Del insulto literario

Desde que existe la llamada República de las Letras se practica también un género literario menor, escurridizo, pero muy popular entre los lectores: el insulto literario. Hay insultos de tal calidad y contundencia que pueden alcanzar la altura de aforismos envenenados que se quedan para siempre en la memoria. Los autores compiten entre sí en el espacio literario, comparten afinidades y se apoyan unos en otros, pero también se rechazan con virulencia y se insultan con gracia, precisión y estilo. Son escritores finalmente, trabajan y agreden con las palabras. Si los insultos entre literatos tienen tantos lectores se debe a la calidad literaria de sus sentencias y a la fresca ponzoña de sus diatribas. Podemos no estar de acuerdo con el contenido de una injuria lanzada por un escritor contra otro, pero gozamos con su lectura, forma parte de la conversación literaria del momento y nos revela verdades, equivocaciones, egos y miserias del mundillo de la literatura. Digamos que el insulto, en el momento en que es proferido, tiene la función de mostrarnos un cierto estado de cosas en la literatura: tendencias, vanguardias estéticas, opiniones, estados de ánimo, envidias, inercias, conservadurismos…

Sin embargo, en materia de insultos literarios, algo ha cambiado. En un artículo publicado en Revista de Libros (N° 180) el escritor Patricio Pron registra la decadencia de ese insulto literario que antaño tenía como blanco de sus dardos, de sus escarnios, la obra de un escritor. Las injurias que hoy parecen imponerse ya no tienen su origen en los libros del insultado, sino en sus preferencias sexuales, su ropa, su vida privada, etc. El autor por encima de sus libros (como bien lo ha pensado Gabriel Zaid en El secreto de la fama). Más que diatribas de calidad literaria, comienzan a proliferar, bajo la cobardía del anonimato, los rumores, el mitote (más cerca de la farándula que de la literatura). Leer los insultos de Gustave Flaubert contra George Sand (“Una gran vaca rellena de tinta”) es una maravilla, un deleite; entre otras cosas porque se trata de Gustave Flaubert y George Sand. Dice Patricio Pron: “Cuando Dylan Thomas escribía que ‘El señor Kipling defiende todo aquello que yo desearía que fuera de otra manera en este mundo podrido’ lo hacía como resultado de una discusión más amplia sobre la función del exotismo en literatura […] y la impulsaba hacia adelante; cuando lo que se discute es si X pone los cuernos a su mujer (cosa que posiblemente haga), no hay posibilidad de avance alguno; por el contrario, el retroceso es evidente y la miseria de la literatura, más obvia aun.

Les comparto un fragmento del ensayo Los frutos amargos de la dulce ira (en este tema no olviden releer Literatura y veneno de Claudio Magris):

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El escritor inglés H. G. Wells definió alguna vez a su colega George Bernard Shaw como «un niño idiota gritando en un hospital». Algún tiempo después, el estadounidense William Faulkner dijo de Ernest Hemingway que no había sido «nunca conocido por usar una palabra que remitiese al lector a un diccionario»; el autor de París era una fiesta respondió: «Pobre Faulkner, ¿de verdad cree que las grandes emociones las provocan las grandes palabras?» (Por cierto, en su afirmación no hay ninguna palabra que sea necesario buscar en el diccionario, así que es posible que Faulkner tuviera razón.) Joseph Conrad escribió sobre D. H. Lawrence: «Mugre, nada más que obscenidades», pero también recibió golpes, de Vladimir Nabokov en su caso, quien dijo: «No puedo soportar ese estilo de Conrad como de tienda de suvenires y sus clichés románticos de barcos en botellas y collares de conchas». El escritor ruso nunca se caracterizó por la ecuanimidad de sus juicios sobre sus colegas (de hecho, sobre Hemingway opinó que era «un escritor de campanas, cojones y toros» y de Fiódor Dostoievski afirmó que «su falta de buen gusto, sus monótonos tratos con personas que sufren de complejos prefreudianos y la manera que tiene de revolcarse en las desgracias trágicas de la dignidad humana, todo eso es difícil de admirar»), pero apenas puede rivalizar con los grandes maestros del insulto literario en inglés: Dorothy Parker (quien opinó alguna vez que «esta no es una novela para dejarla a un lado con ligereza: hay que tirarla con mucha fuerza» y dijo, sobre The Autobiography of Margot Asquith, «la historia de amor entre Margot Asquith y Margot Asquith vivirá para siempre en las páginas de la literatura romántica»); Gore Vidal (autor de las siguientes opiniones: «Truman Capote ha convertido la novela en una forma de arte, una forma de arte menor» y «Las tres palabras más desalentadoras en el idioma inglés son: ‘Joyce Carol Oates’» y que, al ser golpeado por Norman Mailer en una fiesta, le dijo antes de desmayarse: «Veo que las palabras te han fallado una vez más, Norman»); Ezra Pound y Oscar Wilde: el primero dijo sobre William Wordsworth que era «un hombre estúpido que hasta ahora no ha arruinado la moral de nadie, excepto, quizá, la de aquellas personas susceptibles a las que haya conducido al crimen en la mismísima furia de su aburrimiento». Oscar Wilde opinó sobre Alexander Pope: «Hay dos maneras de sentir aversión hacia la poesía; la primera es tener aversión hacia ella, la segunda es leer a Pope». Ninguno de ellos fue dejado sin castigo, sin embargo: Conrad Aiken afirmó sobre el primero que «en cuanto a estilo o forma, es difícil imaginar algo mucho peor que la prosa del señor Pound. Se trata de la fealdad y la torpeza encarnadas» y Gertrude Stein lo describió sardónicamente como «alguien que describía un pueblo. Excelente si eras un pueblo, pero si no lo eras, no». Noel Coward, a su vez, definió a Wilde como un «cabrón pesado y afectado».

Estos y otros ejemplos son parte de ese género tan denostado (y tan popular, sin embargo) que es el insulto en literatura. Surgido en los comienzos mismos de esta como actividad social (véanse, por ejemplo, los epigramas de Marco Valerio Marcial y de Catulo), el insulto en literatura (ya fuese como apotegma, como juicio irónico o franco o como diatriba) ha existido siempre como parte esencial de la economía de la literatura, dando cuenta de las preferencias y de los rechazos de sus autores, pero también manteniendo a raya a los eventuales competidores, redistribuyendo el capital simbólico, trazando las líneas de trinchera de movimientos y tendencias, atrayendo la atención pública hacia quien insulta y quien es insultado y contribuyendo a la renovación de la escena literaria; también (y desafortunadamente) ha sido utilizado durante siglos para desestimar la aportación de las mujeres escritoras a una escena dominada por hombres: sobre Jane Austen, por ejemplo, Ralph Waldo Emerson dijo que sus novelas eran «vulgares en su tono, estériles en invención artística, prisioneras de las despreciables convenciones de la sociedad inglesa, sin genio, mordacidad ni conocimiento del mundo» y Mark Twain afirmó que «la sola omisión de los libros de Jane Austen convertiría en bastante buena a una biblioteca sin un solo libro» y agregó que «cada vez que leo Orgullo y prejuicio desearía desenterrarla y pegarle en el cráneo con su propia espinilla» (por cierto, Twain reunió tantos argumentos en contra de la obra de cierto colega que le dedicó un ensayo, «Los delitos literarios de Fenimore Cooper», y recibió a su vez el rapapolvo de William Faulkner, quien lo definió como «un escritorzuelo que no habría sido considerado de cuarta categoría en Europa, que engañó a algunos de los viejos esqueletos literarios a prueba de balas con suficiente color local para intrigar al superficial y al vago»

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