Transparentar los premios literarios

En una nueva colaboración para el Blog de la Redacción de Letras Libres, y retomando el tema de los premios literarios, Gabriel Zaid propone dar claridad a los concursos y premios en literatura, hacer pública la vida pública de las instituciones culturales y sus galardones. Muchos de los premios sin prestigio suelen estar amañados, arreglados, pero poco importa: son actos de relaciones públicas o cocteles para presentar en sociedad a un escritor mediocre que interesa a una casa editorial o a una institución pública. Sin embargo, como bien lo ilustra Zaid en el caso de la creación del Premio Xavier Villaurrutia en 1950, los premios “pueden se creadores: aportar una perspectiva inédita en la recepción de una obra. Animan al premiado y a la comunidad lectora en una dirección significativa […] Lo que está en juego es más importante que el dinero: la orientación de la opinión pública, la confianza en que los certámenes son serios”. Ocurrió así con Juan Rulfo, que obtuvo el Premio en 1955, y con Salvador Elizondo, que lo ganó en 1965. Si se quiere tener competencias de verdad, serias, que apuesten por la calidad y la novedad, que destierren el amiguismo y el espaldarazo de las camarillas, las reglas deben ser claras, la selección del jurado: rigurosa y, por qué no, como lo vislumbra Zaid, se podrían filmar las discusiones y deliberaciones del jurado que finalmente sustenten el dictamen que anuncia al ganador (si se graban los debates del parlamento y la Suprema Corte, si se someten, para mayor claridad, al escrutinio ciudadano, no hay razones consistentes para mantener en secreto, en sigilo, el funcionamiento de los premios literarios).

Gabriel Zaid exige explicaciones:

“Si el jurado del Premio Villaurrutia 2011 (Silvia Molina, Ernesto de la Peña e Ignacio Solares) no encontró nada mejor que los libros de dos veteranos mediocres (Sealtiel Alatriste y Felipe Garrido, de 63 y 70 años), debió declarar desierto el premio. La Sociedad Alfonsina Internacional y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que lo organizaron, nos deben explicaciones:

“1. ¿Cuáles son las reglas del Premio Villaurrutia? ¿Dónde están publicadas?

“2. ¿Quién nombró a los jurados, con qué criterio? ¿Señalaron sus posibles conflictos de interés? ¿Se abstuvieron de votar en algún caso?

“3. ¿Dónde se publicó la convocatoria? ¿Quiénes podían ser candidatos y quiénes no? ¿Cómo llegaron las candidaturas al jurado?

4. ¿Dónde está la lista de las obras que concursaron? ¿Cuántas sesiones dedicaron a su discusión? Si fueron decantando sus preferencias en votaciones sucesivas, ¿cuál fue el resultado de las votaciones intermedias? ¿Quiénes quedaron como finalistas?”

Ahora les comparto los primeros párrafos del artículo de Zaid Claridad en los premios:

Carlos Pellicer invitó a cenar a unos amigos, y a los postres les anunció una primicia. Estaba escribiendo sus Sonetos a la Virgen y les leyó algunos. Como era natural, se deshicieron en elogios. A lo cual respondió:

–Mis queridos amigos. Estos sonetos concursaron en los Juegos Florales de Sahuayo. Ustedes fueron los jurados y no les dieron ni mención.

Alejandro Avilés y Manuel Ponce, separadamente, me contaron su desconcierto, y me aseguraron que los inconfundibles sonetos nunca llegaron a sus manos. Alguien hizo una preselección para ahorrarles trabajo, y ellos escogieron lo mejor que encontraron.

La administración descuidada desprestigia los premios. Los enjuagues existen, pero no hacen falta para que el resultado sea injusto. El jurado, los concursantes, los administradores y patrocinadores pueden actuar de buena fe con resultados sin sentido.

Hay quienes piensan que los premios deberían suprimirse porque están amañados y, aunque no lo estén, son inciertos como indicadores de excelencia. La lista de premiados y no premiados con el Nobel de literatura parece darles la razón. No se puede decir que el primero (Sully Prudhomme, 1901) y el primero de lengua española (José Echegaray, 1904) sean mejores que Tolstói, Proust, Kafka o Borges, que no fueron premiados.

Kjell Espmark, que presidió el jurado de 1988 a 2005, trata de explicar lo que sucede en El Premio Nobel de Literatura: Cien años con la misión, y destaca el problema de la claridad. El mandato escrito por Alfred Nobel para los cinco premios anuales pedía el galardón para quienes hubiesen “llevado a cabo el mayor servicio a la humanidad” en el año anterior; y, en el caso de la literatura, para quien “haya producido lo mejor en sentido ideal”. A partir de esta vaguedad, ¿cómo proceder?

Se comprende que algunos miembros de la Academia sueca propusieran rechazar la encomienda. Convertirse en tribunal de lo mejor en el planeta era ajeno a su misión y superior a sus fuerzas. Estaban dedicados a cuidar el sueco: preparar diccionarios y editar a sus clásicos. (Curiosamente, ni Espmark ni la página oficial de la Academia mencionan que el primer proyecto de estatutos fue encargado a Descartes por Cristina de Suecia, que quería hacer de Estocolmo una Atenas del Norte.)

Nadie propuso a Tolstói para inaugurar el premio de literatura; y, cuando se supo que el honor había sido para Prudhomme, se armó un escándalo. Docenas de escritores suecos protestaron en una carta pública a Tolstói, “venerado patriarca de la literatura contemporánea”. Tolstói la agradeció, aunque en la respuesta dijo también estar contento: se salvó de un dinero que “no puede hacer otra cosa que daño”. La respuesta sirvió para que el año siguiente, cuando sí fue presentado, tampoco fuera premiado. Todavía en 1905, hubo un dictamen (encontrado por Espmark en los archivos) donde se condenaba La guerra y la paz por atribuir “al ciego azar un papel tan decisivo en grandes acontecimientos de la historia mundial”.

¿Por qué se han multiplicado los premios? Porque son baratos. Los premios que apoyan el lanzamiento de un bestseller son nada frente al negocio del editor. Naturalmente, la mayor parte de los premios no sirven para vender, pero son actos de relaciones públicas tan baratos para vestir a las instituciones que fácilmente acaban manejados de cualquier manera, con resultados contraproducentes: la oscuridad o el escándalo. Innecesariamente, porque si se quiere celebrar a alguien, basta con organizarle un homenaje, sin las complicaciones de un supuesto concurso donde resulta ganador

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