Juan Villoro sobre su madre

La revista Etiqueta Negra publica un breve testimonio de Juan Villoro, lleno de humor, sobre ese ser inapresable y complejo, la primera mujer que conoció: su madre, una mujer de combate y una sentimental absoluta. Disfruten este texto:

Mi madre asegura que pasó dos meses en cama pero nadie recuerda cuándo. Hay una prueba sólida de aquella época de dolor y postración: la cama de hospital que se hizo llevar a la casa. El artefacto, capaz de doblarse en horrendas posiciones, muestra que sufrió con el heroísmo de la más conocida vecina del barrio, Frida Kahlo. Sin embargo, nadie recuerda sus meses de angustia inmóvil. Las escenas que involucran a mi madre son por naturaleza ambiguas. No sé si somos tan felices como las familias que celebran Navidad (ella la odia). En todo caso, nos hemos complicado lo suficiente para creer que los malentendidos son una forma del afecto.

Cuando mis padres se divorciaron yo tenía once años y mi madre treinta y dos. Ella era entonces una belleza que fumaba sin descanso ni placer aparente, como si eso formara parte de una misión de combate. Estaba a cargo del pabellón de día del Hospital Psiquiátrico Infantil y trataba de probar que los coches sirven para asustar a sus usuarios. Su pericia para chocar sin matarse causaba la admiración de su padre, que nunca iba con ella. Yo tuve el privilegio de ser copiloto de sus embestidas.

Durante un tiempo mi madre se dedicó a la liberación automotriz de sus amigas: les enseñó a manejar en las calles de mayor tráfico. Ser independiente significaba conducir su Valiant Acapulco. Como a ellas les daba miedo subir al coche, les decía para calmarlas: «Te tengo tanta confianza que hasta traje a mi hijo». Paralizado de terror, yo fomentaba «confianza» en el asiento trasero. No es de extrañar que la película Grand Prix, sobre los avatares de la Fórmula Uno, haya sido para mí una intensa experiencia edípica.

En su época de recién divorciada, mi madre usaba un maravilloso suéter de cuello de tortuga color mostaza, asistía a un seminario con Erich Fromm (nombre que me fascinaba como el de un enemigo de James Bond) y era amiga de Tamba Trío, el grupo de bossa nova que grabó La chica de Ipanema y actuó una larga temporada en México. Tal vez por pasar el día con niños oligofrénicos, ni mi hermana Carmen ni yo fuimos raros para mi madre. Mi hermana rozaba la anorexia y yo padecía las noches esquivas del sonámbulo. Ante estas deficiencias, ella reaccionó con irritada impulsividad. Volteó el plato de avena en la cabeza de Carmen y me sacó del grupo de excursionistas Los Amigos del Bosque para impedir que el sonambulismo me llevara del campamento a un lago sacrificial.

Enfrentaba los problemas como la mujer de un pionero, con la urgencia agregada de que en su caso el pionero se había ido para siempre. Mi madre estaba hecha para impedir que un débil mental se tragara la lengua en un estertor, para trabajar dos turnos y regresar a casa a imponer un rigor esencial. Naturalmente, supe muy poco de la mujer simpática y seductora que desaparecía con exceso de velocidad rumbo a las noches de bossa nova. Su carácter, que yo admiraba como se admira un incendio, no parecía propicio para un ritmo tan ligero, pero mi madre encerraba a otra mujer, inalcanzable, apenas conjetural.

Su misterio tenía que ver con la literatura. Por escrito, la chica de combate era una sentimental absoluta. Había querido ser escritora y estudió Letras Hispánicas, pero se casó demasiado joven, con un filósofo once años mayor que ella, cuya celebridad en las aulas la convirtió de modo paralizante en «la mujer del profesor». Yo llegué al mundo a interrumpir su tesis sobre Azorín y confirmar lo mucho que podían interesarle los problemas mentales. Así, cambió las letras por la psicología. En la medida en que se lo permitió una vida llena de trabajos, estudió hasta doctorarse con una tesis sobre la locura en Strindberg

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