Contra “los tiempos mejores”

Steven Pinker escribió un fresco alegato contra un inveterado lugar común, ese que afirma que todo tiempo pasado fue mejor; esa debilidad por atribuir al presente todos los males y retrocesos (tecnológicos, de lenguaje, de violencia, etc.), como si en verdad el pasado hubiera sido el paraíso. “La tendencia a culpar al presente y admirar el pasado está profundamente arraigada en la naturaleza humana” (David Hume). Si Pinker gobernara el mundo, determinaría en primer lugar lo siguiente:

…nadie puede proclamar la decadencia, el retroceso o la degeneración del mundo sin presentar: 1. Una evaluación de cómo es ahora; 2. Una evaluación de cómo era anteriormente, y 3. Una demostración de que el primer resultado es peor que el segundo.

Lo primero que eliminaría este decreto serían las tediosas jeremiadas que han rondado por siglos acerca de la decadencia del lenguaje. Si los profetas tuvieran razón, a estas alturas nos comunicaríamos con gruñidos a lo Tarzán; en cambio, no solo vemos muchísima prosa clara y competente en medios de actualización diaria como Wikipedia o Amazon, sino que también es posible encontrar escritura excepcional a borbotones, tal como puede constatar cualquiera que haya gastado una mañana en sitios como The Browser o Arts & Letters Daily.

Los expertos de la lengua tienden a confundir su propio fastidio con un verdadero declive del lenguaje. Hace cincuenta años, los editores expedían fetuas en contra de extranjerismos como “líder”; y hace apenas algunas décadas despotricaban en contra de expresiones como “las gentes” (en lugar de “la gente”) y algunos verbos creados a partir de sustantivos, como “contactar” o “finalizar”. En la actualidad, ese tipo de contrabando lingüístico es inevitable, si no indispensable. De la misma forma, se ha vilipendiado la filtración de la nueva jerga tecnológica en el lenguaje (“palanca”, “incentivar”, “sinergia”) sin tener en cuenta que ejemplos previos de este fenómeno (“proporcional”, “placebo”, “falso positivo”) permitieron al mundo entero pensar conceptos abstractos, y pueden incluso haber contribuido al efecto Flynn, el aumento implacable del coeficiente intelectual de la humanidad durante el siglo XX.

Y ya que hablamos de tecnología, los ludistas modernos tienen mala memoria. Los padres que se lamentan porque los jóvenes parecen tener sus iPods y celulares soldados a los oídos parecen olvidar que también los suyos se quejaban por sus teléfonos privados o sus radios transistores. La prosa abreviada de los tuits y los mensajes instantáneos no es más propensa a corromper el lenguaje o disminuir la capacidad de atención de la gente que los telegramas, los anuncios de radio y los lemas publicitarios de ayer. El correo electrónico puede parecer una maldición, ¿ pero volvería alguien a las estampillas, las cabinas telefónicas, el papel carbón y las montañas de mensajes telefónicos? Es más, ahora que nuestros compañeros de cena pueden verificar cualquier cosa en un iPhone, nos damos cuenta todos los días de que mucho de lo que creemos es falso –una lección importante acerca de la fragilidad de la memoria–.

Pero en ningún caso es tan perjudicial confundir un dato aislado con una tendencia como cuando de comprender la violencia se trata. Cada vez que explota una bomba en un atentado terrorista, un francotirador se enloquece o un avión no tripulado mata a un inocente, los críticos comienzan a preguntarse a dónde ha ido a parar el mundo; pocas veces se preguntan qué tan malo era antes

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