El fracaso de escribir

El narrador y poeta Fabio Morábito escribió una breve nota para Revista Ñ que disfruto mucho releer, no sólo por la incuestionable verdad que encierra, sino por su estilo aparentemente sencillo. El apunte, en su primer párrafo, dice así:

“Me fascina la anécdota de aquel hombre a quien su mujer le pidió que escribiera un justificante para su hijo que había faltado a la escuela. Mientras ella se apura en los preparativos para salir con el niño rumbo al colegio, el hombre lucha en la mesa del comedor con el justificante: quita una coma, vuelva a ponerla, tacha la frase y escribe una nueva, hasta que la mujer, que está esperando en la puerta, pierde la paciencia, le arranca la hoja de las manos y, sin sentarse, garabatea unas líneas, pone su firma y sale corriendo. Era sólo un justificante escolar, pero para el marido, que era un conocido escritor, no había textos inofensivos y aun el más intrascendente de ellos planteaba problemas de eficacia y de estilo. Quise escribir el justificante perfecto, confesó el hombre en una entrevista. En efecto, escritor es aquel que se enfrenta como nadie al fracaso de escribir y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión, mientras los demás, sencillamente, redactan.”

Está en lo cierto Morábito: sólo los escritores tienen de verdad un problema con la escritura; ese es, principalmente, cuando no el único motivo que los desvela y angustia, que los obliga a pasar despiertos cientos de noches hasta el amanecer o a encerrarse durante el día mientras afuera la vida de los otros pasa. Se dice que La Fontaine reescribió hasta diez veces sus fábulas; Chateaubriand rehacía las mismas veces una página; Buffon transcribió dieciocho veces Las Épocas de la naturaleza; Flaubert se ocupaba cinco días para lograr una buena frase; y Wilde, bromeando, escribió: “Estoy extenuado, trabajé todo el día: por la mañana puse una coma; por la noche, la quité”. Escribir es una tarea infernal, se quejaba Tomás Segovia. Se escribe y se reescribe porque una y otra vez se fracasa, no se logra la expresión literaria perfecta, se lucha por un sustantivo, un adjetivo preciso, por poner o quitar una coma, por esa maravilla que son los dos puntos, por las elipsis que permiten el punto y coma, por alargar o terminar de una buena vez con el párrafo, por encontrar incluso una melodía en las oraciones, y esto lo saben todos los escritores, para quienes la vida, casi obsesivamente, está hecha de palabras, de literatura, es el cristal con el que la miran.

“El estilo, que es algo que me tomo a pecho, me sacude los nervios horriblemente. Me lleno de despecho, me carcomo. Hay días en que me pone enfermo, y de noche tengo fiebre. Cada vez me siento más incapaz de expresar la idea. ¡Qué manía tan rara, pasarse la vida consumiéndose a propósito de palabras y sudando todo el día para redondear frases! Hay veces, es cierto, que se goza sin medida: pero ¡con cuántos desánimos y amarguras se paga ese placer”, se lamentaba ese maniático del estilo que fue Gustave Flaubert, cuya novela Madame Bovary es un portento de la prosa, un resultado genial de esa pugna con las palabras, extenuante y desigual, que quedó muy bien registrada en las páginas de su Correspondance.

La gente feliz es feliz y punto, no se detiene a cavilar sobre su felicidad o su existencia. No consigo imaginar a personas sencillas y alegres preocupadas de pronto por el cosmos o el estilo y la corrección de las oraciones; ansiosas por crear un personaje o encontrar una buena frase. No, un individuo feliz no hubiera podido escribir (porque no lo habría experimentado) lo siguiente: “…si pudieses asistir a lo que en mí ocurre, me compadecerías al ver las humillaciones que hacen sufrir los adjetivos y los ultrajes con que me abruman los que relativos”. Sólo un gran escritor, es decir, alguien que no sabe escribir y por eso escribe y escribe todos los días, pudo haber anotado, con ese tono, lo anterior.

Hubo otro hombre, como Flaubert, cuya vida estuvo atravesada, casi absolutamente, por la literatura: Franz Kafka, quien, consciente de su condición de escritor, escribió a su amada Felice Bauer: “No te espera la vida de esa mujer feliz que tú ves caminar ante ti, no te espera la alegre charla, cogidos del brazo, sino una vida monacal al lado de un hombre afligido, triste, callado, descontento, enfermizo, quien […] está atado con invisibles cadenas a la literatura, y que prorrumpe en gritos cuando uno se acerca a él, porque, según afirma, se tocan sus cadenas.” Y todo por la escritura.

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2 Responses to El fracaso de escribir

  1. Sol Cansado says:

    aquellas noches en vela…❤ incluso por la tesis jajaja😀

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