Réplica a Steven Pinker

Hace un mes apareció en El Malpensante un alegato de Steven Pinker contra ese lugar común que afirma que todo tiempo pasado fue mejor; esa debilidad por atribuir al presente todos los males y retrocesos (tecnológicos, de lenguaje, de violencia, etc.), como si en verdad el pasado hubiera sido el paraíso. “La tendencia a culpar al presente y admirar el pasado está profundamente arraigada en la naturaleza humana”, escribió Pinker citando a David Hume.

En la nueva edición de dicha revista, Francisco Gutiérrez Sanín escribe una réplica al texto de Pinker, a quien acusa de haber caído, sobre todo en el tema de la violencia, en lo mismo que critica: “Una suerte de nostalgia invertida, una rencorosa reivindicación del presente contra los horrores del pasado (“recordar es morir”), que lo lleva a gruesas y primitivas simplificaciones. Vamos a toda velocidad por la gran autopista del progreso, punto.”

Leamos parte de la respuesta a Steven Pinker:

En la edición 126 de esta revista apareció un artículo de Steven Pinker dedicado a denunciar las fáciles nostalgias en las que han caído comentaristas de todas las épocas. Antes el aire era más puro, se hablaba mejor, la gente no perdía su tiempo interactuando con máquinas absurdas, era menos agresiva. Si hiciéramos un recuento de nuestras nostalgias criollas, nos encontraríamos con tópicos igualmente populares, igualmente insostenibles. “Queremos volver a una Colombia donde se pueda pescar de noche”. ¿Como por ejemplo cuándo? ¿Y a quién diablos le gustaría pescar de noche? Se puede añadir a este tipo de reflexiones todos los etcéteras que uno quiera.

Y sin embargo… Pinker parece torcer la barra tanto en la dirección contraria, que termina cayendo en algo muy similar a lo que critica. Una suerte de nostalgia invertida, una rencorosa reivindicación del presente contra los horrores del pasado (“recordar es morir”), que lo lleva a gruesas y primitivas simplificaciones. Vamos a toda velocidad por la gran autopista del progreso, punto. Las limitaciones de la argumentación de Pinker se revelan sobre todo cuando habla de la violencia: porque todo lo que decimos se vuelve más frágil y escabroso cuando lo decimos acerca de la vida y la muerte. Afirma Pinker en esencia que antes se mataba más, con más sadismo, y con menos límites que hoy. Y en su apoyo invoca algunas anécdotas reveladoras y cifras contundentes. No me voy a referir a estas, cada una de las cuales sería motivo de un debate separado, ni al hecho de que datos tomados de un pasado remoto pueden ser falsos, o exagerados, o poco creíbles, sino a los enormes puntos ciegos de su entusiasta enamoramiento por la época en que vivimos. Dice Pinker: “Desde el pico que tuvieron durante la postguerra en 1950, las muertes en el campo de batalla han disminuido radicalmente a pesar de algunos reveses”. En algunos de esos reveses se trituraron cientos de miles de vidas humanas, como en el conflicto entre Irán e Irak. Para no hablar ya de la contabilidad de víctimas civiles, en la cual es difícil encontrar grandes signos de progreso sostenido. Si hiciéramos la contabilidad de eventos en los que el uso masivo de la fuerza se dirigió principalmente hacia civiles, entonces nos encontraríamos con “reveses” como el genocidio de Camboya (probablemente el mayor evento de esta clase en términos proporcionales del siglo XX), o como el de Ruanda.

El más estridente silencio de Pinker se refiere –muy en el espíritu de su texto– al impacto del cambio tecnológico sobre la manera en que matamos y morimos. Estoy dispuesto a conceder sin aspavientos que la nostalgia inspira lugares comunes erróneos y cursis. Pero no puedo aceptar la idea de Pinker de que en punto a la violencia no hemos visto más que éxitos, puntuados por algunas recaídas. Revela un poco la actitud de la institutriz ante el infante al que hay que enderezar, pero que aún comete travesuras. “No mates niño, caca”. Y no convence. Ante todo, porque desde el fin de la Segunda Guerra Mundial nos enfrentamos a un detallito nuevo: la humanidad tiene hoy la capacidad de hacer volar la tierra en pedazos. Eso no existía antes. Y fue lo que motivó enormes movilizaciones por la paz y contra la bomba atómica en la década de los sesenta, y el desarrollo de ese esfuerzo y ese aparato institucional con el que hoy contamos y que tanto admira –y con razón– Pinker, para limitar el ejercicio y las consecuencias de la violencia. El resultado tiene aspectos emocionantes: pero es insuficiente. Hoy por hoy tenemos numerosas potencias nucleares con dudosa estabilidad –repúblicas ex soviéticas, por ejemplo–, y varios focos nucleares de alta tensión –la península coreana, Pakistán e India, Pakistán y todos los demás–. A Pinker le dan rabia los nostálgicos, y se horroriza ante las brutalidades de nuestros tatarabuelos. Santo y bueno. Pero tenemos también excelentes motivos para sentir susto por muchos de nuestros contemporáneos

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Debates, Ensayo, Revistas culturales. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s