Entrevista con Paul Auster

La edición española de la revista Rolling Stone publica un excelente retrato y entrevista con el escritor Paul Auster, quien acaba de publicar Diario de invierno y ha comprado, junto con su esposa, nichos en un cementerio, pues dice estar ya preparado para la muerte. ¿Quién es, quién fue Paul Auster, y cómo llega al final? El texto que sigue es de Bárbara Celis:

Entrar en un cuarto de baño, sentarte discretamente a evacuar y ser atacado por una pila de libros en dudoso equilibrio, coronados por uno muy grueso, abierto por el capítulo “Daños cerebrales irreversibles” y titulado La mente y sus dolencias, sólo puede ocurrir en dos lugares: o en casa de un médico o en casa de un escritor. Fue una escena sin víctimas, quien escribe estas líneas recogió los libros que se precipitaron desde el alféizar y colocó el libro abierto en la misma página (creemos) en la que estaba, aunque el cuarto de baño, en el segundo piso de una acogedora casa de ladrillo y madera, no era la residencia de un escritor sino de dos: Paul Auster y Siri Hustvedt, una de esas parejas a las que, tras la frialdad de su trato inicial, uno colocaría en la parte de atrás del coche colgando de una ventosa para dejarle claro al mundo que, como se hace en Facebook, “me gustan”.

Las dolencias mentales no son lo que en estos días preocupa a Paul Auster, así que probablemente el libro que provocó el desastre (estrepitosa caída en masa junto a la taza del váter) tenía relación con el mundo de ficción de Siri Hustvedt, también escritora de éxito, aunque menos conocida en España que Auster. No hubo posibilidad de confirmarlo ya que la visita al cuarto de baño se produjo al final de una entrevista con el escritor, quien tenía prisa por ver marchar a la periodista: había organizado su tarde pensando que el encuentro sería una hora antes de lo acordado y ya tenía planes inamovibles que llevar a cabo.

De ahí que el recibimiento inicial no fuera especialmente cálido: “Llega usted una hora tarde”, gruñó según abrió la puerta de su residencia en el corazón de Park Slope, ese barrio de Brooklyn hoy colonizado por miles de parejas blancas con niños y en el que Auster y Hutsvedt fueron pioneros cuando su hija Sophie tenía apenas tres años. Hoy la niña tiene 24 y Paul Auster acaba de cumplir 65, “esa edad en la que el Estado te declara oficialmente viejo”, dirá más tarde con cierta sorna.

Afortunadamente para la periodista, el agente del escritor llama en ese instante y confirma que el error en la hora de la cita ha sido de Auster. Eso provoca su cambio de humor inmediato. El escritor se disculpa efusivamente, se llama idiota a sí mismo y se lo explica a su mujer, que acaba de entrar en casa con la compra y saluda con una gran sonrisa nórdica (es de origen noruego). Siri Hustvedt es alta, esbelta, bonita y amable y su marido se referirá varias veces a ella durante la entrevista como “mi querida Siri” o “mi pobre Siri”, según si habla de momentos compartidos o de cómo sufre al verla enfrentarse cada mañana a toneladas de emails, un medio que a él le produce alergia.

Como para relajarse del estrés de la infructuosa e innecesaria espera provocada por la confusión horaria, Auster enciende un purito mientras se repantiga en un sillón y le ofrece asiento a su interlocutora. “Sólo tenemos una hora pero será suficiente, ¿no? Por cierto, tu cara me suena, ¿nos hemos visto antes?”, inquiere mientras se limpia la ceniza que se le ha caído sobre su anodino jersey azul.

Tiene buena memoria, pero ya no es el Auster atractivo e imponente de hace apenas unos años. Sigue siendo un hombre guapo, alto y delgado pero el paso del tiempo está ya marcado en su pelo canoso, en su rostro cansado y su característica mirada feroz y felina se ha oscurecido respecto a la última vez que esta periodista se encontró con él. Sus movimientos desvelan que ya no tiene esa agilidad física que aún conservaba hace unos pocos años –le cuesta sentarse y levantarse del sillón– y, como él mismo dice, ha entrado en el invierno de su vida. Entender y aceptar que el cuerpo es un mecanismo que envejece con el tiempo es lo que le ha llevado a escribir unas memorias tituladas precisamente Diario de invierno

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