El placer de llegar tarde

Debido a un extraño defecto, manía o vocación, pertenezco a esa clase de personas que se distinguen por su impuntualidad. Soy ese alguien que suele llegar tarde a todas partes. Lo saben mis alumnos, mis compañeros de trabajo, mis amigos y las mujeres que, pobres, me han soportado (y esperado) en distintos momentos de mi vida. A estas alturas, ya no puedo ni quiero cambiar mis discrepancias con el tiempo; pido, más bien, comprensión y tolerancia. He llegado a decir a mis amigos que me engañen y me citen treinta o veinte minutos antes de la hora real en la que quieran verme; así conseguirán de mí una especie de puntualidad artificial y yo acudiré contento, seguro de haber llegado tarde, complacido por haber derrotado, una vez más, a las convenciones del tiempo.

El impuntual, paradójicamente, no resiste la impuntualidad de los otros (¡vaya insolencia!): con la suya basta. Llegar tarde es un asunto personal al que uno cree que tiene derecho exclusivo. Quien es impuntual se demora, pero rara vez espera. No admite competencia ni está dispuesto a esperar más allá de su propia tardanza. Pagarle a un impuntual con su misma moneda implica correr el riesgo de que abandone el lugar antes de nuestro arribo o que lo encontremos ya muy irritado. A mí, que hago de la impuntualidad profesión, me han querido hacer lo mismo, pero cuando aparecen ya no me encuentran, me he fugado. En alguna ocasión una amiga me citó a las ocho de la noche en un café. Me presenté sonriente a las ocho y media y no estaba. Esperé diez minutos, cuando mucho, y me fui. A las nueve recibí un mensaje de ella en mi teléfono celular que decía: “¿Te falta mucho? Estoy en el café, donde quedamos.” Para entonces, forever alone, yo comía palomitas en el cine. No fui capaz de tolerar su impuntualidad, sentí que se aprovechaba de mi tiempo.

Es un error pensar que a los impuntuales se nos hace tarde siempre; en realidad, sucede todo lo contrario: se nos hace temprano para partir y esperamos a que pase el tiempo mientras nos entretenemos en alguna trivialidad. Hay algo placentero en el acto de llegar despúes de lo acordado; quizás también algo de irresponsable. Disfruto mucho cuando el reloj marca la hora de la cita y yo apenas me estoy vistiendo. Comienza una disputa con los minutos y los segundos que es adrenalina pura. Ya no cumplimos y sin embargo nos apuramos para evitar mayor retraso.

La impuntualidad crónica podría relacionarse con una fobia al compromiso y la tranquilidad. No es casual que muchos impuntuales sean también solteros: les aterra el compromiso de tan largo plazo y la imaginaria estabilidad que, dicen, brinda la vida en pareja. No quieren ahogar lo único que les queda: la emoción. Su vida podría resumirse en una larga demora, una perenne postergación, un “preferiría no hacerlo”. Son amigos de la prórroga y el aplazamiento. Viven al filo de la navaja, a un día de que les suspendan los servicios de luz y agua, de que les embarguen sus casas porque no son puntuales en sus pagos. No, definitivamente no lo somos. Las llamadas que más recibimos en casa provienen de los molestos despachos de cobranza (“esta llamada está siendo grabada…”) que nos obligan a mentir decenas de veces: “sí, mañana paso a depositar”.

Queriendo enmendar esta sana costumbre de llegar tarde, esta vez al trabajo, mi antiguo jefe, un hombre de buena fe, mandó instalar un checador para que registrara, con ridícula exactitud, la hora de entrada del personal a su cargo. A los pocos días detectó mi compulsión por transgredir, aunque fuera por diez minutos, el horario establecido. Como una medida disciplinaria que creyó eficaz, empezó a descontarme parte de mi sueldo por impuntualidad, una especie de gratificación laboral invertida, un premio al “irresponsable del mes”. Pensó que me doblaría. Al paso de dos meses, y al no advertir cambio alguno en mi conducta, se dio por vencido. No retiró el checador, pero entendió que podía desempeñar bien mi trabajo, para el que concretamente había sido contratado, y llegar cinco, diez o quince minutos tarde. Que los retardos me hacían feliz y jamás interrumpían el buen desarrollo de mis labores. Por primera ocasión me sentí comprendido y no discriminado por no formar parte de una mayoría que cumple, casi a la perfección, con su minuto y hora de entrada. Se han instaurado bonos para premiar la puntualidad de los trabajadores; considero injusto que no se haga lo propio para reconocer el tesón, la constancia y el coraje de quienes somos impuntuales.

En su ensayo La inconstancia de nuestras acciones, dice Michel de Montaigne: “quienes se dedican a examinar las acciones humanas, en nada encuentran tantas dificultades como en asociarlas y en presentarlas bajo el mismo lustre. Suelen, en efecto, contradecirse de forma tan extrema que parece imposible que surjan del mismo lugar”. El que es valiente hoy, quizás mañana actúe como un cobarde; la chica que ayer oponía su castidad, hoy regala su lujuria. La mayoría de nosotros nos movemos según sople el viento. “No andamos; nos arrastran, como a las cosas que flotan, a veces con suavidad, a veces con violencia, según esté el agua embravecida o calmada”. Tiene razón el ensayista. Sin embargo, cualquiera que me examine como yo he intentado hacerlo, encontrará una constancia en el ejercicio de mis vicios, marcadamente el de la impuntualidad. Porque si somos variedad y diversidad, piezas sueltas de un rompecabezas extraviado, también somos repetición, un tropezar con la misma piedra.

Lo que Christopher Hitchens escribió para referirse a la actitud rebelde y disidente podría utilizarse para quienes practicamos el viejo arte de la impuntualidad: “Esto es algo que eres y no algo que haces.”

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