La descarga de contenidos en la era digital

A pesar del cierre y persecución legal de sitios para compartir archivos de música como Napster y, recientemente, Megaupload, de la promoción de iniciativas de ley para combatir supuestamente la piratería como SOPA y PIPA, la cultura digital de libre intercambio, tan viral como mucho de lo que ocurre en internet, no sólo no se ha detenido, sino que sigue creciendo y multiplicando por segundos a usuarios dispuestos a compartir distintos bienes culturales. En esas prácticas y filosofías del intercambio, que llegaron para quedarse, ¿qué es lo que realmente se pone en juego?, se pregunta Rafael Cippolini en Filosofías del download, un esclarecedor ensayo publicado en Revista Ñ. Al descargar contenidos “…no estamos hablando de la fragilidad de lo que llamamos derechos de autor (o no sólo de eso), sino, antes que nada, de la mutación de un concepto de industria”. Lo que se transformó profundamente con internet, y se niegan a aceptar las industrias melancólicas todopoderosas, es la relación que se establece hoy entre los creadores, la industria y los usuarios de bienes de la cultura. Ya Radiohead, en 2008, puso a disposición en su sitio web, para su descarga gratuita, su disco In Rainbows; y ahora muchas bandas de rock independientes nos comparten, a través de sus sitios o de mails personalizados, enlaces para que descarguemos sus álbumes, gratuitamente o a muy bajo costo. En el mundo de los libros circulan también miles de textos electrónicos que comparten los lectores no sólo con libertad sino con rapidez, mientras en muchas partes, si nos atenemos al viejo modelo de negocios, esperaremos meses o años para que nos llegue cierto libro o filme que deseamos conseguir (y no hablemos del precio). No hay vuelta atrás: cambia la industria o cambia.

Los dejo con Filosofías del download:

Para empezar, lo que todos sabemos: el jueves 19 de enero, la sincronía, el efecto mariposa, el azar o el impecable sentido de oportunidad de intereses diversos lograron que la captura de Kim Schmitz alias Dotcom, sucediera tan solo un día después del masivísimo blackout en protesta por los proyectos de las leyes SOPA y PIPA, impulsadas por Lamar Smith, miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Los cargos contra Dotcom, empresario y pirata informático alemán de casi 38 años, fundador del sitio web Megaupload, fueron los de crimen organizado, blanqueo de dinero y violación de la ley de los derechos de propiedad intelectual. A partir de entonces, se hizo cada vez más notorio un fantasma que sobrevuela internet desde hace tiempo. Para unos pocos, lo que presenciamos es el principio del fin de una era dorada de experimentación y circulación anárquica de todo tipo de bienes culturales en formato digital, mientras que nos aprontamos al espectáculo de un futuro de millones de usuarios condenados únicamente a consumir. Sin embargo, simultáneamente, crece más y más la épica de la desestimación: para la inmensa mayoría, la libertad de contenidos en la web es tanto ideológica como tecnológicamente irreversible.

Lejos de paralizar, los acontecimientos disparan todo tipo de noticias: nos enteramos que los hacktivistas de Anonymous planean su propia versión de plataforma de descargas on line (bautizada Anonyupload) –aunque hay quienes desmienten esta versión–, como también supimos que la compañía de Schmitz se aprontaba para presentar al mundo Megakey, un sitio comercial de música que obviando a las discográficas hubiera llevado al definitivo final de éstas. Asimismo tomamos nota que la empresa valenciana Bionic Thumbs acaba de desarrollar MegaUp: Upload if you can!, un videojuego paródico sobre los hechos de público conocimiento. La lista es muy extensa. Tan lejos de detenerse, la cultura digital sigue dando pruebas del poder de su viralidad, mientras se multiplica y reinventa. Pero ¿de qué tipo de cultura digital hablamos? Si SOPA y PIPA solo son una cortina de humo o una desafortunada expresión de deseo, y el arresto de Herr Dotcom una estrategia de impacto mediático, ¿qué es lo que realmente se pone en juego en las filosofías del intercambio en la era web? ¿Una nueva querella de antiguos contra modernos, de apocalípticos versus integrados, dos visiones de lo que debe ser la red y las visiones del mundo que la transitan? ¿Sólo dos? Contemporáneamente, al describir su proyecto Sincita, el artista rosarino Fabrizio Caiazza nos dice desde su sitio web: “Internet no cambió nuestra manera de ver y entender el mundo. Internet ES nuestra manera de ver y entender el mundo, nuestro modo de consumir y relacionarnos, aun con los sitios de descarga cancelados, aún con las computadoras apagadas”. Hace muy poco, las autoridades suecas aprobaron una religión conocida como Kopimism, impulsada por devotos que consideran que compartir archivos (File Sharing) es un acto sagrado (ver nota adjunta). Revisemos un poco más detenidamente. ¿Qué tan profundos y definitivos son los cambios? ¿De cuántos modos nos afectan –digitalmente o en nuestro estado unplugged– estas transformaciones? Hace poco más de una década, el nombre de Shawn Fanning inundaba los medios tanto como hoy lo hace el de Schmitz. Fueron algo más de 15 minutos de fama. Resumamos: en junio de 1999, un nerd de Massachusetts de entonces apenas 19 años, daba a conocer al mundo su polémico proyecto que marcaría un antes y un después en la circulación masiva de música: se llamó Napster. Este servicio de distribución de archivos en formato MP3, bueno es recordarlo, tuvo un mentor: John Fanning, tío de Shawn. No sólo le regaló su primera computadora Apple, sino que también se de-sempeñó como primer presidente de la firma y recolector de inversores. El crecimiento de la empresa fue meteórico y se convirtió en una bomba durante el año 2000: la banda heavy Metallica demandó a Napster en abril y el joven Shawn fue tapa de la revista Time en octubre. Seguía pregonando que todo había comenzado cuando se propuso compartir con sus amigos su colección de música en MP3 a partir de un sistema de acceso simple y efectivo. Cuando en junio del mismo año la RIAA (Recording Industry Association of America) bloquea judicialmente muchas de las descargas, Napster acababa de recibir una inversión de 15 millones de dólares. Al año ya tenía más de 25 millones de usuarios.

Repito lo que ya escribí en mi blog Cippodromo, hace más de dos años. ¿Qué queremos decir cuando nos referimos a descargar contenidos? Otra vez invertimos los términos: no estamos hablando de la fragilidad de lo que llamamos derechos de autor (o no sólo de eso), sino, antes que nada, de la mutación de un concepto de industria. Una filosofía diferencial de la administración de la información

Ustedes que leen, no se pierdan Kopismo o los apóstoles del “copypaste” y A mí sí me gusta la SOPA.

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