El mundo asfixiante de David Foster Wallace

Margara Averbach, a partir de La broma infinita y El rey pálido, reflexiona con inteligencia en torno a la narrativa posmoderna de David Foster Wallace, sus temas, sus personajes, la narración fragmentada y fragmentaria, la utilización de las técnicas literarias de vanguardia, etc. Foster Wallace, al igual que los escritores con los que se identificó en vida (Thomas Pynchon, John Irving, Jonathan Franzen), narra y analiza desde cierta distancia y con una frialdad filosófica. Cuando parece que está narrando, dice la crítica, en realidad describe “un estado fijo, un corte en el tiempo”. Pero esa distancia y frialdad en el tratamiento de los temas y en el perfil intrascendente de muchos de sus personajes logra producir en sus lectores una emoción profunda, asfixiante. Wallace indaga el mundo y lo que encuentra en él es algo parecido a una pesadilla. “Si a una persona con dolor físico le resulta difícil prestar atención a cualquier cosa que no sea el dolor, una persona clínicamente deprimida no puede ni siquiera percibir a ninguna otra persona o cosa como independiente del dolor universal que la digiere célula a célula. Todo es parte del problema y no hay solución. Es un infierno”, escribió Foster Wallace en La broma infinita, según cita Margara en el ensayo publicado en Revista Ñ, del que les comparto los siguientes párrafos:

La broma infinita lo convirtió en un autor importante dentro de su país y en el resto de Occidente. Más allá de gustos personales (siempre respetables en arte), no hay duda alguna de que La broma infinita es una novela enorme en todo sentido: de más de mil páginas, con cientos de voces y personajes, una visión panorámica y negativa que es rasgo característico de Wallace, un afán de ponerlo todo en un único libro al estilo de las novelas río o las trilogías, un manejo ejemplar de las técnicas literarias de vanguardia y la constante apelación a la fragmentación, la polisemia, la pluralidad de voces y puntos de vista que es una de las marcas de la posmodernidad. Sí, Wallace es un autor difícil.

Generación XXI

Según todos los críticos, pertenece a un grupo de escritores del siglo XX y XXI que comparten esas características: todos, parte de lo que se llama “corriente literaria principal” en los Estados Unidos, es decir, todos blancos, todos hombres (no mujeres). Entre otros, Thomas Pynchon, las primeras obras de John Irving, Jonathan Franzen y siguen los nombres. La razón por la que no suele haber mujeres incluidas en estas listas (como mujer la pregunta me parece válida) tiene tanto que ver con la tendencia del canon a dejar a las mujeres de lado como con el hecho de que la del grupo es una literatura masculina en temática e intereses, en las antípodas de la literatura de escritoras blancas como, digamos, Joyce Carol Oates o Annie Proulx. Los escritores que acompañan a Wallace en la lista narran conscientemente con una mirada que se acerca a la del científico: como diría Valle Inclán, contemplan el mundo “desde arriba” y analizan lo que ven con frialdad filosófica y una falta de emociones semejante a la de un investigador frente a la mesa de disecciones.

Como ellos, Wallace explora su mundo (el de los Estados Unidos capitalistas de fines del siglo XX, principios del XXI) con minuciosidad implacable. Lo que ve es una pesadilla. En La broma infinita, traslada la acción a un futuro cercano y escribe una novela de ciencia ficción en la que las grandes corporaciones manejan incluso la denominación de los años. En ese medio, describe a los pacientes de una clínica para curar adictos por un lado (adictos a todo tipo de drogas, desde las sustancias químicas a la televisión o los libros) y por otro, a los asistentes a una escuela de tenis, dos espejos enfrentados de la misma sociedad enferma. Aquí, la palabra principal es “describe”: aunque parezca que está narrando, gran parte de la escritura de Wallace es la descripción de un estado fijo, un corte en el tiempo. El rey pálido, la novela para la que, según dice el editor, se preparó con un curso de contabilidad e impuestos, y que después abandonó sin acabar, es otra versión del mismo proyecto.

La lección del maestro

En el epígrafe, Wallace menciona a Jorge Luis Borges (como todos en ese grupo de autores, considera su modelo al argentino) y hasta se da el gusto de nombrarlo indirectamente, “a la Borges”: la cita que elige proviene de un libro que se llama “Borges y yo”. Jorge Luis Borges es el maestro de Wallace en muchos sentidos. Se le parece en su deseo de acercar las formas literarias a géneros más cercanos a la ciencia (por ejemplo, en el uso de notas al pie o enumeraciones encabezadas por cifras, una de sus características de estilo), en el placer que siente cuando desarrolla temas filosóficos (no sociales ni políticos), en la complejidad conceptual de lo que se cuenta, en la frialdad, en la introducción de su propio nombre, David Foster Wallace, como parte de la ficción y en la discusión teórica sobre la naturaleza de la literatura y el lenguaje que se desprende del texto.

Por otra parte, como dijo Borges de todos los escritores, Wallace tiene una sola historia. Podría decirse que El rey pálido retoma lo que se contaba en La broma infinita, pero sin trasladarlo al futuro. Y en esta novela, se repite también una de las paradojas de su escritura: que la frialdad y la actitud distante con que narra producen en los lectores una emoción profunda, definible como una insoportable. Ahora que sabemos cómo murió (no cualquiera elige colgarse para morir; no cualquiera elige la asfixia para huir de un mundo asfixiante), esa amargura se cierra sobre cada uno de los fragmentos de este libro, como un puño sobre los fragmentos de un jarrón quebrado, y en ese gesto, sangra y se convierte en angustia.

En ese sentido, la dificultad en la lectura no se origina solamente en la experimentación, las largas explicaciones sobre impuestos o la fragmentación en cientos de historias sino también en el peso de esa angustia sólida como una montaña, semejante a la que producen autores como J. Coetze o Jelinek, por nombrar a dos Premios Nobel

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