viejas e híbridas, fascinantes. Algún sueño los animaba a trabajar, a producir trabajos que terminarían por hacerlos famosos.

Para ellos, la idea de lo que se encontraba entre lo viejo y lo híbrido, sin embargo, era un problema. Una gran tradición de ficción en la cual los personajes tenían opciones, oportunidades y posesiones, sí como destinos a cumplir, era para ellos un gran chiste, una locomotora en una vía muerta con el motor oxidado. Empezaron por desmantelar las rutas de escape y luego retiraron las ruedas. Para ellos, el concepto de personaje, y hasta el de identidad, debía subvertirse o eliminarse. Luego se dispusieron a socavar no sólo las opciones, la oportunidad y el destino, sino la idea del tiempo y, de hecho, del espacio –el infinito y la eternidad les fascinaban–, y también la idea de forma. No era casual que esos tres hombres no tuvieran hijos, que no escribieran sobre mujeres y que, en el caso de dos de ellos, incurrieran en una misoginia entre más o menos leve y pronunciada. Cuando dos de ellos se casaron, fue una gran sorpresa para sus amigos; parecían sentirse más cómodos (o más felizmente resignados) como solterones incómodos que como padres o esposos. Los tres, de hecho, si es que es asunto nuestro, pueden haber muerto vírgenes. Uno de ellos adoptó la posición de que “no tengo ambiciones ni deseos. Ser poeta no es mi ambición; es mi forma de estar solo.”

Las ciudades en las que estaban solos eran Lisboa, Buenos Aires, Dublín. Los escritores eran Fernando Pessoa (1888-1935); Jorge Luis Borges (1899-1986); Flann O’Brien (1911-1966). Los tres crecieron no sólo en un país y una ciudad en sombras, o un lugar que parecía vivir en sombras, sino también con dos o más lenguas y con una relación a menudo tensa entre las lenguas. El lenguaje no era para ellos naturaleza, sino cultura; era extraño y tenso; significaba desplazamiento, desarraigo. Llegaron a la edad adulta atrapados en un punzante recuerdo de una Torre de Babel en la que alguna vez había existido fluidez. La idea de una lengua materna era una especie de chiste. Durante un tiempo, los tres se educaron en la casa o en bibliotecas, apartados de la compañía de otros chicos y de la influencia de maestros. Conformaron su propio mundo a través de sus sueños y desplazamientos. Pessoa vivió en Durban, en Sudáfrica, desde los siete a los diecisiete años. Volvió a Lisboa hablando inglés mejor que portugués. Escribió poemas en inglés. Borges tenía una abuela inglesa que vivía con la familia, y creció hablando inglés y castellano. Vivió en Ginebra de los quince a los veintidós años, hablando inglés, francés y castellano. O’Brien sólo habló irlandés hasta los nueve o diez años, cuando empezó a hablar también inglés. Escribió en inglés y en irlandés.

Cada uno de esos escritores se dio nuevos nombres. Pessoa se convirtió, entre otros, en Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Alvaro de Campos, Bernardo Soares. Borges pasó a ser, entre otros, B. Suárez Lynch y H. Bustos Domecq. El verdadero nombre de O’Brien era Brian Ó Nualláin, y también escribió con el nombre de Myles na gCopaleen. En distintos momentos, los tres articularon estrategias para presentar un nuevo personaje al mundo, así como ficción en la que crearon nuevos personajes y nuevos mundos.

Borges tenía una aguda conciencia de que el mundo del que procedían él y Flann O’Brien, la cultura estrecha, aislada e híbrida que los produjo y en la que lucharon, era al mismo tiempo limitadora y liberadora. En una conferencia de 1951 titulada “El escritor argentino y la tradición”, analizó la energía y el sentido de innovación que procedían de las orillas. Pensaba, escribió, que la tradición argentina “es toda la cultura occidental, y creo también que tenemos derecho a esa tradición, mayor que el que pueden tener los habitantes de una u otra nación occidental.” A continuación consideró un ensayo de Thorstein Veblen sobre “la preeminencia de los judíos en la cultura occidental.” Veblen se preguntaba, escribió Borges, si esa preeminencia nos autoriza a plantear una superioridad judía innata, y contesta que no. Dice que los judíos se destacan en la cultura occidental porque actúan en esa cultura y, al mismo tiempo, no sienten que ninguna devoción especial los vincule a ésta. Por lo tanto, dice, a un judío siempre le resultará más fácil que a alguien que no lo es hacer innovaciones en la cultura occidental

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