Dos escritores conversan. Juan Gabriel Vásquez entrevista a Jonathan Franzen

El Malpensante publica una larga y muy buena conversación entre los escritores Juan Gabriel Vásquez y Jonathan Franzen, una charla íntima que se desarrolla en casa del novelista norteamericano entre el canto de diversos pájaros. Hablan de la novela como género, de la ficción, la autobiografía, de Las Correcciones, de Libertad, de David Foster Wallace… Vale mucho la pena acercarse a este diálogo, del que les transcribo una pequeña parte:

Las correcciones, el libro que metió a Jonathan Franzen entre los grandes novelistas de su generación, llevaba una semana en las librerías cuando dos aviones de pasajeros se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York. La publicación en castellano de su nueva novela, por una de esas magias del azar objetivo, coincidió con el décimo aniversario de los atentados. Libertad, una fiesta narrativa de más de seiscientas páginas cuyo título sencillo no debería despistar a nadie, es una novela familiar y obsesivamente privada, pero guarda en sus sótanos una buena cantidad de cargas políticas que tienen mucho que ver con los años en que fue concebida: los años posteriores al 11-S, los años de Bush y de Irak, los años en que palabras como “América”, “patriotismo” y –bueno, sí– “libertad” estaban en boca de todos los norteamericanos y en particular de todos los políticos. “Una de las razones del título”, me dijo Franzen cuando le hablé del asunto, “es mi intento por recuperar una bella palabra de manos de los estúpidos y volverla a poner en manos de quienes pueden apreciar su complejidad y belleza”.

Pues bien, misión cumplida: Libertad explora bella y complejamente un puñado de vidas íntimas cuyo asunto, igual que sucedía en Las correcciones, es el eterno conflicto entre lo que quieren y lo que se espera de ellas. En este choque frontal se mueve la extraordinaria historia de la familia Berglund, gente de buenas intenciones e incluso de buena fortuna; gente cuya buena fortuna, junto con todo lo demás, se va al garete de manera fascinante a lo largo de unas tres décadas. Lo que Franzen nos cuenta es el auge y caída del matrimonio entre Walter, ambientalista comprometido y marido fiel, y Patty, “una alegre portadora de polen sociocultural, una abeja afable”. Todos los sospechosos habituales están presentes: el dinero, los deportes, el sexo, las drogas y aun el rock-and-roll, en la persona de Richard Katz: músico postpunk que prefiere ganarse el pan arreglando techos antes que comprometer su integridad artística, hombre caótico que interfiere de maneras imprevistas y calamitosas en el matrimonio Berglund. Son todos personajes (encantadoramente) confundidos, y a todos les queda de maravilla la frase que una vecina insidiosa utiliza para referirse a los Berglund: “Creo que aún no han aprendido a vivir”.

¿Cómo vivir? Libertad intenta responder a esa pregunta.

Franzen divide su calendario entre su apartamento de Manhattan, donde pasa nueve meses al año, y una casa de Santa Cruz, California, a una hora y media de San Francisco por una carretera que bordea el Pacífico. Es un paisaje de acantilados, playa y niebla al mismo tiempo –el mes de agosto, en esa zona de California, es tibio y húmedo–, pero al llegar a Santa Cruz todo eso desaparece: uno está en uno de esos centros urbanos que parecen surgir poco a poco, casi a traición, y en cuyas calles silenciosas no hay peatones. La casa de Franzen es un lugar engañoso: la puerta principal da a una de esas vías de inconfundible aire suburbano, pero uno cruza el salón –dos bibliotecas pequeñas empotradas en la pared, y en ellas libros de John Updike, Don DeLillo, Philip Roth– y en pocos pasos se encuentra al aire libre, en un porche de suelo de madera colgado al borde de un barranco profundo y cubierto de árboles donde cantan los pájaros. Los pájaros son importantes en la vida de Franzen. Cuando comenzamos a hablar, lo primero que me dijo no tenía que ver con su vida ni con sus libros, sino con el canto que sonó en ese momento. “Un chingolo punteado”, dijo. “Es un hermoso pájaro”.

Me contó que unos meses atrás había estado en Colombia, cerca de la Sierra Nevada de Santa Marta, en los terrenos de una reserva natural con la que trabaja su organización. “¿Qué organización?”, pregunté. “La American Bird Conservancy”, me dijo. “Trabajamos con ProAves, un grupo conservacionista muy dinámico de Colombia. Una de las razones por las que hemos podido comprar el terreno que tenemos allí, en la selva tropical, es que en un tiempo hubo tantos combates que los campesinos abandonaron sus tierras”. El Dorado –así se llama la reserva– está a unos 1.900 metros sobre el nivel del mar. Franzen hablaba de ella y yo pensaba en Libertad y en Walter Berglund, que se pasa buena parte del libro intentando conseguir ciertos terrenos para proteger una especie en peligro de extinción: la reinita cerúlea. “En los últimos dos años”, leemos, “Walter había viajado mensualmente a Colombia para comprar extensos terrenos y coordinar con las ONG locales que fomentaban el ecoturismo y ayudaban a los campesinos a sustituir sus estufas de leña por energía solar y eléctrica”. Para Walter, baste decirlo, las cosas no salen tan bien como están saliendo para su inventor.

Jonathan Franzen nació en Western Springs, Illinois, en 1959, y creció en un suburbio de Saint Louis, en el estado de Missouri. Sus padres eran gente modesta que, sin ser muy educada, veía la educación como una herramienta de ascenso social, y siempre transmitieron a sus hijos la importancia de la lectura. (Mucho después Franzen escribiría en un ensayo: “No soporto la idea de que la ficción seria sea buena para uno, pues no creo que todo lo que está mal en el mundo tenga una cura”. Se refiere a la noción fetichista de que leer nos hace mejores personas o soluciona nuestros problemas.) “Mi padre solía leerme con frecuencia. A. A. Milne, el autor de Winnie-the-Pooh, le gustaba mucho. También Tom Sawyer. Más tarde, una versión británica de Robinson Crusoe… Los dos eran muy trabajadores y no venían de una familia privilegiada, así que nunca tuvieron ni el hábito ni el tiempo libre para leer por placer. Me llevaban a la pequeña biblioteca pública de nuestra ciudad una vez por semana, y de allí salía yo con una nueva montaña de libros… Y los libros se volvieron para mí un mundo, y mi relación principal es con ese mundo imaginativo. Los libros eran una experiencia social alternativa o aumentada. Con el tiempo llegué a libros que me parecen objetivamente buenos. Como Las crónicas de Narnia, por ejemplo. Los libros de C. S. Lewis son moralmente muy complejos. Sus mejores personajes son los niños que hacen algo malo. Esos libros me fascinaron, y tuvieron que pasar décadas para que me diera cuenta de la razón: estos eran chicos con problemas”. “¿Como usted?”, le pregunté. “Sí”, dijo Franzen, “como yo”

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