Andrés Neuman escribe sobre las cursivas

Debo decirlo: a mí me gustan las cursivas, me agrada verlas distribuidas en un texto resaltando alguna que otra palabra, inclinando y empujando las letras con elegancia. Pero un exceso de ellas puede afear, casi siempre lo hace, el texto. En esto coincido con Andrés Neuman, quien tiene un problema personal con las cursivas, sobre todo cuando se convierten en llamativas aduanas que encienden semáforos rojos ante una palabra extranjera. Neuman nos ofrece sus razones en Revista Ñ (perdón por las cursivas, ya dije que me agradan):

La tipografía propone un discurso paralelo. A veces realza el texto, otras lo dificulta, y en algunas ocasiones directamente lo traiciona. Las mayúsculas, tan habituales en la Red, pueden contradecir una opinión prudente. Una Arial o una Courier otorgan cierta modestia a una frase pretenciosa, igual que una Garamond es capaz de solemnizar hasta un chiste. La Times ya es invisible. La negrita hace ruido. Las versales dejan un aroma a imprenta. Pero hay un espécimen particularmente delicado: las cursivas.

Un exceso de ellas accidenta el paisaje de la página, contorsiona la lectura y afea la prosa, llenándola de un inclinado sarampión. Tan precisas para señalar un título o expresar un énfasis, las cursivas se convierten en manía esencialista cuando se extienden a toda palabra extraña que se cruza en su camino. Encuentro lamentable la norma que nos exige delatar a cada extranjerismo que asome por los márgenes del texto. Como si fueran aduanas, esas cursivas impuestas ejercen de detectoras de palabras inmigrantes.

Como contrabandista de palabras, a uno le gustaría que las academias acordasen un uso tipográfico más hospitalario. Que permitiesen a las voces foráneas vestirse de paisano, integrarse en el texto redondo y decir lo suyo sin llamar la atención ni parecer sospechosas. Para cualquier hablante curioso, toda la realidad pertenece a un mismo texto y todo lo que hay en ella es lengua, su lengua. Igual que un idioma joven, igual que el chorro fresco de la oralidad, como quien canta bajo la ducha, la prosa es múltiple y una sola, un flujo continuo de raíz heterogénea.

Ojalá liberásemos a las palabras inmigrantes del estigma de las cursivas y las dejáramos mezclarse con esas otras que residen, como alguna vez dijo el extranjero Nabokov, en la punta de la lengua. Con la boca, el diccionario abierto de par en par. Porque esos vocablos también son nuestro pan hispánico de cada día.

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