Sobre “Memorias de una viuda”, de Joyce Carol Oates

En un breve texto publicado en Revista Ñ, Valeria Meiller aborda el libro Memorias de una viuda, de Joyce Carol Oates, en el que la escritora norteamericana narra la pérdida (y el extremo dolor que sobrevino) de quien fuera su esposo, con el que vivió cuarenta y siete años. No se trata, únicamente, de un libro personal, autobiográfico, sino de una reflexión aguda e irónica (muy de Joyce Carol) sobre la viudez, esa solitaria condición. Nos dice Valeria en su nota crítica:

A Memorias de una viuda, de Joyce Carol Oates, se llega sabiendo dos cosas. La primera es un hecho: el esposo está muerto y, en consecuencia, es probable que el nervio que recorra el libro sea cómo sobrevivir a él. La segunda es referencial: debajo del título, una fotografía de la autora cumple la función de afirmar que se trata de un texto autobiográfico. En la foto, Oates contempla con turbación un punto perdido por fuera de la tapa: un espacio que, como el de la muerte, escapa tanto de su horizonte como del horizonte de su lector. Sobre la ropa oscura, la única porción descubierta de piel es su mano derecha, donde reluce un anillo de bodas que la palabra “viuda” incluida en el título desmiente. Sin embargo, aferrada al tapiz oscuro de un sillón, la mano se afirma con la misma fuerza que su relato intentará asir la existencia concreta. En esa tarea, los objetos y las personas adquirirán una dimensión nueva, que por momentos la hará fantasear con la muerte y otras, simplemente, la llevará a regalar todas las medias de su esposo o a pasar la aspiradora en medio de la noche para ahuyentar el silencio.

El sentido de la pérdida

Después de cuarenta y siete años juntos, Joyce Smith –ese es su apellido de casada– ingresa a su esposo en un hospital de Princeton. Conduce un Honda blanco que compraron hace apenas un año, después de que el coche anterior fuera declarado “destrucción total” tras un accidente en que casi pierden la vida juntos. “Podríamos haber muerto entonces” se repite una y otra vez, tratando de que las palabras inviertan el saldo de su pérdida y conviertan ese último año en un regalo. Pero es difícil, insinúa, no pensar que hubiera sido mejor morir los dos en el accidente que quedarse sola en el mundo.

Sonidos de la ausencia

El libro está construido en varios apartados de los cuales el primero, y probablemente el más dinámico, reconstruye la enfermedad y muerte de Ray a partir sus últimos días juntos. Días en los que la esposa prepara la casa para el regreso del esposo con una dedicación obsesiva; mientras en los ratos buenos y desde su cama de hospital, el esposo se dedica a contestar cartas, leer galeras y material de los colaboradores de su revista. La muerte nunca es vista como una posibilidad entre ellos, así lo confirma el mensaje que él deja en el contestador de la casa de los dos en su última mañana de vida y que ella recién escuchará después de su muerte: “Hola cariño, habla tu cariño. Ya debes estar en camino. Amor a mi cariño y a mis gatitos”.

Los apartados siguientes se proyectan como flechas hacia delante y hacía atrás. Hacia delante, está la vida “póstuma” de la esposa en la que pasa de ser “esposa” a ser “viuda” y “albacea de todos los bienes de Ray Smith”. Sumergida en la dolorosa onomástica de la muerte, Oates no perderá nunca la agudeza y su sentido de la ironía la llevará a afirmar que la concisión del acta de defunción de su esposo se parece a un poema de William Carlos Williams. Hacia atrás, están las amistades forjadas durante toda una vida, que tendrán un rol fundamental en esta nueva etapa. Amigos entre los que se encuentran el escritor Richard Ford o la diseñadora Gloria Vanderbilt y cuyos amorosos correos electrónicos se reproducen aquí y allá dentro del libro, proyectando la vida póstuma de la esposa no sólo hacia una vida por fuera del texto, sino a una vida cuyas referencias el lector reconoce con el interés de quien es aceptado en un círculo de celebridades

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