El cerebro del votante

Si se puso de moda anteponer el prefijo neuro a casi todas las actividades y disciplinas: neurolingüística, neurosociología, neurocomunicación, neuroeconomía, neuromarketing, neuroadministración, no debería sorprendernos que los estudios del cerebro cobren auge en el mundo de la política. Los escáneres y diversas tecnologías que develan movimientos en el cerebro han aportado, los últimos años, información apetitosa a estrategas, consultores y líderes políticos acerca del cerebro del votante. ¿Cuáles son las reacciones cerebrales que experimenta una persona cuando observa, escucha y saluda a un político? ¿Qué motiva a un ciudadano a elegir a determinado candidato y no a otro? ¿Hay cerebros de izquierda y de derecha? Antes que guiados por lo racional, los estudios más recientes sugieren que votamos desde nuestros valores, emociones y prejuicios, afirma Federico Kukso en un artículo publicado en Revista Ñ. La vida estriba en elegir, en tomar decisiones a cada momento; y parece que lo hacemos (la mayoría de las veces) inconscientemente, orientados por las emociones.

Acá una parte del texto:

Cuando el gobierno francés decidió crear una oficina de neuropolítica en mayo de 2010, se pensó que Nicolas Sarkozy finalmente se había vuelto loco. O que la ex modelo y cantante italiana Carla Bruni le había llenado la cabeza con tantas elucubraciones pro-científicas que el presidente galo había capitulado ante el lobby de los guardapolvos blancos. Pero no fue el caso. La fundación de esta por entonces nueva unidad gubernamental dirigida por el investigador Olivier Oullier, más bien, estaba en sintonía con una tendencia, una moda aún en boga, aquella obstinación de anteponerle el prefijo “neuro” a casi todo: neuromarketing, neuroeconomía, neuroadministración, neuroética, neurosociología, neuroarte, como si los últimos descubrimientos de las ciencias del cerebro hubieran provocado un terremoto conceptual de tales magnitudes que las demás disciplinas se vieron obligadas a reacomodar sus fichas y a prepararse para una recategorización.

La política, obviamente, no fue la excepción. La tentación era demasiado grande. La resonancia magnética funcional, los escáneres y los diversos métodos que desnudan al cerebro le daban acceso por primera vez a consultores y demás animales políticos a aquella caja negra por milenios vedada; aquella verdadera terra incognita que desearon siempre conocer e invadir para afinar y garantizar el éxito de sus estrategias y pretensiones: el cerebro del votante, el interior de esa masa gelatinosa y colmada de cien mil millones de neuronas en la que se gesta el voto, siempre tamizado por los prejuicios, el dogmatismo y el fanatismo que, confesémoslo o no, todos tenemos.

¿Habría Maquiavelo escrito El Príncipe si hubiera contado con estas herramientas? Como ocurre con la mayoría de las ucronías, no hay certezas. Lo cierto es que los “neurocientíficos sociales” –como les gusta definirse a esta nueva estirpe de investigadores que aplican las ciencias exactas en los ambientes más inexactos: la sociedad y el comportamiento humano– cada vez con más insistencia abren las ventanas de la mente para aportarle una respuesta cautelosa a antiguos interrogantes: ¿Qué reacciones tiene una persona cuando escucha, observa, mira a un político? ¿Qué motiva a una persona a votar a determinado candidato, a votar en blanco o a depositar una rodaja de salame en el sobre? ¿Hay un cerebro “de izquierda” y un cerebro “de derecha”? ¿Qué ocurre en el oscuro laberinto del cerebro durante una campaña electoral? Lo que menos hay, saben estos investigadores, es frialdad. Hace tiempo derrumbada la teoría de la elección racional y extinto el homo economicus, los últimos estudios nos revelan que no votamos teniendo en cuenta los hechos concretos. Más bien, votamos desde nuestros valores, estrechamente ligados a las emociones.

“La toma de decisiones no es un proceso lógico ni computacional. Está guiada por lo emotivo –señala el neurocientífico Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) que, junto con la consultora Stark Labs, organizó recientemente la conferencia internacional “El cerebro político”–. Vivimos tomando decisiones. La vida es eso: elegir. No procesamos los pros y los contras de cada elección. La toma de decisiones es automática, inconsciente en la mayoría de los casos y está guiada por la emoción. El voto político no escapa a esta lógica”

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