Recordar a Guillermo Fernández

Laberinto publicó un entrañable retrato del traductor y poeta Guillermo Fernández escrito por su amiga Enzia Verduchi (en la misma edición se puede leer otra semblanza escrita por Ernesto Lumbreras). Para la autora, luego de la repentina muerte del poeta, el siguiente texto es un breve saludo:

En noviembre de 1990 empecé a traducir la correspondencia de Giuseppe Ungaretti a Enrico Pea. Vicente Quirarte me sugirió mostrarle los borradores a Guillermo Fernández. Pasaron varios días antes de animarme a marcar el número telefónico. Había leído su versión de Mamá morfina de Eros Alesi así como 4 poetas jóvenes italianos (Material de lectura). Me imponía su registro en el lenguaje y el ritmo. Nos citamos en el antiguo café del Fondo de Cultura Económica de avenida Universidad. Así inició una amistad macerada por el tiempo.

Primero en la heladería Capri y después en el café del Fondo, durante algunos años coincidimos cada viernes por la tarde junto con Ernesto Lumbreras, Jorge Fernández Granados, Armando Oviedo, Pedro Guzmán, Ignacio Padilla y Joel Mendoza; intercambiamos lecturas, conversamos sobre pasajes del neorrealismo italiano y la nouvelle vague francesa, compartimos nuestros gustos musicales. Una época joven y efervescente.

Guillermo Fernández tenía ojos de niño, vivos y traviesos; su mirada lo expresaba todo. Su nariz lo delataba más como un beduino que como un jalisciense. Tenía la vitalidad de un adolescente: a los 60 años nos retaba a echarnos unas carreritas a pesar de que en ese entonces fumaba casi una cajetilla diaria de cigarros. Nunca he visto a nadie que bailara con tal energía, horas y horas brincando, “Soul kitchen” de The Doors. Tampoco sé de alguien que escuchara a Leo Dan al finalizar una fiesta. Fue fiel a las Chivas, su equipo de futbol.

Usaba camisas de algodón y pantalones de lino bien planchados. La loción no debía ser cítrica o dulzona, sino del fresco aroma del espliego. No gustaba de las traducciones de Aguilar. En cambio, apreciaba un libro impreso en linotipo al que se le pudiera “tocar las nalguitas a las ‘a’ ”.

La mujer de su vida fue María Grubbe, el entrañable personaje de Jens Peter Jacobsen. No aprendió danés como Rilke para leer la novela pero sí pasó varias horas en las librerías de viejo en Donceles para conseguir ejemplares de Cultura SEP XXI, de 1982, y regalarlos a la menor provocación. Durante un tiempo tuvo un affaire: en su habitación colgaba un póster de Riso amaro donde Silvana Mangano mostraba la más sensual de las tristezas, virgen impía que veló sus sueños.

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Los años mediterráneos no fueron fáciles. Quizás alguien pueda distinguir en una acartonada producción sobre la antigua Roma a Guillermo Fernández, detrás de alguna columna fabricada en los estudios de Cinecittá, en medio de una turba rodeando a un César sobreactuado. Fue extra de cine en Italia para conseguir un plato de sopa caliente y una edición de segunda mano de Pavese. Veta poco conocida del traductor y poeta que nos remite a su infancia como equilibrista en un circo ambulante por Michoacán.

Fernández sabía bien que caminar es oficio de solitarios. En Piazza Navona, la Galleria degli Uffizi y Via Nazionale se escucharon sus pasos. Una tarde, después de perder la apuesta con un cantinero a que en la cava no tenía tequila El caballito cerrero, recorrió con Julio Cortázar el silencio romano. Se aventuró hacia el sur, entre Bari y Brindisi, cerca de San Vito dei Normandi, llegó a la curva donde perdiera la vida su amigo José Carlos Becerra y recordó las conversaciones que sostuvieron sobre Charles Dickens cuando trabajaban en un despacho de publicidad en la Zona Rosa.

