La estrella de madera, de Marcel Schwob

Cada tanto suelo regresar a las páginas de La estrella de madera, un maravilloso y bellísimo relato, poema en prosa, de un extraordinario escritor: Marcel Schwob. En el sitio de la revista Fractal puede encontrarse y disfrutarse este texto irrepetible. Les paso un fragmento:

I

Alain era el nieto de una vieja carbonera del bosque.

En ese antiguo bosque había más claros que caminos: había también prados redondos protegidos por altos robles; lagos de helechos inmóviles sobre los que planeaban ramajes frágiles y frescos como dedos de mujer; familias de árboles graves como pilastras, que se reunían para murmurar durante siglos las deliberaciones de sus hojas; estrechas ventanas de ramas que se abrían sobre un océano de verdor donde temblaban largas sombras perfumadas y los círculos de oro blanco del sol; islas encantadas de brezales rosas y ríos de aulagas; enrejados de resplandores y de tinieblas, grandes espacios naturales en donde surgían, todos temblorosos, los jóvenes pinos y los robles pueriles; camas de agujas rojizas en las que las horcaduras musgosas de los viejos árboles parecían hundirse a media pierna, nidos de ardillas y guaridas de víboras; mil estremecimientos de insectos y trinos de pájaros. Cuando hacía calor, zumbaba como un gigantesco hormiguero; y retenía, después de la lluvia, una lluvia propia, lenta, sombría, pertinaz, que caía de sus cimas y ahogaba sus hojas muertas. Tenía su respiración y su sueño; a veces roncaba, a veces callaba, mudo, sorprendido, vigilante, sin un roce de serpiente, sin un trino de curruca. ¿Qué esperaba? Nadie lo sabía. Tenía su voluntad y sus gustos: lanzaba rectas y veloces líneas de abedules, que caían como flechas; luego le daba miedo, y se detenía en un rincón, estremecido, bajo un bosquecillo de álamos temblones. También llegaba a poner un pie en el lindero, casi en la llanura, pero de inmediato retrocedía, y volvía al frío horror de sus más altos y profundos oquedales, a su centro nocturno. Toleraba la vida de los animales, y no parecía tomarla en cuenta; pero sus troncos inflexibles, resistentes, como relámpagos solidificados que brotaban de la tierra, eran hostiles a los hombres.

Sin embargo, no odiaba en lo absoluto a Alain: le ocultaba el cielo. Durante mucho tiempo el niño no conoció otra luz que un turbio y lechoso verdor del aire; y, al llegar la noche, veía la carbonera motearse de puntos rojos. El misericordioso viejo bosque no le había permitido mirar todo lo que el cielo nocturno arrastra de oro y plata. Así vivía al lado de una buena mujer cuyo rostro, surcado como una corteza, se había quedado fijo en las inmutables líneas del reposo de la vida. Le ayudaba a cortar las ramas, a apilarlas en las carboneras, a cubrir los montones de tierra y de turba, a vigilar el fuego, que tiene que ser suave y lento, a clasificar los trozos para hacer las negras pilas, a llenar los sacos de los porteadores a los que apenas se les veía la cara entre las tinieblas de las hojas. A cambio de eso tenía el privilegio de escuchar al mediodía el parloteo de los ramajes y de los animales; de dormir bajo los helechos cuando hacía calor; de soñar que su abuela era un roble torcido, o que la vieja haya que siempre miraba la puerta de la choza iba a arrodillarse y venir a tomar la sopa; de observar en la tierra la huida constante de la inasible moneda del sol; de reflexionar que los hombres, su abuela y él no eran verdes y negros como el bosque y el carbón; de mirar hervir la marmita y acechar el instante de su mejor aroma; de hacer gorgotear su cántaro de cerámica en el agua de la charca que estaba atrapada entre tres rocas redondas; de ver surgir un lagarto al pie de un olmo como un retoño luminoso, ondulante y fluido, y, en el hueco de la espalda del mismo olmo, también podía ver hincharse el fuego carnoso de un champiñón.

Tales fueron los años de Alain en el bosque, entre el dormir soñador de los días, y el soñar adormilado de las noches; y ya había cumplido diez.

Un día de otoño se desató una gran tormenta. Todos los oquedales gruñían y jadeaban; dardos rutilantes de lluvia se hundían una y otra vez en la maraña de las ramas; las ráfagas aullaban y se arremolinaban en torno de las cabezas canas de los robles; la joven albura gemía, la vieja se lamentaba; se oían las quejas del viejo corazón de los árboles y hubo algunos que fueron heridos de muerte y cayeron allí mismo, arrastrando fragmentos de su copa. La verde carne del bosque yacía acuchillada con sus heridas abiertas, y por esas dolorosas aberturas penetraba en sus entrañas de sombra empavorecida la luz horrible del cielo.

Esa noche el niño vio una cosa sorprendente. La tempestad se había alejado y todo volvía a quedar mudo. Se sentía una especie de gloria apacible luego de un largo combate. Cuando Alain fue con su escudilla por agua a la charca de la roca, entrevió destellos que titilaban, temblaban, parecían reír en el rústico espejo con una risa helada. Primero pensó que eran puntos de fuego como los que brillaban en las carboneras; pero éstos no quemaban los dedos, huían de su mano al tratar de cogerlos, se balanceaban de un lado a otro, luego volvían obstinadamente a cintilar en el mismo lugar. Eran fuegos fríos y burlones. Y Alain veía flotar entre ellos la imagen de su rostro y la imagen de sus manos. Entonces volvió sus ojos hacia lo alto.

A través de una gran herida oscura del follaje, distinguió el vacío radiante del cielo. El bosque ya no lo protegía más, y sintió cierta vergüenza de su desnudez. Pues desde el fondo de ese vasto claro azulado tan lejano, una multitud de ojitos implacables relucían, pupilas muy penetrantes, guiños que centelleaban, todo un picoteo de rayos. Así, Alain conoció las estrellas, y desde ese momento las deseó.

Corrió al lado de su abuela, que atizaba pensativamente la carbonera. Y cuando le preguntó por qué la charca de la roca reflejaba tantos puntos brillantes que temblaban entre los árboles, su abuela le dijo:

–Alain, son las hermosas estrellas del cielo. El cielo está encima del bosque y los que viven en la llanura lo ven siempre. Y todas las noches Dios enciende en él sus estrellas.
–Dios enciende en él sus estrellas… –repitió el niño–. ¿Y yo, abuela, podría encender estrellas?
La anciana mujer le puso en la cabeza su mano dura y cuarteada. Era como si uno de los robles hubiese tenido piedad de Alain y lo acariciara con su resistente corteza.
–Eres demasiado pequeño. Somos demasiado pequeños
–dijo–. Sólo Dios sabe encender sus estrellas en la noche.
Y el niño repitió:
–Sólo Dios sabe encender sus estrellas en la noche

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