Violencia y vida cotidiana


La vida, dice Juan Villoro, está hecha de malentendidos: “los solteros y los casados se envidian por razones tristemente imaginarias. Lo mismo ocurre con escritores y periodistas”. El escritor de ficción envidia las energías que el reportero absorbe de la realidad y la manera en que es reconocido por meseros, políticos y gente de la calle, incluso admira su clásico chaleco de corresponsal de guerra. Por su lado, el periodista envidia la supuesta libertad del escritor, la ausencia de presiones y la independencia de los molestos jefes de redacción.

Después de Tom Wolfe, Norman Mailer, Truman Capote, Ryszard Kapuscinski, Salvador Novo, Jon Lee Anderson, Alma Guillermoprieto y Carlos Monsiváis, presentar al escritor como artista y al periodista como un simple artesano, es ya obsoleto. La diferencia esencial, lo saben quienes colaboran en diarios y revistas, son las condiciones en que se genera la escritura. “Una crónica lograda es literatura bajo presión”, dice una frase ya canónica de Juan Villoro. La crónica es literatura que trabaja con recursos de la narrativa, el teatro, la autobiografía y el ensayo, no para alejarse de los hechos y arroparse en la ficción, sino para contar historias reales con mucha mayor vivacidad y verosimilitud, para otorgar a los personajes involucrados intensidad dramática, para reproducir situaciones y contextos que nos hagan sentir a los lectores como si estuviéramos ahí, justo en el momento en que ocurren los hechos.

Es esto lo que nos ofrece Magali Tercero en su libro Cuando llegaron los bárbaros. Vida cotidiana y narcotráfico (Editorial Planeta México, 2011). En Sinaloa todos tenemos una historia de violencia que contar, y parece que siempre estamos ávidos de hacerlo, de recrear la acción, la bravía, otra forma de soportar y ocultar nuestros miedos. Es un secreto a voces que no cesa en cada reunión, en cada encuentro. Al menor descuido, uno se escucha hablar de las últimas agresiones, algunas inverosímiles, por parte del narco, la policía, un vecino, un conductor o cualquiera que se moleste porque lo miraste a la cara o le sonaste el claxon. Apunta la autora: “Yo, recién llegada a esta tierra, percibo una extraordinaria exaltación en las conversaciones. No hay una donde no se hable de violencia”.

Lo que hace en este libro Magali Tercero, de manera muy completa y minuciosa, a la manera de un coro del teatro antiguo, es recoger e integrar todas esas voces e historias orales. Sus informantes, algunos deseosos de contar, otros muy precavidos, son los taxistas, porteros de residenciales, académicos, escritores, periodistas, gente de la calle. Hay mucho de leyenda y mito urbano o rural entre las historias, pero poco importa: generación tras generación, día con día, narramos y escuchamos en cualquier lugar la violencia. Trabajos como Culiacán equivocado, Culiacán es un panteón o Mochis: al muerto hazlo bonito, son ejemplo de ello: verdaderos mosaicos de testimonios, estampas de la vida cotidiana, reportajes, entrevistas y notas de diario que dicen más de la violencia, el miedo y la tolerancia de la ilegalidad en Sinaloa que cualquier estudio sociológico o libro de historia. A Magali la inspira una y otra vez, la microhistoria propugnada por Luis González y González: nos acerca tanto a los hechos, cede la voz a los testigos, nos comparte su mirada, que terminamos por entender no sólo la realidad de nuestro estado, sino la violencia que cada vez más se extiende y arraiga en el país.

Algo que registran muy bien las páginas de este libro es nuestra posición ambivalente frente al narcotráfico. Hay frases de justificación que se repiten sin descanso: son nobles, buenos, si no te metes con ellos; a diferencia del gobierno, ellos sí ayudan a la gente pobre, construyen iglesias, caminos, invierten, compran, etcétera. Escribe Magali: “En cada relato resuenan distintos registros: indignación, sí, pero también, y con demasiada frecuencia, la admiración atrabancada por los hombres bragados, no importa de qué lado de la ley estén. La comunidad, todo parece comprobarlo, ha ido dejando de percibir la progresiva legitimación del narcotráfico en la vida cotidiana”. A muy pocos ya sorprenden la multiplicación de los cenotafios en avenidas y bulevares, las mantas, los ejecutados, la impunidad. Hay miedo, también complicidad e indiferencia. En muchos lados tensión: en un viaje a Badiraguato Magali describe con sensibilidad la actitud del chofer: “…el silencio severo del chofer del taxi queda gravitando sobre la tarde. Es el silencio profundo, antiguo, de un México impregnado de violencia, lleno de secretas prudencias, regido, diríase, por un código inamovible”. Una atmósfera en la que se respiran los más variados rencores vivos; pero, paradójicamente, una tierra también de gente alegre, directa, entrona y bailadora. Al escuchar la tambora y ver los atardeceres y paisajes en Culiacán, es imposible para Magali no emocionarse profundamente y recordar sus raíces sinaloenses.

