Ensayo: “género degenerado”

Ahora que a las tesis académicas, artículos dizque científicos, editoriales, comentarios políticos y trabajos de escuela se les llama ensayos, Luigi Amara reivindica y aboga por el “ensayo ensayo”: esa escritura artística que avanza, se desliza, se detiene, se enrosca y vuelve a deslizarse sinuosa, libre y suavemente como una serpiente. Quienes admiramos la creación de Montaigne lo sabemos: el ensayo se despliega cuando un yo, una subjetividad, palpa, degusta, experimenta y examina el peso de las cosas. Porque tienta, el ensayo es tentativo; también es tentador. Quien ensaya, quien de veras ensaya, no busca ofrecer una verdad, una conclusión, sino pasear por algunas de sus orillas, acercarse, mojarse los pies y, quizás, retroceder. Montaigne fue claro y sincero: sus escritos son ensayos de sus facultades naturales: tentativas, aproximaciones, meditaciones dispersas. Él es (y con él lo somos todos) el objeto de su libro. Sus páginas no ofrecen, porque nunca quisieron hacerlo, la medida de todas las cosas, sino la medida de su alegre inteligencia. Quien busque ciencia, que la pesque donde hay, advirtió. Quien persiga la formalidad y el rigor, quien tema someterse y exponerse a un escrutinio personal, que no ensaye. “El ensayo es un ‘género degenerado’”, dice Luigi Amara. Una escritura personal, experimental, diletante, dialógica, digresiva, viajera, juguetona, una conversación sobre la página que huele a café.

Cuando uno lee los ensayos de todos ellos: Montaigne, Bacon, Dr. Johnson, William Hazlitt, Jonathan Swift, Stevenson, Charles Lamb, Emerson, Oscar Wilde, Virginia Woolf, Borges, Paz, Zaid, Rossi, Juan Villoro y muchos otros, uno puede suscribir sin problemas la afirmación de Luigi Amara (que escandalizará a algunos): El ensayo “básicamente es invención”. Es arte y literatura.

Comparto con ustedes algunos párrafos del texto El ensayo ensayo, publicado en Letras Libres (febrero, 2012):

Más que la imagen del centauro, que Alfonso Reyes propagó pero que deja un sabor a quimera o a hibridación, a no sé qué de forzado y casi imposible, la imagen que más me gusta para representar el ensayo es la serpiente. Como una serpiente fue que Chesterton sintió que se deslizaba el ensayo: sinuoso y suave, errabundo y a veces viperino. El ensayo, al igual que la serpiente, tienta y es tentativo; no se anda por las ramas sino que avanza por tanteos. Chesterton veía también en él la semilla de algo maligno, de algo capaz de ufanarse de su irresponsabilidad, de no querer llegar a nada sino de solo recorrer el camino, ¡y para colmo de manera ondulante! Pero ese toque maligno que percibía Chesterton –el ortodoxo y católico y gran ensayista Chesterton, padre del padre Brown–, que se manifiesta en su naturaleza elusiva, impresionista y cambiante, en ese estar de lado de lo incierto y lo fuera de lugar, es nada menos lo que hace que el ensayo ocupe un lugar en la literatura y sea, por decirlo así, una forma de arte, algo más que una vía egotista de proferir opiniones o una mera “prosa de ideas”.

Lo mismo en Montaigne que en Bacon, los dos fundadores del ensayo, está la idea del tanteo, de experimentación, la inquietud de paladear las cosas por uno mismo. Su verbo característico es “probar”, no en el sentido de demostración, sino de ver a qué sabe. Con el ensayo se avanza por el terreno solitario de la subjetividad, de espaldasa las doctrinas establecidas, con el fin de sopesar un asunto, cualquiera que este sea, en la báscula interna, someterlo al escrutinio de la experiencia personal, a su ensayo. El género nace con un ojo puesto en el escepticismo y otro en la reivindicación de la experiencia; descree de lo aprendido, sigue el sendero de la herejía y entonces voltea hacia la propia subjetividad, ese asidero no menos tambaleante. El ensayo sería poca cosa si no fuera también una forma de palparse, de ir al encuentro de uno mismo, de tentarse: Montaigne, explorador de sí mismo, concebía al yo como algo tentativo, en construcción, inestable; decía que había hecho su libro tanto como su libro lo había hecho a él.

Todo esto lo escribo con un poco de bochorno pues sé que es de sobra conocido; pero lo escribo de todas formas porque me parece que esas dos cualidades del ensayo –su acento subjetivo y su sinuosidad tanteadora– están ausentes de mucho de lo que hoy se considera ensayo. Pasa tal vez que la libertad con que discurre el género ha contagiado nuestro vocabulario y entonces cualquier texto en prosa, desde el artículo deperiódico hasta la tesis académica, desde el comentario político hasta en últimas fechas la novela, se consideran ensayos. Como de pronto todo mundo dice escribir ensayo, y hay colecciones de ensayo y premios de ensayo que no publican ni premian ensayo –sino más bien estudios, monografías, colecciones de artículos, tesis para obtener un grado, maquinazos, reseñas presuntamente críticas, discursos–, a fin de distinguirlo de esa variedad de textos de una cercanía engañosa algunos se han visto en la necesidad de denominarlo “ensayo literario”, “ensayo libre” o “ensayo personal”, mientras que otros hemos preferido referirnos a él, con algo de énfasis y de nostalgia, como “ensayo ensayo”. Es verdad que el género es tan elástico y movedizo, tan receptivo y abierto que no tiene mucho caso preguntarse por su pureza; pero tampoco tiene mucho caso reflexionar y hasta organizar mesas redondas sobre el ensayo cuando en realidad estamos hablando de otra cosa

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