Coahuila y sus escritores (“esa clase de escritores”)

(En la imagen: Julián Herbert, autor de Canción de tumba)

La revista Gatopardo publica un extraordinario reportaje de Guillermo Sánchez Cervantes, muy informado y completo, sobre un grupo de talentosos escritores que crecieron en Coahuila (Carlos Velázquez, Luis Jorge Boone, Julián Herbert, Carlos Reyes y otros más), y forjaron ahí, lo siguen haciendo, respirando una atmósfera norteña y violenta, su obra literaria. El autor del texto, acompañado por los escritores entrevistados, se va de tour por diferentes ciudades de Coahuila y logra que los lectores viajemos, paso a paso, con él. Les recomiendo la lectura completa de La golden age coahuilense. Como invitación, yo les dejo unos párrafos:

Venía de la cantina con unos whiskies encima. Llegó con las gafas de sol puestas, jeans y una playera anaranjada que resaltaba su complexión media. Se había comido un molcajete de rib eye y todavía no hacía la digestión como para dar entrevistas, me dijo Carlos Velázquez al sentarnos en el café de una librería del Fondo de Cultura Económica al sur de la ciudad de México. Te voy a decir puras sandeces, dijo. Fue la primera vez que lo entrevisté, en octubre de 2011.

Velázquez proviene del estado fronterizo de Coahuila, al norte de México, y Coahuila había sido entonces la región más calurosa del país: había alcanzando los cuarenta y dos grados centígrados en abril. El suelo de la región se ponía a hervir al mediodía y, en los cruces de calles o de carreteras, afuera de un restaurante o centro comercial, caían casquillo-tras-casquillo cerca de un cuerpo o vehículo baleado. La Laguna, zona metropolitana de Torreón, una ciudad fundada en el cruce de los ferrocarriles en su paso al norte, cerraba 2011 con mil homicidios. Tenemos todos los récords nacionales, dijo bromeando Velázquez.

Promocionaba entonces la reedición de su libro La Biblia Vaquera con Sexto Piso, una colección de cuentos que había publicado ya en 2008 —pero con distribución limitada, ya que fue editada por el Fondo Editorial Tierra Adentro—. El editor Diego Rabasa había rescatado el libro y quedó asombrado por el juego irreverente de estereotipos norteños. “Es un escritor que no tiene conciencia de serlo, mucho menos de su versatilidad para deformar la realidad”, dice Rabasa. En un cuento ponía al famoso cantante de corridos El Viejo Paulino vendiéndole su esposa al Diablo a cambio de unas buenas botas vaqueras. “Se te va la tonada, Paulino, se te va la tonada”, exclamaba su mujer.

Velázquez se quitó las gafas y comenzó a fanfarronear. Me contaba que había una especie de “golden age coahuilense”, que a simple vista sonaba a disparate. Ha de ser la digestión, pensé. Hablaba de un grupo de ocho escritores, amigos, que están entre los treinta y cuarenta años —la mayoría nombres desconocidos—, que se dedican a escribir por separado y con intereses distintos. Escriben desde ese lugar donde se encuentran las carreteras del centro que llegan a Ciudad Juárez y las que vienen del Pacífico y van a Texas —territorio en disputa entre el Cártel de Sinaloa, el Cártel del Golfo y los Zetas—, ese pedazo de tierra donde se decide a balazos el futuro de este país: un mundo sórdido y violento.

“No se trata de un movimiento, mucho menos de un bloque cultural —dijo Velázquez—, sino de una gran coincidencia: nacimos todos en los años setenta y hemos crecido y escrito sobre y desde Coahuila. Ninguna región del norte tiene hoy una generación tan sólida como la nuestra: Julián Herbert, Alejandro Pérez, Daniel Herrera, Carlos Reyes, Vicente Alfonso, Carlos Velázquez, Luis Jorge Boone y Wenceslao Bruciaga”. Es un grupo que irrumpe como golpe de mesa, tan lejos de la élite literaria que se reúne —religiosamente— en el centro del país. “Un grupo —dice Diego Rabasa— que nos está mostrando que hay algo más importante que la estadística de asesinatos. Está también su realidad”.

