Un artículo de Antonio Tabucchi

Para recordar y homenajear al recién fallecido escritor Antonio Tabucchi, El Malpensante ha recuperado un extraordinario texto del novelista en el que cuenta (de una manera tan íntima que se torna imposible abandonar la historia) y explica cómo surgió su novela Réquiem. Apenas entra uno en la lectura de Un universo en una sílaba. Paseo en torno a una novela, y se olvida por completo de la extensión del artículo. Les dejo algunos párrafos:

Voces

Voces ideales y amadas de los que han muerto,
o de los que están para nosotros perdidos como los muertos.
A veces, nos hablan en el sueño;
a veces, mientras discurre las oye el cerebro.
Y con su timbre por un instante tornan
timbres de la primera poesía de la vida:
como una música, de noche, lejana, que se apaga.

Constantinos Cavafis

1. Circunstancias y lugares de la escritura

Acomienzos de enero de 1991, hice un viaje a París. Llegué por la noche y me hospedé en un pequeño hotel situado en Saint-Germain-des-Prés. Después de una rápida cena, fui a acostarme. Por razones profesionales, durante mi estadía tenía previstas algunas obligaciones en las tardes, pero las mañanas quedaban a mi entera disposición. Al día siguiente, cuando me desperté, decidí dar un paseo por la ciudad. Di una vuelta por las callecitas del Marais, luego entré a un café, o más bien a un bistrot, por los lados de la calle Roi-de-Sicile, donde me acomodé en una mesa.

Pedí un café al mesero, un señor ya no tan joven, de apariencia cordial. El lugar estaba desierto, ni siquiera se hallaban los clientes habituales del barrio. Saqué entonces de mi bolsillo el cuaderno que llevo siempre conmigo, porque ahora sé, después de todos estos años dedicados a escribir, que una historia puede llegar de improviso, y que si uno no lleva consigo el instrumento para atraparla, o al menos para esbozarla, la historia puede desaparecer con la misma facilidad con la que llegó.

2. El sueño de la noche anterior

La noche que llegué a París tuve un sueño que al despertar se me había borrado de la memoria, pero que, en ese preciso momento, en el bistrot, me volvió al espíritu con la nitidez propia de los sueños que afloran de nuevo a la conciencia cuando creíamos haberlos olvidado. Se trataba de un sueño de una inquietante extrañeza. Había soñado con mi padre.

Mi padre había muerto siete años antes a causa de una terrible enfermedad, un cáncer de laringe. Fue operado en una clínica de su ciudad. La operación fue un éxito, en el sentido de que tuvo un resultado positivo, a pesar de que, por toda una serie de complicaciones post-operatorias, su hospitalización terminó de manera desastrosa. La víspera de su salida, tras un increíble error, los médicos del equipo de la clínica perforaron su esófago introduciéndole en la garganta un tubo que debía descender al estómago para alimentarlo: el tubo atravesó el mediastino y le perforó el pulmón, dejando a mi padre al borde de la muerte. De todo el período que duró la hospitalización, ese día fue sin duda alguna el más penoso, y se fijó de manera tan profunda en mi memoria que nada podrá borrarlo.

Llegó junio y mi padre permaneció el verano en casa. Sin embargo, al cicatrizar, el esófago perforado había creado una adherencia, es decir, un cierre que impedía la deglución, y mi padre debía ser alimentado mediante una sonda que entraba a su estómago a través de un hueco situado en su flanco derecho. En esas condiciones no habría durado mucho tiempo, y era necesario practicarle una anastomosis, es decir, la reconstrucción del esófago deteriorado: una operación muy delicada, sobre todo en un paciente debilitado como él.

En esa época yo era profesor en la universidad de Génova. Había establecido una relación de amistad con un colega de la Facultad de Medicina y a veces íbamos a cenar juntos. Apreciaba sus cualidades humanas y su inteligencia en la conversación. Era un gran cirujano, pero daba muestras de esa modestia y sencillez que caracterizan a las personas de gran mérito. Armándome de todo mi valor, le propuse practicar la difícil operación de anastomosis a mi padre. Sin darme muchas ilusiones, me dijo que intentaría hacer todo lo posible. Quizá intentó lo imposible, pues la operación fue un éxito. Gracias a esa intervención, mi padre, ese invierno, reanudó su vida. Pudo retomar el ritmo cotidiano; sentarse a la mesa, comer en familia, pasear, conducir el auto, llevar a sus nietos al cine y tener una existencia prácticamente normal

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