Extrañando a los burócratas

Juan Antonio Cepeda, quien de acuerdo con estudios de la OCDE pasaba 1863 horas al año encerrado en su oficina, extraña a su antigua familia la burocracia y ese mundo gris, maquinal, gélido que parece envolverla. Los extraña a todos. En qué cabeza cabe, se pregunta y escribe con espléndida ironía:

Me siento casi derrotado, con las piernas que me tiemblan como dos hilos de estambre y la cabeza que me da vueltas con todo el tiempo libre que traigo cargando sobre los riñones. He pasado los últimos tres fines de semana caminando sin sentido por esta ciudad, deambulando, sorprendido de saber que no la conozco en lo más mínimo. Dicen que es una ciudad ominosa, abominable. Aunque yo sólo la ubico a 10 mil metros de altura, a través de la ventanita ovalada de un avión, semejando un traje de luces en una noche profunda. En realidad no ha sido nunca mi ciudad y ahora lo entiendo. Hace unos días, a principios de mes, leí que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos asegura que paso encerrado en mi oficina mil ochocientas sesenta y tres horas al año. Corrijo: pasaba. Pretérito angustiante. Presente solitario.

Los extraño a todos.

Al burócrata que reniega de su estirpe y que consume horas enteras, sentado, rumiando para sus adentros la desgracia de ser uno mismo con su sillón de plastipiel. Primer centauro para una mitología actual.

Al burócrata que va por la vida buscando como desamparado insumos básicos e indispensables para su trabajo cotidiano: galletas, café, garrafones de agua, clips; que sueña despierto con el día que alguien toque a la puerta de su cubículo para regalarle un sacapuntas eléctrico, previa y debidamente inventariado.

A los burócratas que increíblemente se creen herederos de Hitchens; polemistas de oficios y atentas notas, siempre dispuestos a gruñir y afilar los colmillos contra quien se atreve a rociar de comas un párrafo sin la menor conmiseración (sintáctica). A los burócratas aquejados por el síndrome, casi pandémico, de la Incontinencia Comal.

Al burócrata que hace diligentemente todo lo que se le instruye creyendo ciegamente, casi como un dogma, que es un mandato celestial por servir a la gente que, según él, lo aclama cada vez que busca el bien común y demuestra su inquebrantable vocación.

Al burócrata megalómano que se siente más inteligente que los otros de su ralea sin saber que es la ocasión de lo mismo que culpa; que estruendosamente despotrica en plena maceración alcohólica contra el gobierno y sus erratas consuetudinarias. Está de más aclarar que el gobierno al que le recrimina el sartal de imbecilidades y reniega de su naïveté no es el de Berlusconi o Chávez, mucho menos el de Bush, Sarkozy o Evo Morales, sino el mismo que le entrega puntualmente sus quincenas y le tiene en buena estima.

Al burócrata que se siente cool; al que no se toma en serio; al que es más anodino que un oficio de recursos materiales; al que escribe oficios para recursos materiales y suministros; al que se saca los mocos, se los come y todavía voltea a la cámara de circuito cerrado de su oficina para sonreír por su gracejada de dos pesos

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