Julián Herbert, músico y narrador, de cuarenta y dos años; Luis Jorge Boone, poeta, de treinta y cinco, y Carlos Velázquez, narrador, de treinta y cuatro, son quienes más proyección están alcanzando. Han convertido la vida norteña en un acontecimiento literario que confronta esta región de la frontera “mutilada y olvidada”. Ya no es necesario pintar Checoslovaquia para coquetear con el establishment cultural mexicano. Así, Herbert ganó en España el Premio Jaén de Novela 2011 por su Canción de tumba, que llega este mes a México; Boone publicó su décimo libro y primera novela, Las afueras, y Velázquez llegó a las librerías argentinas, y Página/12 escribió: “Velázquez es un buen exponente de que México puede ser narrado desde dentro, cuestionando los clichés que suelen adosarse a una realidad de violencia, narco y machismo”.

“Algo tiene que estar pasando en Coahuila —dice el también escritor Yuri Herrera—, en términos de que tenemos ahí a dos de los narradores de este momento, como Herbert y Velázquez. Y un soberbio poeta, como Boone. Tal vez algo está sucediendo. La pregunta es qué y por qué”.

I
ES LA TERCERA SEMANA DE ENERO de 2012. Inicia el tour norteño. He llegado al estado de Coahuila, a la ciudad de Torreón, justo cuando se publica en los medios nacionales el nuevo ranking del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, que ubica a ésta como la séptima ciudad más violenta del mundo —con ochenta y ocho asesinatos por cada cien mil habitantes.

Por las calles andan rondando la Policía Federal y el Ejército en convoyes, trepados en camionetas con los rostros cubiertos y apuntando a los vehículos que circulan detrás, sean civiles o sicarios. Cuando se recorre esta ciudad agringada —copia de Monterrey, que a su vez es copia de Houston—, ciudad de suburbios, malls y automotrices, es imposible no darse cuenta de su silencio fantasmal: hay poca gente en las tiendas, no se escuchan los autos pitar, mucho menos las llantas derrapar. Y por las noches, en cada semáforo, la gente evita detenerse ventanilla contra ventanilla con otros vehículos. “No sabes a quién tienes al lado, si es sicario, narco, si viene armado, sólo vemos al frente esperando la luz verde”, dice Daniel Herrera, profesor de Historia y autor de Polvo rojo, un libro inspirado en la nota roja de Torreón.

Aquí está el fenómeno que todos llaman La Laguna, un área metropolitana plantada entre puro desierto, que abarca dos estados (Coahuila y Durango) y quince municipios. Apuntala, además, una identidad regional: la tierra del Santos Laguna en futbol, de la leche Lala —un acrónimo de La Laguna— y de una canción de cumbia, “El lagunero”, de la Sonora Dinamita. Sus habitantes hablan las mismas expresiones (“pillido”, “chingazo” o “pisteo”) y desayunan gorditas de asado.

Hoy, La Laguna está sitiada. La ola de violencia que ha desatado la guerra de México contra el narcotráfico ha cercado la ciudad en una guerra cruzada entre el Cártel de Sinaloa de Joaquín el Chapo Guzmán y los Zetas. La caída de Torreón, escribió el periodista Javier Garza en un reportaje para Esquire en julio de 2010, sucedió tras dos hechos consecutivos ocurridos en la segunda semana de mayo de 2007: “Carlos Herrera, dueño de una importante empresa de lácteos, dos veces alcalde de Gómez Palacio y jefe político de esa ciudad, fue atacado por un grupo que descargó decenas de tiros sobre su camioneta blindada en uno de los principales bulevares de Torreón. […] Dos días después, Enrique Ruiz Arévalo, comandante del Grupo Especial de la Policía de Coahuila que prácticamente había erradicado el secuestro en La Laguna y en los últimos años se dedicaba a capturar ‘puchadores’, fue ‘levantado’ y desapareció sin dejar rastro”.

La Policía Federal se ha ubicado en la Plaza de Armas de Torreón, que ha tomado como una especie de cuartel —aunque no hagan nada, dicen los laguneros—. Es la capital de la anarquía. La mayoría de las cantinas, antros y bares ha cerrado debido a ejecuciones y balaceras. Y respecto a los que permanecen abiertos se sospecha de narcos o al menos de un buen arreglo de dinero. Se han dejado de ver las hummers circulando por las calles y la gente ya evita hacerse de una troca, una pick-up: son las que más roban. Ni la Policía Federal ni el Ejército han podido parar esta disputa desde 2007. Y la ciudad lo está asimilando. “Cuando estamos en clase —dice Daniel Herrera— y escuchamos pasar como desesperadas las sirenas de la policía, todos nos quedamos callados. Un día, un alumno me dijo: ‘Profe, no hay pedo, ya no se preocupe, si suenan las sirenas es que ya pasó la balacera y seguimos vivos, chingón, ¿no?'”

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