Badiraguato bucólico me parece la mejor crónica del libro, precisamente porque se entrecruzan con éxito la literatura y el periodismo: los datos, la entrevista y el reportaje, por un lado; el ensayo, el relato y la autobiografía, por el otro. Este libro no es sólo un trabajo de investigación, sino, acaso involuntariamente, una inmersión personal por las tierras de Alfonso Leyzaola y Margarita Leyzaola Reyes, abuelo y madre, respectivamente, de Magali Tercero. El primero, un político y militar asesinado en 1941 en Badiraguato, por afectar, aplicando la ley, fuertes intereses y negocios de terratenientes o gomeros. “El asesinato del abuelo, escribe Magali, trajo consigo la muerte prematura de mi madre. Esa obsesión, esa incapacidad de olvidar, le impidieron observar las señales que mandaba su corazón”. Margarita Leyzaola murió de un infarto a los 47 años, pero alcanzó a dejar un valiosísimo testimonio: En nombre de mi padre, libro en el que, un poco a la manera como lo hace su hija Magali, registra voces del pueblo, testigos, letras de corridos, con el afán de desagraviar a su padre y contrarrestar la leyenda negra que los intereses creados de la época impusieron sobre este hombre. La muerte violenta del abuelo también obsesionó, desde la infancia, a Magali Tercero (aunque en el libro apenas le dedica un par de páginas).

Cuando llegaron los bárbaros… explora, a través de ese género híbrido que es la crónica, la estrecha relación entre la violencia generada por el tráfico de drogas y la vida cotidiana, como lo han hecho Juan Villoro, Monsiváis, Javier Valdez, Alejandro Almazán, Diego Enrique Osorno y Sanjuana Martínez. La aportación de Magali, me parece, reside en ese puntual y, reitero, muy completo registro de voces sinaloenses que dan cuenta, en forma íntima, de cómo se sobrevive en un contexto impregnado por la violencia, la prepotencia y la amenaza permanentes. A diferencia de esa abundante y superficial narrativa que dice relatar el tema del narcotráfico, o de esos libros de coyuntura plagados de chismes, inventos y morbo sobre la violencia, este libro, la mayoría de sus textos, están hechos para perdurar. Un lector medianamente inteligente notará los recursos de una periodista cultural, una cronista e incluso una crítica de arte.

“Salvar a las palabras de su vanidad, de su vacuidad, endureciéndolas, forjándolas perdurablemente, es tras de lo que corre, aun sin saberlo, quien de veras escribe”, dice María Zambrano. Cuando llegaron los bárbaros… es una prueba de que Magali Tercero ha logrado apresar y forjar de manera perdurable, a través de una paciente escucha y escritura, las palabras de un Sinaloa en vilo.

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6 Responses to Violencia y vida cotidiana

  1. Magali Tercero says:

    Irad: Acaban de decirme que subiste la ponencia que leíste en noviembre en el Casino, cuando presentamos el libro. La he releído con gusto. ¡Muchas gracias y un abrazo!

  2. Magali Tercero says:

    Pd: Para complementar esta nota te dejo un enlace a Replicante, revista donde publican este marzo de 2012 una entrevista conmigo sobre “Cuando llegaron los bárbaros…”. Abrz.

    http://revistareplicante.com/apuntes-y-cronicas/sinaloa-la-costumbre-de-la-violencia/

    • Irad Nieto says:

      Mientras revisaba la última edición de Replicante me encontré, por supuesto, con la entrevista que te hizo Ariel, muy buena. Recordé varias de tus estancias. Felicidades🙂

  3. Magali Tercero says:

    ¡Gracias, querido Irad! Abrazos.

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