¿Votar en blanco?

En la revista Proceso Javier Sicilia hace una llamado para que, en esta elección, llenemos las urnas con votos en blanco y así protestar contra la corrupción de la partidocracia. Una postura que, sin organización y participación ciudadanas, no cambiará las cosas; aunque no deja de ser una posición política. Les comparto el texto:

MÉXICO, D.F. (Proceso).- A últimas fechas, a causa del Alzheimer social que día con día se hace más grave, no he dejado de recibir ataques y acusaciones de incongruencia por mi llamado a votar en blanco. Nada más alejado de la realidad ni nada más cercano a la congruencia. En el discurso del 8 de mayo del 2011 –cuyos argumentos retomé en el del 28 de marzo del 2012– fuimos muy enfáticos al decir, hablando de las grietas y las heridas de la nación, que no aceptaríamos más “una elección si antes los partidos políticos no (limpiaban) sus filas de esos que, enmascarados en la legalidad, están coludidos con el crimen y tienen al Estado cooptado e impotente (…)”. Fuimos también muy enfáticos al señalar que sin una Reforma Política amplia, que permitiera a los ciudadanos controlar los abusos de las partidocracias, y sin “una limpieza honorable de las filas (de los partidos) y un compromiso total con la ética política, los ciudadanos (tendríamos) que preguntarnos en las próximas elecciones: ¿por qué cartel y por qué poder fáctico (tendríamos que) votar?”.

Ya estamos allí, sin Reforma Política, sin limpieza honorable en las filas de los partidos, sin un compromiso ético real, con el país balcanizado por el crimen (hay muchas zonas donde no podrá colocarse una casilla sin la anuencia del crimen organizado), con casi 50 mil muertos (el Pentágono habla de 150 mil, hace un año hablábamos de 40 mil), con más de 20 mil desaparecidos y más de 250 mil desplazados, que día con día aumentan su número, con criminales y poderes fácticos detrás de los partidos y una ciudadanía aterrada, desmovilizada y desunida.

En esas condiciones, ¿por qué ir a las urnas a votar por alguien y perpetuar lo intolerable? ¿Por qué aceptar esas elecciones que (vuelvo al 8 de mayo) calificamos “de la ignominia”? ¿Por qué no rebelarnos ante la dispendiosa propaganda del IFE y de los partidos que, al estilo Goebbels, nos llama a aceptar esta farsa democrática como verdadera mientras la nación se debate en la miseria, el dolor, la injusticia, la indefensión y el miedo?

El argumento de la izquierda –el mismo que usó la derecha en 2000 para destruir la hegemonía del PRI– es tan simple en su pragmatismo como descorazonador: Si no votamos por AMLO, entonces ganará Peña Nieto y volverá al poder lo peor.

Ciertamente Peña Nieto y el PRI representan los peores intereses de la vida nacional: el salinismo, la voracidad de los poderes fácticos y de la presidencia imperial, el control mussoliniano de las cámaras y el deprecio absoluto por los ciudadanos. Sin embargo, no fue la ciudadanía que ahora se niega a votar por algún partido la que permitió esta farsa. Fue el desdén a los seis puntos que se plantearon en el discurso del 8 de mayo como una ruta de justicia y de paz para darle suelo a la nación, el desprecio por las advertencias que hicimos ese mismo 8 de mayo para no llegar a estas elecciones ignominiosas, y la búsqueda de mantener los intereses de las partidocracias por encima de los intereses de la nación. Ahora, en nombre de lo que no se hizo, se quiere rebajar el voto ciudadano al mismo nivel que el voto corrompido del corporativismo priista. Para evitar –dice esa pobre argumentación– que ese voto encumbre a los peores de la nación, debemos entonces traicionar nuestra dignidad e ir a las urnas para encumbrar a los menos peores.
Esta argumentación, en las condiciones de emergencia nacional que vivimos y bajo el peso de las sucesivas traiciones, es deleznable. Nadie, en realidad, con mayorías relativas –unas corruptas, otras desesperadas–; nadie, ni los peores ni los menos peores, podrá dar rumbo a la nación.

La nación está rota y sólo un gobierno de unidad nacional con un candidato moral y una agenda de unidad nacional que tome el camino de la justicia y de la paz podrán ayudar a salvarla. Lo demás, a pesar de la grandeza moral de AMLO, es la misma retórica partidocrática que nos ha llevado al desastre que actualmente vivimos, un desastre al que todos los partidos y todos los gobiernos han contribuido y continúan contribuyendo.

Frente a ello, la única trinchera que nos queda es ir a las urnas a llenarlas con nuestro voto en blanco. Ese voto, que carece, por desgracia, de legalidad, contiene, sin embargo, la dignidad con la que la reserva moral del país resiste la corrupción de las partidocracias.

Para que ese voto pudiera revertirse, los candidatos, los partidos y sus gobiernos deberán tomar las agendas ciudadanas. En nuestro caso, la de las víctimas y la de la justicia. No sólo reuniéndolas en sus campañas y escuchándolas, sino impartiendo justicia, recuperando a los desaparecidos, indemnizando, encerrando a los culpables y no tolerando ni en las filas de sus gobiernos ni en las de sus partidos a quienes delinquen y continúan delinquiendo. Lo que significa que el día en que el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad emplace a los candidatos a dialogar en el Alcázar del Castillo de Chapultepec sobre lo que se niegan a dar cuenta: las víctimas, la emergencia nacional, la justicia y la paz, le digan también a la nación entera por qué, en las condiciones a las que han reducido la vida de la nación, quienes nos negamos a aceptar lo intolerable no debemos votar en blanco.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.

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