Escritores y burocracia

El que Mario Vargas Llosa haya rechazado hace poco dirigir el Instituto Cervantes movió al escritor Jorge Edwards a reflexionar sobre la relación entre los escritores y la administración, las maneras en que los escritores burócratas se las ingenian para hacer como que trabajan y dedicarse a lo único que les importa: la literatura. Los escritores suelen ser infiltrados en la función pública que aprovechan los innumerables tiempos muertos para crear, en algunos casos; en otros, para perder sabrosamente el tiempo. “Dicen que Valéry, por ejemplo, llegaba a su oficina, colgaba su abrigo y su sombrero, para que los demás pensaran que estaba ocupado en alguna parte, y volvía a salir”.

Las fallas de la administración:

El rechazo de un alto cargo en la cultura española por Mario Vargas Llosa me ha hecho pensar una vez más en el tema de los escritores y la Administración. Paul Valéry, el poeta de El cementerio marino, dijo alguna vez que los escritores se refugian “en las fallas de la Administración”. Según eso, el poeta, el novelista, el ensayista, no son buenos funcionarios y ni siquiera aspiran a serlo: son infiltrados, parásitos, gente que aprovecha los tiempos muertos administrativos, las fallas, para convertirlos en los tiempos más vivos y estimulantes, como son los de la auténtica creación artística. Es decir, son personas astutas, que se sirven de los cargos burocráticos para transformarlos en becas literarias. Dicen que Valéry, por ejemplo, llegaba a su oficina, colgaba su abrigo y su sombrero, para que los demás pensaran que estaba ocupado en alguna parte, y volvía a salir.

En definitiva, sin embargo, el asunto no me parece tan claro. Basta con leer cualquier texto de Valéry para comprender que tenía una inteligencia, una capacidad de análisis, una cultura, superiores. Cuando dedicaba la mitad o la tercera parte de su jornada diaria a temas de Administración, probablemente obtenía resultados superiores. Pero si le hubieran ofrecido el cargo de director general o de ministro, probablemente habría escapado. Como lo hizo en estos días Vargas Llosa.

En nuestros juveniles años sesenta del siglo pasado, en París, Mario escribía hasta el final de las tardes y después corría a su trabajo en la Radio Francesa. Seleccionaba noticias, las traducía al español y las leía en los programas para España y América Latina. Después regresaba a su casa, dormía hasta el mediodía, tomaba un desayuno fuerte y trabajaba en su verdadero trabajo hasta las siete u ocho de la tarde. Ahora, con una obra difundida por todo el planeta, no necesita hacer concesiones de ninguna clase. El tiempo suyo es mejor y más útil, en el sentido más serio de la palabra, que cualquier tiempo institucional. Su error mayor, en épocas anteriores, consistió en creer que cambiar eso por los poderes presidenciales valía la pena. Tuvo la suerte de no salir elegido. Si hubiera ganado esas elecciones de hace ya algunas décadas, habría sido peor para él y peor, seguramente, para todos nosotros

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