John Updike: la experiencia de envejecer

Hace algunas dos semanas Laberinto publicó la traducción de un ensayo autobiográfico del escritor John Updike (1932-2009), perteneciente al libro Higher Gossip (2011), en el que reflexiona sobre la tarea del escritor y se encuentra con una novedad, una nueva experiencia sobre la que había escrito pero no vivido en carne propia: el envejecimiento. El escritor en invierno es un ensayo en el que Updike, asiduo colaborador de The New Yorker y The New York Review of Books, se entrega a los recuerdos de un escritor y hurga en lo que quedó de todas aquellas impresiones, emociones, vivencias. Va un fragmento del texto:

Joven o viejo, un escritor envía al mundo un libro, no a sí mismo. No hay un circuito de golf especial para autores, con los hoyos veinte metros más cerca y permiso para llevar carros. Ninguna misericordia de parte de los críticos, ni siquiera para el novato. Él o ella puede sentir, así como el canoso escribiente sigue ocupando el espacio y consumiendo el oxígeno de la cada vez más pequeña sala del mundo impreso, que los mayores tienen ventajas, con sus nombres establecidos y honores asegurados. ¡Cómo los adorábamos y envidiábamos!, los ídolos de nuestros años universitarios —Hemingway y Faulkner, Frost y Eliot, Mary McCarthy y Flannery O’Connor y Eudora Welty—. Los imaginábamos nadando en una refulgencia celestial, felices e inmutables en su condición elevada como ángeles cantando por siempre.

Ahora que tengo la edad de ellos —de hecho, más de la que varios llegaron a tener—, puedo apreciar las ventajas de la juventud y la oscuridad para un escritor. Aún no estás encasillado. Puedes asumir una visión distante y fría de la escena literaria. Estás lleno de tu material —familia, amigos, región del país, generación— cuando éste aún es fresco y contiene un valor urgente que espera ser comunicado a los lectores. Ninguna cantidad de destrezas aprendidas puede sustituir a la sensación de tener mucho que decir, de transmitir noticias. Las memorias, impresiones y emociones de sus primeros años en la Tierra constituyen el material principal de la mayoría de los escritores; poco de lo que ocurre más tarde es tan rico y resonante. A los cuarenta, quizás habrás explotado las vetas más puras de este precioso yacimiento; después de eso, la creatividad continua es asunto de escudriñar en lo que quede. Te vuelves lúdico y teórico; inventas sagas, intentas novelas históricas. Las novelas e historias generadas de este modo pueden ser más pulidas e ingeniosas, incluso más humanas que sus predecesoras; pero ninguna realiza el trabajo de movimiento de tierra que Hawthorne —un escritor que habitó en las tinieblas “donde lo Real y lo Imaginario pueden encontrarse”— especificó cuando elogió las novelas de Anthony Trollope como criaturas “tan reales como si un gigante hubiera sacado un gran trozo de la Tierra y lo hubiera puesto en una vitrina”.

Esta última cita —un escritor admirando la virtud de la que él no podía presumir— significó mucho para mí cuando la encontré, y la he citado anteriormente. Unas pocas imágenes, unos pocos y memorables conocimientos, unas pocas y sentidas palabras dan vueltas como mosquitos en la cabeza del escritor mayor mientras pasea por los bosques de verano a la hora del crepúsculo. Se sienta ante la pantalla expectante y bullente del procesador de texto, enfrentado a la gran posibilidad de que ya haya dicho antes lo que batalla por decir.

Mi procesador de texto —un término que me describe bien— es el último de una serie de instrumentos de expresión personal que comenzó con lápices de cera y colores en mi puño infantil. Mis manos, algo crecidas, migraron al teclado de la máquina de escribir de mi madre, una Remington portátil, y de ahí, ya educado en mecanografía al tacto, a mi propia máquina, una Smith Corona beige comprada expresamente por mis cariñosos padres para que la llevara a la universidad. Luego vino un modelo de oficina, en las dependencias de The New Yorker, que se elevaba, con la respiración agitada, del escritorio de metal. De regreso como escritor independiente a Nueva Inglaterra, invertí en una máquina eléctrica que arrebataba las letras de mis dedos con un agudo y precoz claqueteo; tenía una cinta negra y otra blanca para corregir mis muchos errores. Al poco tiempo, este inteligente mecanismo dio paso a un aparato todavía más evolucionado, un primer procesador de texto Wang que hacía el tipeo por sí mismo con velocidad e infalibilidad maravillosas. Mi siguiente máquina, una IBM, hizo que la Wang pareciera lenta y anticuada, y a su vez fue reemplazada por una Dell que incluía tipografía por docenas y un corrector ortográfico integrado. A través de todos estos implacables avances tecnológicos, es el mismo cerebro el que en sus reducidas neuronas busca a tientas las imágenes y narrativas que puedan levantar terrones de la Tierra para ponerlas bajo la vitrina de una edición impresa

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