Carlos Monsiváis, “ese raro botánico”

A raíz de la publicación en Argentina de Antología esencial (Mardulce, 2012), una reunión de textos del ya desaparecido Carlos Monsiváis, con un prólogo de Juan Villoro, la conocida crítica literaria Beatriz Sarlo escribe en Revista Ñ un acucioso ensayo crítico sobra la vida y obra del cronista, literato, amante de la cultura popular, analista de la política, hombre de izquierda… ese infatigable y gran lector cuyo método no era precisamente encadenar argumentos sino producir un shock de sentido. En El barroco de Carlos Monsiváis Beatriz Sarlo apunta:

En 1985 lo conocí a Monsiváis en un simposio sobre culturas populares que Jean Franco había organizado en la Universidad de Columbia, Nueva York. Durante las sesiones, de a ratos dormitaba o mantenía un silencio hosco. En cuanto pude, aproveché un receso para encararlo con esa forma directa y un poco imperiosa, rasgo nacional argentino que a los mexicanos puede resultar intrusiva, brusca, descortés, de una confianza no autorizada previamente. Le dije que me gustaría comer con él una de esas noches, si se quedaba en la ciudad. Murmuró algo y me pidió mi número de teléfono. Días después me llamó, dio algunas vueltas; le repetí que me gustaría encontrarlo. No hubo forma. Pensé que allí terminaba una brevísima relación, que seguramente yo no había sabido llevar a mejor destino.

Los argentinos, que en esos años llegaban del exilio en México, nos habían contado innumerables historias donde nuestra frontalidad había sido humillada. De todos modos, Monsiváis me había llamado. Y lo hizo de nuevo al día siguiente. Por fin, nos encontramos a las ocho de la noche en un restaurante ruso de la calle 8. Lo primero que me preguntó fue: “¿Qué opinan de mi país tus compatriotas, los que se exiliaron en México?”. No la esperaba y enredé una retahíla convencional de agradecimiento por el asilo, etc., etc. Monsiváis me miró: “A nadie le gustó México”. Respondí como pude: “Sin embargo, algunos decidieron quedarse allí”. “Esos son los peores”, dijo y cerró cualquier posibilidad de discutir el tema.

Creí que la noche iba a terminar ahí mismo, porque no lo conocía a Monsiváis. Había hecho dos cosas diferentes y simultáneas: someterme a una prueba y burlarse un poco. Sin transición, empezó a hablar de Madonna, de Material Girl, publicado pocos meses antes, y de Billiken, la revista argentina que los dos leíamos de chicos. Todo cambió.

Desde entonces fuimos amigos. Su único defecto era que no tomaba alcohol y, cuando avanzaba la noche, conservaba un sarcasmo benevolente (si es que existe tal oxímoron), que los demás seguíamos con inadecuada lentitud mental. El, en cambio, era callado y rapidísimo a la vez: frases muy breves, silencios, otra batería de frases breves. Era una enciclopedia de cultura popular, cultura pop, y literatura. Borges (varios epígrafes de Borges hay en esta antología que acaba de publicar la editorial Mardulce) y María Félix, con música de mariachis o de los Doors. Hace unos años llegó a Buenos Aires encantado con la novedad de que había participado en un clip de Luis Miguel. A mí la situación me daba vahídos. Monsiváis la contaba como un entretenido paseo. Su capacidad para explorar lo siniestro y lo leve del humor era inagotable.

Nunca conocí a alguien con un conocimiento tan preciso y tan desprejuiciado. En literatura, disimulaba que era, además, un erudito. Más bien se presentaba como un hombre con gustos extensos, que no respondían a ninguna clasificación académica. Recitaba poemas, permanentemente, como recuerdo inevitable, como crítica, como homenaje; a veces socarronamente, a veces con una seriedad que disimulaba la emoción. Por supuesto, le fascinaba la magnificencia de las letras de boleros, a las que trataba con afectividad familiar y tolerante, ni condescendiente ni con el enamoramiento tardío de quienes conocen esas cosas después de la adolescencia. Nunca lo descubrí en la actitud esforzada de “aprender cultura popular” como si se tratara de una etnia lejana. En el íntimo prólogo de Juan Villoro, que precede la antología de Mardulce, los lectores verán un perfil mucho más exacto que el de estos apuntes. Villoro anota una cualidad que convirtió a Monsiváis en un lugar inevitable: “pródigo en aforismos que pronto serán refranes”.

Estaba muy lejos de ser un populista cultural. Ejerció una hermenéutica irónica sobre los objetos y las prácticas. Antiesencialista y libertario, nunca pensó que un núcleo “bueno” habitaba necesariamente en el fondo de lo que sucedía en las pantallas o los escenarios. Ninguno de sus textos hace un movimiento redentor inexorable por el cual lo “bajo” se trasmuta en lo verdadero, desaloja a lo “alto” y alcanza el triunfo de su reconocimiento. Tampoco creyó que pasar por los medios condenaba a las canciones o las ficciones al infierno.

Por el contrario, para Monsiváis todo el drama (o la parodia) se desarrolla en la superficie. Captó el barroco de la cultura mexicana. También él mismo tenía una sensibilidad barroca especialmente sensible a las contorsiones de la forma. Por eso, no le pedía profundidad a los actos de la cultura pop, sino efectos. Entendió que la cultura contemporánea vive de los efectos, que no son el resultado de un largo trabajo de ciframiento y desciframiento, sino la presentación espectacular de “algo” (un sentimiento, un gesto, una obscenidad, un cuerpo, un vestido). La pedagogía sexual para niños y adolescentes que descubre en Gloria Trevi no responde a un designio, sino a un movimiento físico que capta en su apariencia la sexualidad de un mundo que tiene sólo superficie y donde las leyes profundas de la moral o del intelecto no valen nada. El título del ensayo, incluido en este libro, es: “Gloria Trevi. Las provocaciones de la virtud, las virtudes de la provocación”, citando de lejos a los “infortunios de la virtud” de la Justine del marqués de Sade y las “recompensas del vicio” de su Juliette. Sincretismo-Monsiváis: el que tome la alusión que se divierta con ella; para el que la pase por alto, porque nunca es pedante, queda todo lo demás

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