Alfonso Reyes contra las comillas: “no puedo pasarlas”.

El plagio es reprobable pero está sujeto a gradaciones. Entre el plagio burdo, mecánico, y el plagio sublimado, descansa la historia de la literatura, afirma Evodio Escalante en su ensayo Alfonso Reyes y las comillas, publicado en el último número de la revista nexos. El problema con la palabra plagio, sostiene el crítico, es que tanto ayer como hoy se la utiliza para poner en juego una doble moral (o falsa moral) que esconde, en realidad, un juicio estético. En asuntos de plagio, se acusa y se reprueba como fraudulentos a los malos escritores; pero si se trata de un poeta o prosista de lujo “nos hacemos de la vista gorda”: “qué inteligente y creativo es”. Xavier Villaurrutia toma de Novalis, Marco Antonio Montes de Oca de Hölderlin, Octavio Paz de Heriberto Frías, Samuel Ramos y Rubén Salazar Mallén… Luego de hurgar en las letras mexicanas, Escalante encuentra dos defensas del plagio en Octavio Paz (“…no estoy en contra del plagio, cuando la víctima desaparece. Ya se sabe: ‘el león se alimenta del cordero’”) y en Alfonso Reyes (“En rigor no debe citarse sino de memoria, como quieren las Musas; suprímase, si es preciso, las comillas, con lo que se salva el compromiso de la cita exacta”).

Los ejemplos y las razones de Evodio Escalante:

Poner o no poner comillas: de esto se trata. Escribo la frase en cursivas para que los entendidos sepan que sé que estoy citando a un clásico. Es decir, para que no me vayan a acusar de plagio. ¿Tanto miedo a esta palabra? Hay que aceptar que se trata de una palabra temible, de efectos demoledores, y que usarla implica casi siempre, al menos cuando se está dentro del campo literario, una especie de doble moral que no se reconoce a sí misma. Por supuesto que el plagio es reprobable, pero de inmediato hay que admitir que esto está sujeto a gradaciones, y que las gradaciones son casi infinitas. Entre el plagio burdo, apropiación mecánica de un texto con ánimo fraudulento, que todos reprobamos, y el plagio sublimado, podría decirse, se teje toda la historia de la literatura. ¿O alguien podría presumir de originalidad absoluta? El problema con la palabra plagio, en la medida en que se la utiliza como una acusación equivalente al robo, es que pone en juego una moralina perversa de doble rostro. Se vende en el mercado como una acusación moral, cuando en realidad lo que circula bajo el agua es un juicio de crítica literaria, un juicio estético vergonzante que no se atreve a decir su nombre. La mayoría de las veces, si se ve bien el asunto, lo que reprobamos y lo que nos indigna no es el fraude como tal, aunque así lo parezca, sino que el escritor de marras sea tan mal escritor. En suma: denostamos al inepto, al mequetrefe de las letras, y nos hacemos de la vista gorda cuando el plagiario es un poeta o prosista de primer nivel.

Es, como ya lo expresé antes, la doble moral en pleno. Lo notable es que en el caso de los escritores con presunto talento, podría decirse, el plagio se diluye y acaba volviéndose disculpable, el robo se transmuta y se convierte en una prueba más de ingenio en acción. Es fácil comprobar que los escritores de este tipo siempre han sobrevivido a esta clase de acusaciones. Hace unos días descubrí, con estupor que no me abandona, que uno de los títulos de poesía más admirables y hermosos de que se tenga memoria entre nosotros, Nostalgia de la muerte de Xavier Villaurrutia, está calcado, tal cual, de un poema de ese genio del romanticismo alemán llamado Novalis. Otro poeta, Marco Antonio Montes de Oca, publicó igualmente hace años un libro con un hermoso título: Delante de la luz cantan los pájaros. Esta vez un verso acuñado por Hölderlin. Octavio Paz no tuvo empacho en usar una frase de Heráclito para designar a su libro de ensayos El arco y la lira. En otro caso, estimo que más grave, se apropió sin escrúpulos del título de una novela histórica que Heriberto Frías había publicado en 1923: ¿Águila o sol?. Con este mismo nombre, en efecto, el escritor de Mixcoac dio a las prensas a principios de los años cincuenta un libro de poemas en prosa de inspiración surrealista. Si esto sucede en el plano más visible, en el nivel de los títulos, ¿se imagina el lector lo que podría estar sucediendo en las letras chiquitas, allá en lo oscurito?

La acusación de plagio más célebre de las letras mexicanas en el pasado siglo la enfrentó precisamente Octavio Paz con la publicación de su primer libro ensayístico, El laberinto de la soledad (1950). Emmanuel Carballo lo acusó, para decirlo en dos frases, de “ningunear” sus fuentes y de haberse apropiado de manera indebida de ideas de Samuel Ramos y Rubén Salazar Mallén. Sostenía Carballo en contra de Paz: “Desarrolla ideas de otros autores, las usa sin indicar su procedencia”. A lo que agregaba enseguida: “Este procedimiento es, casi, una constante en la literatura mexicana: somos afectos a suprimir cuando son imprescindibles las comillas; somos afectos, asimismo, a vestir las ideas ajenas con ropas que disfracen sus orígenes. Despreciamos al autor y aprovechamos su pensamiento”. Paz respondió con cinismo y arrojo de juventud: “Unos artículos de Salazar Mallén, que nadie recuerda, y un libro de Samuel Ramos, que todo el mundo conoce son mis fuentes secretas”. Se refería, no podía ser de otro modo, a El perfil del hombre y la cultura en México, que se sigue reeditando aún. Era, nadie podrá negarlo, un reconocimiento del plagio. Lo escribe y lo suscribe el propio Paz, con lo que agrega un sorprendente y violento giro a su argumentación: “De paso: no estoy contra el plagio, cuando la víctima desaparece. Ya se sabe: ‘el león se alimenta del cordero’ ”.

Salazar Mallén protestó, creo que no le faltaba razón, porque no contento con apropiarse de algunas de sus ideas, Paz decretaba su inexistencia como escritor. ¿Qué significa desaparecer a la víctima? ¿No era, guardadas las distancias, lo que pretendían hacer los nazis en los campos de concentración? Decretar “desaparecidos” a Samuel Ramos y a Salazar Mallén era algo más que cinismo. Era una forma de “ningunearlos”, de volverlos nada. Tomando el suceso a broma, en su respuesta a la entrevista de un periodista, este último se hizo fotografiar con una piel de cordero encima. El mensaje era claro. Salazar Mallén podía ser un cordero, en efecto, pero el arrogante león no había logrado desaparecerlo.

Mucho me temo que la actitud cínica y desafiante de Paz estaba inspirada, al menos en parte, en algunos textos del paradigmático Alfonso Reyes, acaso el mayor de nuestros prosistas, y quien en más de una ocasión se pronunció en contra del uso de las comillas. ¿Reyes, con toda su autoridad, auspiciador del plagio? Definitivamente, sí. Juzgue el lector a partir de los textos que transcribo a continuación

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