Confinados por la violencia

No dejen de leer la estupenda crónica de Pedro Salazar Ugarte, Entre la ley y el miedo, publicada en el reciente número de nexos. Es un registro de la violencia, el dolor y el miedo que se vive en ciertos lugares de nuestro país, pero también una apuesta intelectual y cívica por el constitucionalismo democrático. Va un fragmento:

I
Llegué a Ciudad Victoria al día siguiente del descubrimiento de las fosas con los 193 cuerpos enterrados en San Fernando. Una parte importante de mi trabajo como académico de la UNAM consiste en impartir cursos y conferencias en el interior del país. En esa ocasión me había invitado el Instituto de Transparencia de Tamaulipas para participar en un seminario con un grupo de funcionarios de la nueva administración sobre las normas y las instituciones en el tema del Acceso a la Información, la Transparencia y los Datos Personales. El gobierno estatal había cambiado algunos meses atrás en un contexto trágico porque el nuevo gobernador había ocupado la candidatura de su hermano asesinado en plena campaña electoral. Las cosas en esa entidad se habían deteriorado de repente y, en pocos meses, la capital del estado había pasado de ser una ciudad tranquila a convertirse en el campo de batalla de una guerra entre narcos, policías y militares. Las ciudades aledañas llevaban algún tiempo convertidas en un polvorín semejante.

De mi arribo a la ciudad —la “Ciudad Amable” según anuncian los carteles del aeropuerto— recuerdo un calor infernal, la calidez de Juan Carlos y de Andrés —mis anfitriones—, el ánimo cabizbajo de los viajeros y, sobre todo, el desánimo de los locales. Yo mismo me sentía incómodo, desenfocado. Las historias de los muertos de San Fernando —y la que acababa de leer en el avión sobre unos padres en Valle Hermoso que recibieron un mensaje de texto de su hijo notificándoles que unos hombres armados habían entrado al restaurante donde cenaba— me acompañaron durante el vuelo porque eran la nota de todos los periódicos del día. Una violencia sorda flotaba en el ambiente. Después de meses escondida debajo de la alfombra la podredumbre, finalmente, saltó a la arena nacional. Tamaulipas, como ya lo eran Michoacán y Guerrero, y después lo serían Nuevo León y Coahuila, se había convertido en el foco de la atención y en el nido del miedo.

“No te preocupes”, me advirtió como saludo Juan Carlos, “rentamos un auto seguro para llegar con bien a la ciudad”. Y, en efecto, al salir del aeropuerto abordamos un auto compacto y sin lujos que —según me explicó— era el medio de transporte que brindaba mayor seguridad al circular por Tamaulipas. Un vehículo en el que puedas hacerte invisible ante los ojos de los muchos criminales que andan sueltos: “así no llamamos la atención”, aseguró Andrés. Mis amigos no podían saber que sus precauciones me alarmaban mucho, porque confirmaban que allí se estaba viviendo en una situación de emergencia.

A la mitad del camino —no más de 40 kilómetros— que separan a la ciudad del aeropuerto existe un cruce que los locales miran con recelo. “A partir de esa gasolinera y hacia allá, mejor no vayas”, me explicó Andrés, “porque los halcones ‘te ponen’ y te atrapan los mañosos”. La Joroba le dicen a esa encarnación mexicana del triángulo de las Bermudas. ¿Y quiénes son?, pregunto indagando por los unos y los otros. El halcón puede ser cualquiera —el limpiavidrios, el despachador de gasolina, un vendedor de periódicos, la mesera— y los mañosos suelen ser los del Golfo o, peor aún, los de Los Zetas. Describen a su nueva realidad con la naturalidad de quien ha logrado asimilar un diagnóstico adverso. “Si llevas una camioneta de mamá —una Durango por ejemplo— o un Jetta, estás jodido”, me asegura el propio Andrés, repitiendo una lección que tienen aprendida los locales. También están los “buenos malos” —que son los peores— porque es la Policía Municipal al servicio de los cárteles. “Ésos te secuestran, te roban y, después, te venden a los mañosos”, remata. Lo dice así, como quien cuenta que llueve mucho por su casa. Me narran todo eso antes de reducir la velocidad del Chevy color blanco y de mostrarme con detenimiento el lugar exacto en el que masacraron al candidato, Rodolfo Torre Cantú, y a tres personas más, el 28 de junio de 2010, justo en el kilómetro siete y a las 10:30 a.m., cuando se dirigía, precisamente, al aeropuerto. Por unos instantes me marea el desconcierto y me pregunto azorado qué hago aquí.

Me tocó hablar en una tarde ventosa sobre transparencia gubernamental a los funcionarios de un estado inexistente. Y aunque todo salió bien, me acompañó una sensación de desamparo que se potenció cuando los integrantes de mi auditorio escaparon apenas se tomó la foto del recuerdo. “Nadie quiere estar de noche en la ciudad”, me dijeron los amigos. “Yo tampoco”, pensé para mis adentros, y apenas divisé una ciudad languideciendo de camino al Holiday Inn Express en el que pasé la noche antes del regreso. Me acosté cubierto por el anecdotario del terror y con la angustia como almohada. Y, como no podía dormir, prendí el televisor para distraerme. Fue un error porque nadie hablaba de otra cosa. Canal tras canal aparecía el presidente Calderón acusando a la policía local de Tamaulipas de mantener una grosera alianza con el crimen. Las noticias hablaban de Valle Hermoso, de Tampico, de Reynosa y, como una puntilla para mi ánimo, de Montemorelos, Nuevo León, la tierra de mi padre.

Entonces, caí en cuenta de que, al secuestrarnos el presente, los autores de la violencia lograban evaporar nuestro futuro y encapsular los recuerdos del pasado. En mi caso estaba perdiendo las rutas de la infancia; las que me condujeron decenas de ocasiones desde Montemorelos hasta MacAllen y, desde ahí, hacia Monterrey. Esos caminos entrañables habían sido ocupados por convoyes de camionetas cargadas de sicarios. La felicidad con la que recorrí esas rutas naranjeras había sido canjeada por el temor real que me asaltaba tan sólo de pensar en el recorrido desde el hotel hasta el aeropuerto al día siguiente. Un miedo que me habían regalado los locales: “Yo no lo llevo antes de las 7:10”, me dijo el conductor encargado de llevarme a los aviones cuando le pedí que programáramos la salida del hotel a las 6:50 a.m. para llegar con tiempo al aeropuerto. Yo quería salir temprano porque la sola idea de perder el vuelo me resultaba estrafalaria. Pero, a esas alturas, el argumento que utilizó sonó convincente: “Antes de esa hora todavía está oscuro”. El miedo es contagioso y en esa ciudad había estallado una epidemia

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