Una historia de Kurt Vonnegut

La editorial mexicana Sexto Piso acaba de publicar Mientras los mortales duermen, un libro de 16 relatos inéditos del escritor Kurt Vonnegut que pronto circulará en librerías del país (recomiendo también Mire al pajarito, del mismo autor y editorial). Con ese motivo, el suplemento cultural Laberinto nos comparte Besos a cien dólares, un diálogo veloz entre un presunto infractor y un sargento puntilloso que lo interroga.

P.–¿Comprende que esa taquígrafa de ahí va a tomar nota de todo lo que usted diga?

R.— Sí, señor.

P.— ¿Y que todo lo que diga se podrá usar en su contra?

R.— Lo comprendo.

P.— Nombre, edad y dirección.

R.— Henry George Lovell, hijo. Treinta y tres años. Vivo en el 4121 de la calle North Pennsylvania, en Indianápolis, estado de Indiana.

P.— ¿Ocupación?

R.— Hasta las dos en punto de esta tarde, era director de la sección de archivos de la delegación en Indianápolis de la Mutua Eagle de Accidentes e Indemnizaciones, con sede en Ohio.

P.— ¿En la torre Circle?

R.— Exacto.

P.— ¿Me conoce?

R.— Usted es George Miller, detective y sargento del Departamento de Policía de Indianápolis.

P.— ¿Alguien lo ha maltratado, ha amenazado con maltratarlo o le ha ofrecido favores para obtener esta declaración?

R.— No.

P.— ¿Es cierto que, aproximadamente a las dos en punto de esta tarde, atacó a un hombre llamado Verne Petrie con un teléfono?

R.— Le golpeé en la cabeza con la parte por donde se habla y escucha.

P.— ¿Cuántas veces le golpeó?

R.— Una. Le di una vez, pero bien dada.

P.— ¿Qué es Verne Petrie para usted?

R.— Para mí, Verne Petrie es todo lo que está mal en el mundo.

P.— Me refería a qué es para usted dentro de la organización de su oficina.

R.— Trabajábamos en el mismo ámbito de ejecutivos de segundo nivel. Estábamos en secciones distintas. Ni él era mi jefe ni yo era su jefe.

P.— ¿Competían por un ascenso?

R.— No. Estábamos en campos completamente distintos.

P.— ¿Cómo describiría a Verne Petrie?

R.— ¿Quiere que describa a Verne con sentimiento? ¿O sólo para que conste?

P.— Como usted prefiera.

R.— Verne Petrie es un gordo sonrosado y enorme de alrededor de treinta y cinco años de edad. Tenía un cabello naranja y sedoso y dos incisivos superiores tan largos como los de un castor. Llevaba chaleco rojo con cadena y fumaba cigarros muy pequeños. Se gastaba un mínimo de quince dólares al mes en revistas para hombres.

P.— ¿Revistas para hombres?

R.— Man About Town, Bull, Virile, Vital, Vigor, Male Virile. Ya sabe.

P.— ¿Y dice que Vernie Petrie se gastaba quince dólares al mes en ese tipo de revistas?

R.— Quince por lo menos. Esas cosas suelen costar cincuenta céntimos o más, y nunca vi que Verne volviera de su hora de comer sin llevar al menos una revista nueva. A veces tenía tres.

P.— ¿No le gustan las chicas?

R.— Por supuesto que me gustan las chicas. Las chicas me vuelven loco. Me casé con una y tengo dos niños encantadores.

P.— ¿Por qué le molestaba que Verne comprara esas revistas?

R.— No me molestaba, pero me parecía enfermizo.

P.— ¿Enfermizo?

R.— Las fotografías de chicas son como una droga para Verne. Bueno, a cualquiera le gusta mirar a una pin-up de vez en cuando, pero Verne tenía que comprar toneladas. Se gasta una fortuna en ellas y son más reales para él que ninguna cosa real. Cuando en el pie de foto de una chica desnuda se dice ven a jugar conmigo, guapo o algo así, Verne se lo cree. Realmente cree que la chica se lo está diciendo a él

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