Andrés Hoyos dice adiós a Wislawa Szymborska

Andrés Hoyos, con esa escritura clara y esa pasión por la literatura que lo distinguen, escribe en la última edición de El Malpensante un breve retrato literario de Wislawa Szymborska, quien falleció apenas en febrero pasado. Andrés ofrece Un adiós a Wislawa Szymborska (1923-2012):

“¿Oyen ese ronroneo? Es el coro de las consonantes después del exterminio de las vocales”.
Stanislaw Jerzy Lec

Resulta como mínimo sorprendente que Polonia, un país pequeño cuyo idioma contiene una apiñada profusión de consonantes en medio de tal cual vocal huérfana, pueda haber generado una de las literaturas más brillantes del siglo xx. Pero así fue, y en toda la mitad, como quizá la planta más exótica del exótico jardín, está una voz, la de Wislawa Szymborska, quien murió el pasado miércoles 1? de febrero durante el sueño allá en su cama de Cracovia a la edad de 88 años.

Por mala suerte –y ella le sacó a esta fetua del destino más de un poema deslumbrante– le tocó vivir tiempos en extremo crueles. Los nazis invadieron a Polonia y luego prácticamente aniquilaron al país cuando ella era apenas una adolescente y, a partir de la segunda mitad de los cuarenta, la falsa liberación que trajo el desenlace de la guerra condujo a las mil y una variaciones del gris cemento que implantaron, también a sangre y fuego, los estalinistas. La libertad, siempre precaria en esa región del mundo, le llegó al país de la poeta cuando ella había cumplido 66 años.

Desconocida en casi todo el mundo hasta que le dieron el Nobel en 1996 en uno de los mayores aciertos de la Academia Sueca desde que se otorga el premio, Wislawa Szymborska y su obra sedujeron al mundo de ahí en adelante por amor y sin artillería pesada de ninguna especie.

Pocos que conocieran la vida de esta dama sin hijos, casada dos veces, editora de muchas décadas, hubieran predicho la personalidad que adquirió su poesía: no resultó apasionada, operática o llena de melodías románticas –al fin y al cabo la poeta era compatriota de Federico Chopin–, sino que se decantó en un perfil suave e impredecible. Sus poemas, reconocibles de entrada, tienen un aire leve que, sin embargo, nadie asociaría con el juego. Una forma de ver el resultado sería decir que Wislawa Szymborska siempre se cuidó de alimentar su insaciable curiosidad infantil y que, tras refinarla una y otra vez en el alambique de la ironía y del ingenio, la convirtió en poesía. Es la curiosidad de una niña que se rehúsa a abandonar la infancia, mientras que su ironía es la de una mujer que vivió inmersa en las trapisondas y crueldades del mundo sin entregarse nunca a ellas. Como no podía ni aceptarlas ni abstenerse de aceptarlas, las dejó flotando en el éter de una incertidumbre lírica e ingeniosa. Súmese a eso que la poeta tenía, como el más avezado de los camarógrafos, el don del ángulo insospechado y fértil: sus poemas podían partir de un retrato de Hitler cuando bebé o del consentido y luego sacrificado perro del Führer o de la óptica de un grano de arena, todo en últimas inscrito en el telón de fondo de lo que Charles Simic llamó su “alegre pesimismo”

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