Sobre la historia universal de la destrucción de libros

En Bibliofobia, ensayo crítico que José María Merino escribió para Revista de Libros a propósito de la Nueva historia universal de la destrucción de libros. De las tablillas sumerias a la era digital de Fernando Báez (libro en verdad imprescindible), encontrarán un meticuloso comentario y reflexión acerca de la aniquilación de los libros (en toda clase de soportes) a lo largo de la historia, así como referencias y anécdotas de biblioclastas famosos como Eróstrato. Si no han tenido la oportunidad de leer el libro, esta es una invitación para que se animen:

En mi niñez, adolescencia y juventud no asistí a la quema de ningún libro –solo recuerdo la destrucción entusiasta de los tebeos que caían en manos de mis profesores, religiosos a quienes la lectura de aquellas historietas les parecía muy nociva–, pero tengo colegas poco mayores que yo que han dejado testimonio de las piras librescas. Por ejemplo, Antonio Martínez Menchén tiene un cuento ejemplar, Inquisidores, en el que se relata cómo, influidos por el adoctrinamiento de sus mentores, unos muchachos queman libros con entusiasmo, arrojando a la hoguera hasta los textos que tales mentores respetaban, y parece que el cuento se sustenta en una experiencia personal del autor. Sin embargo, conozco de buena fuente la persecución que en la posguerra sufrieron muchos libros –hasta Corazón, de Edmundo de Amicis, fue en algunos ámbitos un libro considerado peligroso– y muy pronto supe que mi buen padre, amante de los libros y coleccionista de una estimable biblioteca, tenía ciertos amigos libreros que guardaban, más allá de los anaqueles, en las zonas reservadas de la librería, textos que nos llevábamos a casa de manera furtiva. No habían sido quemados, pero podían serlo, rigurosamente rechazados por un difuso anatema en el que se mezclaban la moral, la religión, el patriotismo y las costumbres decentes.

En la biblioteca de mi colegio –ellos lo llamaban biblioteca, pero a mí me daba la risa, porque apenas ofrecía tres docenas de libros, todos muy poco estimulantes– estaba el texto Lecturas buenas y malas a la luz del dogma y de la moral, del padre jesuita Antonio Garmendia de Otaola, cuyos juicios sobre los libros que había en mi casa me dejaban perplejo. Según el autor, Pío Baroja era «antiespañol, anticatólico, antihumano»; las rimas de Bécquer eran «peligrosas para las jovencitas»; en los libros de Guillermo Brown, líder de Los Proscritos, cuyas aventuras conservo como joyas bibliográficas, «la parte religiosa deja bastante que desear», y así sucesivamente. También por aquellos tiempos tenía difusión un folleto de otro jesuita, el padre Ugarte, titulado Nueve tesoros que se pierden con la lectura de novelas –con el tiempo he descubierto el mismo texto firmado por otro jesuita, el padre Ladrón de Guevara–, en el que se señalaba, con muy expresivas y curiosas razones, que leyendo novelas se pierde, primero, el tiempo; segundo, el dinero; tercero, la laboriosidad; cuarto, la pureza; quinto, la rectitud de conciencia; sexto, el corazón (ni más ni menos); séptimo, el sentido común; octavo, la paz, y, por último, que, con tales lecturas, la piedad «naufraga por completo». Menos mal que mi padre, cuando yo le comentaba preocupado tales juicios y le informaba de que Los tres mosqueteros estaba incluido en el Índice de Libros Prohibidos, y que leerlo era pecado, me miraba con cierta intensidad jubilosa, y separando las manos como en el cumplimiento de un gesto ritual, pronunciaba, con voz muy lenta y sonora, las palabras «nihil obstat», como animándome con ello a que leyese lo que me diese la gana.

La prohibición, la censura, la destrucción de los libros son antiguas como la escritura –y me imagino que en los tiempos de la mera oralidad habría ficciones y asuntos que estarían también vetados por los poderosos– y la gracia de este libro de Fernando Báez es ofrecernos un panorama minucioso, completo, de la historia de esos tan familiares como lamentables fenómenos. Una primera edición del libro fue publicada hace unos años, y esta, subtitulada De las tablillas a la era digital, incorpora nuevos aspectos de esa tan tenebrosa como interminable historia. En principio, que la destrucción de los documentos escritos es tan vieja como su existencia no resulta sorprendente, y hasta parece que no es preciso profundizar demasiado en el asunto para que seamos conscientes de lo que supone. Me atrevería a decir que eliminar un libro que nos desagrada parece natural: todavía recuerdo el desparpajo con que Francisco Umbral decía que tiraba a su piscina tal o cual libro despreciable para él, y si no hablaba de quemarlos, pienso que era porque su declaración sugería una actitud de confortable reposo en alguna tumbona y, por supuesto, la posesión de una piscina, imágenes ambas significativas entonces de una privilegiada vida cotidiana. Mas lo que confiere a este libro un interés particular, inscribiéndolo en un género que cuenta con pocos pero selectos ejemplos, como el propio Báez nos expone en uno de los capítulos –él mismo dice que «se ha hablado mucho de la creación de libros, pero no de su destrucción»–, es su voluntad exhaustiva, me atrevería a decir enciclopédica, no solo sobre la aniquilación de toda clase de soportes escritos, sino sobre su propia historia, pues al hilo de su destrucción asistimos a la aparición de las tablillas, del papiro, del pergamino, del papel, de la imprenta, de las diferentes encuadernaciones. En un momento del libro, al citar a uno de esos raros estudiosos, antecesores suyos en la investigación del asunto, Báez cita a William Blades, que en su obra Enemies of Books, publicada en 1821, relacionaba entre tales enemigos «fuego, agua, gas y calor, polvo, negligencia, ignorancia, maldad» y, además, «los coleccionistas, los libreros, los gusanos, los insectos, los niños y la servidumbre». Puede afirmarse que en el libro de Báez hay un panorama tan exhaustivo de la destrucción de libros que no existe ningún elemento adverso a ellos que no haya sido recogido y estudiado desde una visión cronológica del tema

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