Escribir sin publicar

Eduardo Huchín Sosa escribe en Tediósfera un pequeño ensayo sobre esa clase de escritores tan olvidados por el prestigio y la fama: los que no publican, “los que no sacamos libros” porque “escribimos aquí y allá, y nunca nos atenemos al arte de la contención porque posteamos a la menor oportunidad. Publicamos pero no tenemos bibliografía. Nuestro currículo es un compendio de direcciones de Internet.” Sea por temperamento o indisciplina, esos escritores no soportan encerrarse seis meses o un año para crear una obra literaria: aparecen aquí y también allá, dispersos en blogs, periódicos, revistas o antologías. Todos saben de su existencia y su pasión por la escritura. Son escritores que no publican. Ante la invasión de libros, alguien debería agradecerlo. Los invito a leer Los que no publican:

Los libros son finalmente objetos hermosos (a menos que los edite Quinto Sol o alguien así) y pensamos en ellos con un gesto de seriedad y espanto, como si aún estuvieran cobrando la vida de centenas de copistas. Pero la literatura es una polizón por naturaleza, ha viajado en tablillas, papiros, opúsculos, ediciones Penguin, lo mismo que bolsas de cuero, maletas, vagones, sobres Multipack o kbytes del correo electrónico. Es algo que acontece de repente en alguna sección del periódico o a mitad de una presentación. En horas de trabajo y en madrugadas de compensación, incluso en los últimos minutos de una clase –vaya extravagancia– sobre literatura. Nadie sabe en dónde aparecerá ni en qué lugares intentaremos de nuevo la feliz coincidencia (como esas chicas misteriosas que van dejando pistas a lo largo de nuestra vida y salen al paso cuando buscábamos otra cosa, digamos, la bibliografía de la tesis).

Lo contundente apariencia de una biblioteca es que nos hace sentirnos culpables. No es lo mismo tener veinte kilos de periódico sin leer (sucede todo el tiempo) que una centena de libros intactos en casa. Es más sencillo apretar el botón “Dejar de seguir” en el Twitter que deshacernos de los ejemplares regalados por esos mismos autores a los que hemos dejado de seguir. A pesar de lo que nos han enseñado las mesas de novedades (donde cada día llegan títulos más insulsos), los libros nos siguen pareciendo objetos sagrados.

Y es que a veces un libro es como esos discos que se van componiendo a golpe de giras, de tocar en foros insalubres, con un público que nos insulta a la menor oportunidad y que la mayor parte del tiempo está drogado. Esa escritura de hoyo funky nos educa para la supervivencia, pero no reditúa en prestigio, pues el prestigio –ese muro edificado a base de reseñas que nos separa del resto de los contemporáneos– está destinado para aquellos que pasan encerrados veinticuatro meses en un estudio creando una obra maestra (todos sueñan con esconderse por dos años y luego salir a la superficie con The dark side of the moon bajo el brazo).

Hablamos de ciertos borradores como si del esbozo de un robo se tratara: cualquier pista, cualquier palabra dicha por error puede tirar todo por la borda. Un plan perfecto cuyo cumplimiento se sustenta en la discreción, pero también en las convocatorias de los premios. Una novela es esa otra vida que mantenemos en secreto con la esperanza de que sea el boletín bimestral de Anagrama el tabloide que saque a la luz nuestro genio.

Los otros, los que no sacamos libros, parecemos menos escritores. Los diaristas, los que no nos vamos con cautela, ni pensamos que infringimos las bases de la beca al dejar rastros por todos lados. Escribimos aquí y allá, y nunca nos atenemos al arte de la contención porque posteamos a la menor oportunidad. Publicamos pero no tenemos bibliografía. Nuestro currículo es un compendio de direcciones de Internet

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3 Responses to Escribir sin publicar

  1. marco sanz says:

    “Esa escritura de ‘hoyo funky’ nos educa para la supervivencia, pero no reditúa en prestigio…”

    • Irad Nieto says:

      Marco:

      A veces, no la escritura sino el puro ambiente del hoyo funky, es lo único que nos da prestigio. Ser más conocido por las visitas a un hoyo funky que por tu obra🙂

  2. Pingback: ¡Vamos a tratarnos bien! | Santibáñez de Valcorba (España)

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