Guillermo viajó a Asís, la ciudad del santo Francisco, como en su momento le sugirió su admirado Carlos Pellicer. Ahí cerró los ojos para escucharse. Supo que debía regresar a México. Regresó para traducir a Montale, Pavese, Ungaretti, Manzoni, Pasolini, Campana, Luzi, Saba, Magrelli…

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La elaboración de las salsas de los espaghetti de Guillermo era un ritual. Cortaba finamente el tomate, el ajo y la cebolla, los freía en aceite de oliva, agregaba poco a poco pimienta, orégano, albahaca, romero y salvia, así como un chorrito de vino blanco. Dejaba hervir la olla a fuego lento.

Cuando vivía en la calle de Edzná, en la colonia Independencia, el departamento se impregnaba con el aroma de la salsa. La pasta debía estar al dente; había que esperar en el sillón de la sala ya sea para comer o cenar. Nunca un plato de su pastasciutta fue suficiente para amansar el apetito.

En la sobremesa, Guillermo hablaba de sus poetas preferidos: Luis Cernuda, San Juan de la Cruz y O. V. de Lubicz Milosz. Tenía una memoria privilegiada, recitaba “Lázaro” de Cernuda sin tropiezos. Nos contó de la noche de 1963 en que veló al poeta andaluz, la delicadeza con la que cerró el ataúd en soledad. Sin embargo, olvidaba sus propios poemas, sus “versitos” como los llamaba, o las fechas de las presentaciones de sus libros.

Tal vez no recordaba sus poemas porque era un hombre alegre que, cuando escribía, era triste. Como afirmó Mariano Flores Castro de sus sonetos y alejandrinos, “Su mundo se complica hasta lo indecible, pero si en él se entra dispuesto a desentrañar su misterio, el que lee vive, literalmente, la experiencia luminosa de una poesía que creíamos desaparecida”.

En el momento de escribir a Fernández se le “agolpan las ausencias”, decía. En ese instante escuchaba los címbalos de “La canción de la tierra” de Gustav Mahler

En el mismo suplemento cultural se publica este par de poemas de Guillermo Fernández:

Por principio

Ya es tiempo de que vuelvan todas tus palabras
las que el olvido ha perdonado
las que sobrevivieron al puño del amor
las sonámbulas guías bajo los párpados
las mendigas que esperan tras la puerta
las fieles a los sótanos del alma

Remueve escombros y gusanos
límpiales el rostro de lunas empolvadas
de niñas retozonas en la noche de San Juan

Arráncalas del fondo del armario
apuéstales el silencio de las bestias
tus ojos bautizados con los ácidos
que digan ese poco que te sobra
bajo la podredumbre de la máscara

Se acabó el tiempo de pudrirse libremente
de acariciar los lomos de la tranquilidad
los ojos tras las rejas tras los actos

La inocencia es un cacho de carne
que se pudre en la jaula de las fieras.
De Bajo llave (1983)

Ninní
1934-1940

Siempre al atardecer giras la llave
que abre las rejas del cancel
y separa las hojas de la senda
para que llegue al mármol que te nutre
con sus racimos congelados.

Desde el fondo del valle nos invoca
la voz de la carreta rechinante,
cantándole al inerme corazón.

¿Por qué tengo que oír a cada tarde
el horror que gotea en el silencio?

Ninní, Ninní, tú lo sabías:
me siguen embrujando los caminos
las flores brunas de la carne
que acarician mis ojos con su bisturí;
el veneno que dormía en los labios de Ihú
el que se alimentaba tan sólo de silencio;
las palabras que vienen a mi mesa
a iluminar el pan de la mañana.

Por buscarte, Ninní, he removido
los muladares de la noche,
he roído huesos rechazados por los perros,
he malbaratado bienes del reino lejano,
proyectos de reconstrucción.

Pero no he vuelto a hablar a solas.
Tú plantas los laureles en el sueño
persuades a las aguas
para que sólo reflejen tu reflejo;
por ti alienta aún esa colina
en su primavera de tumbas y jardines.

Cuando yo vuelva
te hablaré de Isabel, Estambul, Nueva Zelandia,
de la isla que nos aguarda en el Atlántico
donde yacen sepultas nuestras alas.
Pero mucho tendré que caminar aún conmigo mismo,
perseguido por todos mis caminos moribundos
escapar a las trampas tendidas a las corzas
en los calveros de la profanación;
fingir que dormiré cuando esas mismas flores
extiendan su corola en la penumbra empozoñada.

Tras la ventana pasarán los días
como caballos negros con crineras blancas.

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